Se cumplió el cuarenta aniversario del estreno de Taxi Driver (1976) y han tenido lugar los correspondientes actos conmemorativos: el estreno de una versión restaurada de la película, la publicación de una nueva edición de la misma en BlueRay y toda una avalancha de gacetillas y artículos, a la que modestamente se suma el que estamos redactando… Una cosa parece clara: la película de Scorsese, que tuvo alguna dificultad en su día para ser apreciada y entendida, ha logrado imponerse como una poderosa metáfora de un estado de ánimo contemporáneo que difícilmente podría haberse expresado de un modo distinto a cómo lo plasma el poderoso guión de Paul Schrader y lo traduce en imágenes el director de Malas calles. Ha habido, eso sí, abundantes intentos de explicar su significado a partir de los muchos antecedentes que cabe encontrar a su argumento, desde Dostoievski y Conrad a Centauros del desierto (The Searchers, 1956) de John Ford. De esta película, por cierto, derivó visiblemente Schrader el principal hilo argumental de su guión, que no es sino una nueva versión del viejo tema del héroe que recorre un duro itinerario iniciático para rescatar a una elusiva cautiva de las manos de un feroz enemigo.

En la película de Ford, recuérdese, el raptor era un cabecilla indio llamado Cicatriz (“Scar”) y la cautiva una muchacha blanca a la que éste había raptado varios lustros antes y que con el paso del tiempo se ha convertido en una india más, lo que pone a su presunto salvador en la tesitura de matarla como único modo de librarla de esa peligrosa transmutación que la convierte en carne y sangre del odiado enemigo. En el guión de Schrader, la cautiva a quien el inopinado héroe, el taxista insomne Travis Bickle (Robert de Niro), debe rescatar ha dado también el peligroso paso de identificarse quizá más de la cuenta con su presunto raptor, el chulo para quien ejerce la prostitución en las procelosas calles por las que el taxista pasea su misantropía y su creciente desprecio por lo que considera una humanidad degradada. Bickle, que ha luchado en Vietnam, no posee dotes de sociólogo ni parece predispuesto a comprender que la sociedad norteamericana ha experimentado una crisis que afecta a los valores a los que el taxista quisiera poder aferrarse. Sabemos, como él, que la situación de la chica es inadmisible, pero ignoramos, como el propio taxista, las razones por las que ésta ha preferido los azares de la vida en la calle antes que la seguridad del hogar del que ha escapado. Adivinamos en ella, en suma, una de las muchas trayectorias torcidas en las que derivó el afán contestatario que se había extendido por el país durante los mismos años en los que Travis combatía en Vietnam a otro enemigo elusivo y con frecuencia incomprensible: la imbatible guerrilla del Vietcong, confundida entre los humildes campesinos que el aliado norteamericano del gobierno de Vietnam del Sur había venido a salvar del comunismo.
Es obvio que ni Scorsese ni su guionista se hacen ilusiones sobre la valía intrínseca de estos adversarios sobrevenidos: ni la falsa libertad que la joven beatnik cree haber encontrado en las calles de Nueva York ni el redentorismo suicida del Vietcong tenían probablemente mucho que ofrecer a quienes habían querido abrazarlos; pero eso no justificaba tampoco el empeño de los presuntos debeladores de esos trampantojos ideológicos y sociológicos. Travis se propone rescatar a la chica aun a costa de una matanza; y, de paso, justificarse ante sí mismo y ante un objeto previo de sus desvelos: una activista que hace campaña a favor de un candidato presidencial y con la que previamente había tenido una cita fallida. En el proceso de conversión en héroe del taxista sociópata no faltarán otros pasos en falso: antes de emprender el sangriento rescate de la prostituta, por ejemplo, el atormentado Bickle se planteará asesinar al candidato para el que trabajaba la otra mujer. El mensaje es ambiguo: si la única posibilidad de redención en un mundo desquiciado es la acción individual, ésta lo mismo puede derivar en actos de heroísmo que en crímenes atroces.

Cuando se estrenó Taxi Driver, algunos espíritus avisados empezaban a plantearse la cuestión de la valía intrínseca de ciertos actos que en los años previos habían parecido muy necesarios y pertinentes. Occidente había coqueteado con la posibilidad de una revolución política y otra en el terreno de las costumbres. A mediados de los setenta, sin embargo, ambas tentativas habían entrado en vía muerta, y contra esa doble desilusión –o ese doble esclarecimiento– solo cabía oponer la radicalidad de algunos gestos individuales. Cuando Travis Bickle, como empezaban a hacer ya algunos epígonos del movimiento hippy en Londres, decide afeitarse la cabeza y dejarse solo una cresta de pelo en punta, al modo de los indios mohawk, estaba apostando ya por esa vía sin salida: al acercarse de esa guisa a un mitin del candidato presidencial en el que ha enfocado momentáneamente sus odios, es detectado inmediatamente por el servicio de seguridad y debe huir. A partir de entonces sus esfuerzos habrán de concentrarse en otros ámbitos. El sangriento rescate de la joven prostituta le valdrá una carta de agradecimiento del padre de ésta. La chica ha vuelto a casa y reanudado la escuela, no sabemos si sabiéndose efectivamente “salvada” del infierno al que le habían llevado sus malos pasos o simplemente bajo la conmoción que había supuesto el sanguinario acto justiciero de Bickle. Pero, por más que éste haya sido ensalzado por la prensa como héroe del día, el mundo no es necesariamente ahora un lugar mejor, ni tampoco es seguro que esa “redención”, tan duramente lograda, vaya a salvar al atribulado taxista de su insondable soledad y su palpable locura, que es la del santo y la del terrorista, la de la endiosada figura mediática abocada a la autodestrucción y la del psicópata anónimo que decide resolver su vida en un gesto desesperado, la del hombre cargado de razón y la de quien se ha dejado engañar por la demagogia biempensante.
Cuarenta años después seguimos reconociéndonos en esa desorientación. Que el hombre común, acomodado y cínico, tenga más recursos para sobrellevarla que el pobre Bickle no significa que hayamos dejado de ver en él a un lejano precursor.


¿Soy el único que la ve como un update de El guardián entre el centeno?
No había caído en ello, pero me parece muy plausible: al fin y al cabo, ambas historias refieren el itinerario más o menos iniciático de un inadaptado. En su día, yo defendí que se trataba de una trasposición urbana del argumento de ‘Lord Jim’, y hay quien dice que se trata de una adaptación libre de las ‘Memorias del subsuelo’ de Dostoievski; todo ello, entiendo, por la razón antes apuntada: historias de inadaptados que buscan de alguna manera la redención.