Katherine Mansfield: un reencuentro casual

Traigo del mercadillo un ejemplar de la edición que Ediciones del Cotal hizo en 1978 del Diario de Katherine Mansfield en traducción de Ester de Andreis. Lo he comprado precisamente porque me sonaba el nombre de la traductora, que también lo fue de los Sonetos del portugués de Elizabeth Barrett Browning y alcanzó, según leo ahora, cuando someto su nombre a la indiscreción de Google, algún reconocimiento como poeta al final de su vida. No es la primera vez que, rastreando el nombre de un traductor, descubre uno detrás a un escritor más o menos olvidado al que merece la pena dedicar siquiera unas horas de pesquisa y lectura. Y eso a pesar de que la traducción que ha motivado mi curiosidad está resultando más bien decepcionante; quizá por lo apresurada, o porque la traductora no dominaba lo suficientemente el inglés, aunque en estos casos casi siempre tiene más peso lo primero.

Se debe a descuido, desde luego, el que, en muchas de las ocasiones en que la diarista se refiere a su condición de «escritora» o a su deseo de serlo, la traductora traduzca «escritor», obviando el hecho de que el término inglés correspondiente, writer, admite ambos géneros y es el sentido común de quien traduce el que debe elegir lo que corresponda al contexto… No entro ya en la abundancia de anacolutos o simples errores de ortografía, concordancia y demás. En ello seguramente tiene también parte de culpa la editorial. Que, sin embargo, hizo una estupenda labor en lo que a la maquetación del libro se refiere, a cargo del afamado Claret Serrahima… Contradicciones y carencias de la industria editorial de entonces; que siguen siendo, ay, los mismos que los de hoy.

Y qué tristeza desprenden estos diarios; involuntariamente realzada por los comentarios que intercala el marido de la autora y editor de los mismos, el crítico literario John Middleton Murry, que no puede dejar de dar la impresión de que, al mezclar su voz con la que suena en estos escritos privados de su mujer, parece ejercer una sutil vigilancia sobre su contenido, aunque sin conseguir  disimular del todo los laberintos sentimentales en los que andaba permanentemente perdida su poco convencional esposa. Da la impresión más bien, por el contrario, de que el marido pretende hacerse el desentendido respecto a cuestiones que claramente le concernían, lo que resulta en una muy inglesa afectación de cinismo… Por ejemplo, en todo lo referente a la relación de Mansfield con la amiga a la que suele referirse con las iniciales L.M., tras las que se oculta otro singular personaje, la también muy poco convencional Ida Baker, que conoció a la escritora en la escuela en 1903 y fue su inseparable compañera durante años, a despecho del matrimonio de su amiga con Murry en 1918.

Para compensar el efecto de la muy defectuosa traducción, busco el original en internet y compruebo que la prosa íntima de Mansfield tiene un nervio y una cualidad poética que sólo muy de cuando en cuando afloran en la versión española. Destacan, sobre todo, ciertos destellos de imaginación visionaria, por los que la mirada de la autora trasciende en ocasiones la mera realidad observada y alcanza raros pero muy bien captados y entendidos momentos de revelación, en los que la diarista logra elevarse sobre las dolorosas pequeñeces de su vida de enferma, escritora renuente y mujer infeliz.

Katherine Mansfield (centro) con Ida Baker (derecha) y Dorothy Brett en Suiza.

Son estos momentos los que salvan estos diarios y los hacen merecedores de una lectura atenta; como la que me propongo hacer, a continuación, del otro libro de Mansfield que tengo a mano, El Garden Party y otros cuentos, en traducción de Francesc Parcerisas y publicado también por Ediciones del Cotal en 1977. Era una deuda largamente aplazada: la primera vez que leí esos cuentos en este mismo ejemplar, hace más de treinta años, no me produjeron ni frío ni calor, pero me dejaron la sospecha de que había algo en ellos que seguramente sabría apreciar mejor si los leía en el momento adecuado. Ese momento parece haber llegado ahora. Por recelo, no obstante, hacia la traducción, busco primero en Internet el texto en inglés del cuento que da título a la colección y del que apenas recordaba el argumento, que ahora vuelve a desplegarse ante mí con ese paso seguro que sólo los buenos escritores saben infundir a una historia en la que, en realidad, pasan pocas cosas, pero éstas resultan ser muy reveladoras si se las capta con perspicacia y, sobre todo, si se sabe hacer partícipe de ella al lector, sin abrumarlo con la sospecha de que su función es asentir sin más al despliegue de inteligencia del que hace gala la narradora.

Y sí, resulta grato acompañar de nuevo a los protagonistas del relato, una familia de clase acomodada, en los sutiles cambios de ánimo y de percepción de la realidad que resultan de su persistencia en el empeño de celebrar una fiesta al aire libre a pesar de que acaban de enterarse de la muerte en accidente de trabajo de un obrero que vive en la misma calle. Mansfield consigue una magnífica exposición de los egoísmos de clase sometidos a tensiones que obligan a los circunstantes a forjar atenuantes de la mala conciencia sobrevenida. Y lo hace sin discursos impostados, sólo mediante la minuciosa observación del comportamiento de los personajes, en un lenguaje a la vez conciso y levemente virado hacia una ironía que no deja de contener una nota de nostalgia por el calor y la seguridad de ese mismo entorno familiar ahora sometido a fría disección.

Katherine Mansfield.

No ha sido un mal reencuentro. Y, sin más trámite, me entrego a la lectura de la traducción de Parcerisas. Que resulta, en fin, bastante mejor que la que Ester de Andreis hizo del Diario. La introducción del primer cuento, “En la bahía”, es sencillamente prodigiosa, no sólo por la gama de sensaciones que la autora cree necesario convocar para describir el entorno físico en el que ha de transcurrir la jornada de unos veraneantes, sino también por ser, en la traducción de Parcerisas, una magnífica muestra de prosa impresionista que en ningún momento suena a calco de una lengua extranjera, sino que respira por sí misma y revela que el traductor es, ante todo, es tan buen escritor en castellano como en catalán, que es la lengua en la que preferentemente escribió su obra.

También en los cuentos de Mansfield resuenan músicas distintas y tradiciones literarias de muy diversa tonalidad, e incluso contradictorias entre sí: al “modernismo” impresionista de “En la bahía”, por ejemplo, hay que contraponer la influencia de Chejov en relatos como el titulado “Vida de Ma Parker”, del que cabe decir que parece casi una traslación a otro ambiente y circunstancias de “El cochero», un conocido cuento del maestro ruso: en ambos, un personaje de clase trabajadora monologa sobre las duras circunstancias que concurren en su vida, en presencia de un interlocutor burgués de quien no solamente cabe decir que se muestra absolutamente indiferente a las circunstancias de las que le están haciendo partícipe, sino que resulta irónicamente empequeñecido por esa incapacidad para la empatía.

No es éste el único cuento en el que Mansfield se acerca al humor sardónico de su maestro: en “La lección de canto”, por ejemplo, aborda con exquisita ironía los cambios en el estado de ánimo de una profesora solterona que primero recibe una carta en la que su prometido le anuncia la ruptura de su compromiso y después un telegrama… cuyo contenido no podemos desvelar sin estropear el factor de sorpresa que aporta a la narración. Chejov parece aportar a Mansfield un repertorio de procedimientos para que la voz en la que se expresa quien cuenta la historia aporte movimiento narrativo a situaciones en las que un simple observador a lo sumo detectaría una mera situación estática, una estampa. Hay que recordar que los primeros relatos de Mansfielf fueron precisamente eso: sketches, bosquejos descriptivos. Pero Chejov significó algo más para la escritora neozelandesa: la sutileza aprendida del maestro ruso bien podía conducir a un tratamiento narrativo que fuese más allá de la mera exposición de premisas y conclusiones, al modo de las narraciones “realistas” convencionales del siglo XIX. Mansfield, recuérdese, era una modernista convencida, es decir, una partidaria decidida de la innovación, lo que es tanto como decir que participaba de la devoción de los escritores coetáneos por las posibilidades de la «imagen», el gran fetiche estilístico del momento.

Mansfield era una “imagista” (o “imaginista”) radical, en la misma medida en que lo fueron sus coetáneos Ezra Pound o la poeta H. D. (Hilda Doolittle); y lo era en un terreno, el de la narrativa, donde el despliegue de imágenes planteaba problemas muy distintos a los que concurrían en la poesía: si un poema, según el credo imaginista, debía renunciar a su desarrollo discursivo para apoyarse exclusivamente en las sensaciones que aportaban las sucesivas imágenes que en él comparecían, lo mismo cabía esperar de una narración. Pero, ¿cómo prescindir en una narración de todas las enojosas conexiones lógicas y temporales que permiten secuenciar una serie de acciones? Mansfield pareció encontrar la respuesta en el estudio de su maestro Chejov: la objetividad lacónica bien podía derivar a que una sucesión de apuntes descriptivos bastara para sugerir todo un argumento.

El ya mencionado relato “En la bahía” podría ser un buen ejemplo de lo dicho: la simple consignación de las situaciones en las que se encuentran ocupados una serie de personajes a lo largo de una jornada vacacional basta a la narradora para insinuar los lazos que hay entre ellos e incluso las posibles ocasiones de conflicto. Pero Mansfield resulta incluso más original cuando mezcla el modelo chejoviano tradicional con el procedimiento imaginista: cuando, como hace por ejemplo en “La adolescente”, la observación detallada de un comportamiento desemboca en una imagen final que cierra, a modo de broche, la narración.

Merece la pena leerla, a sabiendas incluso de que mucho de lo que en su tiempo podía entenderse como innovación es hoy práctica común incluso en los escritores más convencionales. Un optimista podría pensar que los cuentos de Mansfield son un claro eslabón en la sucesión de aportaciones que desemboca en lo que hoy entendemos como nuestro presente. Con más cautela, quienes pensamos que hay presentes enormemente regresivos nos conformamos con sugerir que  quizá esos cuentos apuntaban en una dirección en la que todavía hay mucho terreno por el que avanzar.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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