La memoria sentimental es lo que es; y por eso quizá, al leer que el segundo tráiler de Star Wars VII: El despertar de la fuerza ha sido el más visto de la Historia en sus primeras veinticuatro horas en Youtube, me he querido acordar de misérrimo cartel fotocopiado con el que el cine-club al que yo asistía en mis tiempos de estudiante anunciaba la proyección de Solaris, de Andrei Tarkovsky: “La réplica soviética a La guerra de las galaxias”, rezaba. Y era mentira, porque este clásico ruso de la ciencia-ficción con ribetes entre filosóficos y religiosos se estrenó cinco años antes que la primera entrega del imbatible serial de George Lucas. Ignoro si la frase fue acuñada por los responsables del cine-club local o por los distribuidores de la película rusa, muy posiblemente estrenada en España con algún retraso. El caso es que, teniendo hoy la perspectiva que tenemos del cine de aquel entonces casi desconocido director, no tenemos más remedio que sonreír ante esa pretensión de colocar su película baja la égida de la de Lucas.
Sí, uno va al cine fundamentalmente para distraerse o divertirse; pero no todo el mundo encuentra la diversión en las mismas cosas, y, lo mismo que hay quien se desternilla con una película de mamporros, también hay quien encuentra placentero asistir a dos horas de proyección de una película hecha de largos silencios y lentísimos movimientos de cámara, y cuyo argumento es difícilmente discernible incluso para los más entendidos.

No es el caso de Solaris, cuya trama, compleja y difícil, era lo suficientemente convencional como para merecer incluso un remake norteamericano, el que estrenó Steven Soderbergh en 2002. Pero fuimos muchos quienes accedimos al difícil cine de Tarkovsky a través de esta película o de la aún más difícil Stalker, estrenada ya en 1979, cuando no se podía hablar de ciencia-ficción sin acordarse de los tópicos puestos en circulación por Lucas. En Stalker no había naves espaciales ni abigarradas civilizaciones extraterrestres, sino simplemente una enigmática zona muerta en cuyo centro, sólo accesible a unos audaces exploradores, se encontraba… ¿el qué? No lo sabemos: algo, quizá, parecido a lo que la tradición religiosa entiende por revelación. Y de eso tratan las películas más características de Tarkovsky: desde El espejo (1975) –una intrigante mezcolanza de escenas sin aparente ilación, que sólo cobra sentido cuando intuimos que son las visiones inconexas que se suceden en la memoria de un narrador que mezcla los recuerdos propios con los de sus padres y abuelos–, a Nostalgia (1983), en la que un escritor ruso que sigue los pasos en Italia de un compatriota cae bajo el extraño influjo de un loco con ínfulas místicas que acaba inmolándose a lo bonzo.
Tras el rodaje de esta película, Tarkovsky no volvió más a su país, donde las preocupaciones religiosas de su cine –muy especialmente, desde el estreno de Andrei Rublev (1966)– habían despertado las susceptibilidades del régimen soviético. No es casual que sus pasos le condujeran, en estos años finales de exilio, a la isla sueca de Fårö, escenario de siete películas de Bergman, donde el ruso filmó su testamento: Sacrificio (1986), en la que se habla de un atribulado intelectual que ensaya la suprema renuncia –a su casa, a su hijo, a sus propiedades, a la propia cordura– a cambio de propiciar la salvación de los suyos y de la humanidad en su conjunto…
No, no son fáciles estas películas. Uno va al cine, ya digo, para divertirse o distraerse. Y, sin embargo…

