C. S. Lewis o cómo argumentar un desacuerdo

A quienes nos gusta la literatura y el pensamiento de C. S. Lewis (1898-1963) sin compartir su fe religiosa nos resulta un poco embarazoso justificar esta preferencia. Y, sin embargo, la literatura no sería literatura si no se dieran estas paradojas: que nos emocione La Ilíada sin que seamos partidarios de la moral heroica, o que nos entusiasme Kipling al mismo tiempo que deploramos el colonialismo y sus implicaciones.

Sobran, por tanto, las excusas, que nadie nos ha pedido. Pero quizá no esté de más intentar, de puertas para adentro, una explicación de qué es exactamente lo que nos atrae de un escritor tan caracterizado ideológicamente; y no tanto porque nosotros quizá no compartamos las ideas que defiende, sino porque lo que no compartimos, desde nuestro escepticismo general, es su empeño en defenderlas; aunque también es posible que, en el fondo, sí haya en su pensamiento alguna que otra idea que no disuene del todo de ese trasfondo escéptico desde el que lo leemos. Por ejemplo, su insobornable defensa de la individualidad amenazada por la deriva burocrática y totalitaria del estado moderno, asunto que tanto preocupó –piénsese en Orwell– a más de un espíritu preclaro de su tiempo.

Por eso no me sorprendió, cuando llevé hace años a mi hija a ver la película Narnia, basada en la primera entrega de un ciclo de historias que ya habíamos empezado a leer juntos,  reconocer en su desarrollo, a pesar de la pobreza de la adaptación, algún que otro momento genuinamente lewisianos: cuando los niños protagonistas constatan, aterrados, que han secuestrado al fauno Tumnus y uno de ellos sugiere llamar a la policía, otro, más perspicaz, le replica: “la policía es quien lo ha hecho”. Lewis desconfía del Estado en todas sus formas, así como de cualquier colectividad que exija que uno le venda su alma a cambio de algún pretendido beneficio. Su teoría de los “círculos” –expuesta brillantemente en El diablo propone un brindis– es una de las mejores denuncias que jamás se ha hecho de esos pequeños contubernios cotidianos a los que nos entregamos alegremente a cambio de tener la sensación de “pertenecer” a un grupo de poder en cualquier ámbito.

Una escena de la película ‘Las crónicas de Narnia: el príncipe Caspian’.

Son muchos los ejemplos que podrían espigarse en su obra respecto a éstos y otros males que aquejan a las sociedades contemporáneas. Algunos, incluso, resuenan hoy como si hubieran sido extraídos de la más estricta actualidad. En la primera página de La silla de plata, cuarta entrega de Las Crónicas de Narnia, una niña llora en un rincón. Es alumna de cierta “Escuela Experimental”, donde aplican los métodos pedagógicos más modernos. Gamberros y camorristas son considerados “casos psicológicos especiales”, a los que se deja actuar a sus anchas, hasta tal punto que, en virtud de esa atención especial que han llegado a merecer, se hacen amigos de la directora. El curso empezó hace solo dos semanas, pero la niña no está segura de poder aguantar las catorce que quedan hasta el final del trimestre. Por eso llora. Y a ningún conocedor de los laberintos burocráticos de cuyo poder emanan esas situaciones le extrañará que a la directora de esa “escuela experimental”, una vez comprobado que no sirve para su puesto, la nombren inspectora de educación; y que, como ni siquiera para eso sirve, la lleven finalmente al Parlamento, para que no estorbe…

He ahí la ironía de Lewis, que encuentra ocasión de expresarse incluso en los breves preámbulos o colofones que añade a sus trepidantes historias de ficción. Pero una cosa es disfrutar de éstas, aunque podamos discrepar de las ideas que las inspiran, y otra muy distinta que lo hagamos con los ensayos en los que se exponen sin más esas ideas. Ocurre, por ejemplo, con Una pena en observación (1961), el conmovedor ensayo en el que el escritor trataba de consolarse de la muerte de su esposa, la escritora norteamericana Joy Gresham –la historia de esa relación está magníficamente contada en la película Tierras de penumbra (1993) de Richard Attemborough–. Obsesionado por el sentido del dolor humano dentro del plan general de la divinidad, el escritor amaga con pedirle cuentas a esa misma divinidad a propósito de su pérdida, lo que le lleva a revitalizar, y a interiorizar como cosa propia, los argumentos al respecto que ya había dado en su ensayo de 1940 El problema del dolor.

Es precisamente la lectura de este ensayo lo que motiva estas líneas. Lo leo, de nuevo, sin explicarme del todo qué es lo que me atrapa de un texto doctrinal escrito por un estricto creyente y solo del todo aceptable, en lo concerniente a la crudeza de sus formulaciones y conclusiones, por otros creyentes igualmente estrictos. Cuesta digerir la idea de que el dolor sea el precio que la naturaleza humana desviada ha de pagar para restituirse espiritualmente a un estado mejor en el que la voluntad de cada cual sea absolutamente acorde con la voluntad divina; y más difícil resulta aceptar que ese precio extremo, que ya sabemos que a veces se manifiesta en forma de terribles desgracias y enormes sufrimientos, haya de ser pagado también por aquellos a quienes Lewis denomina “complacientes”, es decir, las personas que viven rectamente sus modestas vidas y tienen una cierta conciencia de no ser acreedores de ninguna clase de castigo divino. Leo toda la casuística que allega el escritor, a quien ya he dicho admirar por otras razones, y se me ocurre que quizá, como ocurre con otros muchos autores, a éste también solamente se le puede seguir hasta cierto punto, y más allá entra uno en honduras del pensamiento individual que quedan fuera de la amplia y luminosa zona de ese pensamiento por la que hasta entonces habíamos transitado sin obstáculo.

Pero, de nuevo, ante esta evidencia –que lo sitúa a uno, por cierto, en relación al pensamiento del autor leído, en la condición de “complaciente”, de espectador acomodado a sus propias convicciones, que Lewis atribuye a los biempensantes en general–, se pregunta uno si acaso es legítimo ponerse a la defensiva respecto a un autor justo cuando empieza a incomodarnos, y si no es entonces cuando empieza de verdad a aportarnos algún beneficio.

En cualquier caso, lo que verdaderamente me ha atrapado de este ensayo de Lewis, que no es tan mundanamente brillante como Cartas del diablo a su sobrino ni tan conmovedor como Una pena en observación, es la formulación que contiene de un mito en el que sí intuyo verdades que van más allá de cualquier dogma: me refiero a la exposición que hace, en el capítulo dedicado a “La caída del hombre”, de la idea de un estado ideal del ser humano del que tenemos atisbos gracias solo a ciertas vivencias infantiles o a intuiciones de naturaleza poética, y al que de algún modo añoramos restituirnos. No está lejos ese hombre edénico al que se refiere Lewis del sujeto ideal al que los románticos referían su particular mito de la Imaginación, ese modo pleno de comunión del hombre con una realidad percibida en toda su intensidad y no limitada a las estrechas franjas determinadas por el alcance de los sentidos. Poetas como Wordsworth, Keats y otros muchos  dedicaron sus mejores esfuerzos al intento de expresar poéticamente su fe en ese mito fundacional. Y quizá el mayor acierto de Lewis sea hacernos pensar en ese mito en relación al corpus central de creencias en la que se sustenta su fe. Acertó también a plasmarlo poéticamente en Perelandra, la segunda entrega de su Trilogía de Ransom, en la que el protagonista llega a Venus –“Perelandra” para los venusinos– y alcanza a comunicarse sin palabras con una especie de Eva espacial que resulta ser una mujer bellísima –aunque de color verde– cuya palpable desnudez, como la de Eva para Adán antes de que ambos comieran del Árbol del Conocimiento, no suscita ninguna clase de ansiedad concupiscente en su interlocutor, aunque no le esté negado percibir la perfección de esa belleza y su relación con sus equivalentes terrenales…

Puede llegarse muy lejos, o quizá a ninguna parte, glosando estas fantasías del magnífico narrador que fue Lewis. En algún momento de El problema del dolor se pregunta si, al escribir ese libro, está siguiendo un designio divino o dejándose llevar por la complacencia de creer que sigue ese designio, que tan placentero le resulta… Es un dilema muy típico de él; pero cabe remitirlo a una cuestión de alcance más amplio: si los escritores y otros artistas, en general, obedecen a un empeño superior o simplemente ceden a una placentera pulsión a hacer uso de determinados dones, naturales o adquiridos; o, dicho de otro modo: la cuestión de la pertinencia y necesidad de la obra de arte en general. Uno puede sonreír ante la ingenuidad de los planteamientos de Lewis; pero lo cierto es que, al lado de otras respuestas que se han dado a la misma cuestión a lo largo de toda la historia de la literatura, y muy especialmente, en los últimos ciento cincuenta años, su dilema parece al menos conmovedoramente sincero, a la vez que su planteamiento desarma precisamente por estar formulado del modo más directo posible, sin la menor afectación de pedantería.

A ese respecto, llaman la atención las cautelas de Lewis, en este y otros libros suyos, para precaverse de que su misticismo –llamémoslo así– pueda ser entendido como una llamada a situarse al margen de los conflictos sociales del momento; e igualmente, de que su fe casi literal en las Escrituras pueda hacer suponer a sus lectores que ignora los avances y descubrimientos de la ciencia moderna. Por el contrario, veremos cómo se refiere con conocimiento de causa al psicoanálisis –del que descree– y a la física cuántica –cuyos postulados parece compartir– o la teoría general de la evolución –que no le parece incompatible con el relato bíblico de la creación del mundo–. En ello, sin duda, se beneficia de la actitud comparativamente liberal de la iglesia anglicana respecto a estas cuestiones. Una actitud semejante hubiera resultado muy problemática a un católico ortodoxo, pongamos por caso, de esos años; lo que quizá redunda en que, pese a que al lector de hoy muchas afirmaciones suyas puedan resultar inadmisibles –su idea, por ejemplo, de que el estado ideal, e incluso “natural” de los animales es la domesticidad, que los situaría, respecto al hombre, en una posición semejante a la de éste respecto a Dios–, el envoltorio general, e incluso la música –si no la letra– de lo que dice todavía nos resulta “moderno” e incluso de algún modo “progresista” –discúlpeseme que recurra a palabras muy desgastadas por el uso que se suele hacer de ellas en contextos periodísticos y políticos– a lectores de países en los que todavía se percibe la falta de acomodo de la iglesia establecida a la modernidad.

Una escena de la película ‘Tierras de penumbra’, basada en el libro ‘Una pena en observación’.

Por ello, quizá, la lectura de su obra doctrinal resulta, incluso para los discrepantes –o, mejor dicho, sobre todo para los discrepantes– más grata e incluso convincente que, pongo por caso, la del Chesterton de Ortodoxia: donde éste vocifera, o busca abrumar al lector con la fuerza de sus paradojas, Lewis aporta sencillos ejemplos tomados de la vida cotidiana que nos hacen pensar que, más allá de lo que nos parezcan las ideas así defendidas, estamos ante una persona que razona con sencillez y sentido común y sin dejar de tener nunca los pies en el suelo y los ojos puestos en la realidad. Mencionábamos antes la clara conciencia que el astronauta Ramson tiene de hallarse ante una mujer desnuda cuya belleza de algún modo le turba. Lewis, en general, acusa la turbación que le causa la realidad y sabe dejar constancia de ello incluso en los escritos que parecen invitar de algún modo a volver la espalda a esa realidad. Mientras esas virtudes sean literariamente relevantes, no cabe dudar de que su obra seguirá encontrando lectores.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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