Suspicacias en torno a ‘Alexander Nevsky’

Eisenstein vuelve a estar de actualidad: al parecer –no hemos visto la película todavía– el también director Peter Greenaway ha retratado sin tapujos la homosexualidad del ruso en su filme Eisenstein en Guanajuato. Es asunto antiguo, y lo sorprendente es que las autoridades rusas de hoy, tan homófobas como el inquilino del Kremlin con el que hubo de bregar el propio Eisenstein, se hayan llevado las manos a la cabeza. Alusiones homoeróticas, se ha dicho siempre, abundan en el mismísimo Acorazado Potemkin, por no hablar de las últimas películas de este director, caracterizadas por un barroquismo suntuoso y ritual al que no le hubiera hecho ascos el propio Greenaway.

Escena de 'Eisenstein en Guanajuato' de Peter Greenaway.
Escena de ‘Eisenstein en Guanajuato’ de Peter Greenaway.

He tropezado con esta polémica –que pasará al olvido, sin duda, como lo que es: una innecesaria nota a pie de página en la brillante biografía artística de uno de los inventores del lenguaje cinematográfico– mientras preparaba una introducción a Alexander Nevsky para un ciclo de cine ruso que se está celebrando en el Teatro Muñoz Seca, en el Puerto de Santa María. También de esta película de asunto medieval, abundante en gestos de camaradería masculina y en planos de exaltación de una masculinidad elemental, se ha dicho que encierra un recóndito mensaje homoerótico. No sé. El caso es que este filme aparentemente tan simple, cuyo argumento lineal da cuenta de una victoria rusa contra los caballeros de la Orden Teutónica, se nos presenta, a poco que nos asomemos a ella con cierta suspicacia, llena de trampas y ambigüedades. ¿Se limitó Eisenstein, al que asistían y vigilaban un guionista y un codirector de probada ortodoxia comunista, a cantar las glorias del campesinado ruso capitaneado por un líder providencial? Si  una cosa le falta a esta película, desde luego, es el sentido mesiánico del comunismo estalinista: lo primero que vemos en ella es un desolador campo de muertos, resultante de una campaña previa de Nevsky contra los suecos; y lo que tenemos al final, después de otra gloriosa victoria contra otros invasores, es un nuevo páramo sembrado de cadáveres. También al comienzo de la película vimos al caudillo contemporizar con los tártaros: de ellos, dice el líder, nos ocuparemos más tarde, cuando hayamos derrotado a los alemanes; lo que quiere decir que aún habrá más guerras, y que el campo de muerte que hemos visto al final de la película no será el último.

Para librar esas guerras, lógicamente, hacen falta armas; por eso Eisenstein nos hace asistir al acto de compromiso patriótico por el que los reticentes artesanos de Novgorod prometen fabricarlas: “¡Quinientas lanzas!”, grita uno, para ser inmediatamente corregido por el populacho: “¡Quinientas no! ¡Mil!” ¿Acaso no estamos ante una parodia del modo por el que los comisarios políticos fijaban los objetivos de productividad del entramado fabril en el que se basaba la economía estalinista? Etcétera. Puede que esta bellísima película haya envejecido, y que por eso haya adquirido estos involuntarios ribetes paródicos, por lo mismo que algunos de sus conseguidos logros iconográficos y de planificación nos resulten hoy más familiares por haberlos visto en Conan el bárbaro o El Imperio contraataca que en el original.

Pero eso es más culpa nuestra que de Eisenstein.

 

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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