Acuarela de J.M. Benítez Ariza.
Y ya me parece que el tiempo de esta escapada se acelera y acorta, como suele suceder cuando las vacaciones alcanzan su punto medio y empieza uno a darlas por zanjadas, a pesar de lo que queda todavía por delante: en este caso, tres días completos de ajetreado no-hacer-nada, o lo que es lo mismo, de resignada predisposición a hacer todo lo que se presente. Al día siguiente, domingo, dedico la mañana a hacer en sentido inverso el paseo que normalmente doy por las tardes, y ello me lleva a encarar desde la carretera la visión del perfil blanco del pueblo iluminado por un sol frontal, recién salido de detrás de la montaña. Hago una acuarela rápida de esa imagen, que me sale un tanto chillona, quizá porque no he conseguido diluir en el polvillo del día soleado las dos o tres notas de color que se aprecian en el panorama y me he empeñado en poner también en mi pintura, sin lograr integrarlas del todo. Por la noche, en consonancia con mis lecturas y el paseo de esa mañana, veo Carretera perdida (1977), la muy hermética película de David Lynch, para cuya elucidación dispongo ahora de las explicaciones que me ofrece Žižek. Lo Otro que atormenta al protagonista es, en esta ocasión, la contradicción entre su impotencia física y afectiva ante su gélida mujer y su ensoñación de convertirse literalmente en otra persona –encarnada incluso por otro actor– capaz de conquistar a una especie de avatar sensual y provocativo de esa misma mujer, ahora a la medida de sus fantasías, pero a la larga igualmente inalcanzable… Otro búfalo blanco que obsesiona a un viajero, que esta vez no se desplaza en el espacio, sino que simplemente se transmuta en otro.
Para que eso no me pase a mí –quiero decir, para que no me despierte al día siguiente siendo otra persona–, hago planes de dedicar esa mañana a recorrer uno de los senderos mejor asentados en mi recuerdo: el que conduce al Ojo del Moro, un mirador sobre la garganta que separa la Sierra del Endrinal de la Sierra de la Silla. Es un estrecho camino de herradura, en el que no me cruzo con nadie: si me torciera un tobillo –lo que no es del todo impensable, puesto que no llevo el calzado adecuado–, nadie vendría a auxiliarme. A mitad del recorrido me asomo al arroyo que transcurre al fondo del valle y hago un somero dibujo del agua corriendo entre las piedras. Si el tiempo lo permitiera –y debería, siendo mayo–, sería muy grato remojarse. Pero basta que una nube pasajera tape el sol para que se haga sentir el aliento gélido del poniente, quizá ya virando a viento norte. A lo largo del sendero, no sabe uno si parar a descansar en los recodos soleados o en los sombríos: en unos, pesa el sol; en los otros, se queda uno arrecido. Por suerte el mirador ofrece ambas opciones; y allí, sentado en el banco de piedra a pleno sol, pero con la posibilidad de acogerme a la sombra con sólo reclinarme hacia atrás, contemplo el hondo panorama a la derecha del perfil de La Silla, con el castillo de Aznalmara, o de Tavizna, en medio, el cerro en el que se alza la ciudad iberorromana de Iptuci y, más allá, la mancha lechosa de Prado del Rey. Hago un dibujillo del mirador, me como el bocadillo y levanto el campo. Esa noche, para evitar pensamientos abrumadores, me pongo una película ligera, pero a la que también me he llevado el libro de Žižek: Curtain Call (Llamada a escena, 1999) de Peter Yates. El tema, en cierto modo, viene a ser el mismo que el de Carretera perdida: las intrincadas causas de los desencuentros en una relación de pareja; pero esta vez el tratamiento es ligero, de comedia, y el contrapunto a la pareja contrariada lo ofrece un estrambótico matrimonio de fantasmas que habita el viejo caserón que se han comprado los protagonistas.
Y ya sólo me queda un día completo antes de regresar, que dedico a poner en orden la casa, repasar mis dibujos y terminar de leer el delicioso libro de Paniceiros. Compruebo con cierta sorpresa que la lengua asturiana no me ofrece apenas dificultad, más allá de tener que mirar de cuando en cuando el Diccionariu de la Llingua Asturiana que mantiene en internet la Academia correspondiente. Por el contrario, la necesidad de no perder detalle al leer una lengua que, pese a lo transparente que resulta, ofrece un punto adicional de dificultad me obliga a redoblar la atención y evita esa manera un tanto superficial y mecánica de leer sin esfuerzo que permite que afloren mis propios pensamientos y deje de poner el foco de mi atención en lo que estoy leyendo. Ahora que lo pienso, el placer que he sentido siempre, en general, al leer un texto en lenguas distintas al castellano se debe a ese prurito de atención añadida, que redunda siempre en una más intensa inmersión en lo leído. Y esta Hestoria universal de Paniceiros es un excelente objeto al que aplicar ese beneficio de la lectura bajo un efecto de atención redoblada, tan placentera a la postre.
Para no perder ese buen sabor de boca, la película de esa noche es La guerra de Murphy (1971), otra del inocuo Peter Yates, aunque la verdad es que esta inverosímil recreación del enfrentamiento entre un enloquecido oficial británico y un submarino alemán en la embocadura del Orinoco pasa de un tono de película inconsecuente y más o menos distraída a un desconcertante final nihilista que quizá hubiera sido efectivo si todo lo que antecedía no predispusiera a otra cosa.
Uno no está, como ese oficial británico –otro viajero solitario, al fin y al cabo–, perdido y aislado en un remoto paisaje tropical, pero casi. El viaje de regreso implica un descenso a pie de más de una hora por una trocha que dicen que fue calzada romana hasta el pueblo vecino, donde hay estación de autobuses de la que a primera hora de la tarde sale uno que enlaza con el circuito de trenes de cercanías que me permitirá llegar a casa sumando seis horas y media de viaje para poco más de un centenar de kilómetros. Pero la verdadera aventura es otra e implica, como hubiera querido Žižek siguiendo a su maestro Lacan, la presencia de ese Otro en el que uno vuelca sus obsesiones y centra sus afanes. En un parquecillo junto a la estación almuerzo un bocadillo. Y cuando me acerco a una papelera a tirar el envoltorio, veo que al lado hay una casetilla que luce el marbete de “Punto de intercambio de libros”. Tiene un candado, pero está roto. Abro el compartimento temiéndome lo peor y, efectivamente, lo que me salta a la vista son unos cuantos desmedrados best-sellers de hace quince años: entre ellos, los cuatro de la serie Crepúsculo, que yo mismo compré en su día a mi hija, que entonces tenía edad de leer esas cosas. Pero, fijándome un poco mejor, me salta a la vista el lomo algo descascarillado de un libro pequeño y grueso, en el que leo Barcelona pam a pam. Sorprendido por hallar un libro en catalán en un descuidado “punto de lectura” de un parque de un pueblo andaluz, lo tomo entre mis manos y veo que es una guía de Barcelona a cargo del historiador del arte Alexandre Cirici, de quien no hace mucho leí sus memorias, compradas en Els Encants. Hojeo el libro y veo que casa bien con mi devoción por Barcelona y mi empeño por dominar, al menos a nivel de lectura, la armoniosa lengua del Principado. Y veo también, casi camuflado entre los lomos oscuros de los tomos de Crepúsculo, el libro que el periodista Arcadi Espada dedicó al Raval y a un escabroso caso de abusos infantiles que allí hubo, lo que le permitió poner en pie un encendido alegato sobre el lado más oscuro de su ciudad. Su autor, que se hizo famoso con este libro, no continuó con ese registro, o no lo aplicó exactamente a los mismos temas, sino que se convirtió en un furibundo columnista de un periódico de derechas, lo que quizá influyó en que este libro impulsivo y nada cauteloso en lo referente a posicionamientos políticos quedara un tanto soslayado.
Pienso en todo ello ya en el autobús. Y es que, llevado por mi prutiro de no recargar mi equipaje –la pequeña mochila en la que llevo la tablet y el libro de Žižek, del que me quedan por leer unas páginas–, y recordando que no hace mucho he expurgado mi biblioteca por tal de despejarla un poco, he decidido dejar esos dos hallazgos donde los encontré. Pero me arrepiento enseguida. Efectivamente, me basta una rápida consulta a las librerías de viejo online para comprobar que Raval. Del amor a los niños se ha convertido en una cotizada rareza. Igualmente, un amigo barcelonés con quien cruzo unos wasaps me dice que debería haberme quedado con el libro de Cirici, que él mismo tiene en alta estima… Casi estoy por bajarme del autobús, ya a punto de salir, y correr a rescatar los dos libros. Pero ello supondría verme varado en ese pueblo un día más, sin contar siquiera con el recurso, para mí impensable, de desandar la empinada trocha, esta vez cuesta arriba.
Vuelvo mascullando una renuncia y casi una derrota. Y entonces me acuerdo de un amigo que vive aquí y con quien comparto esta especie de amor obsesivo hacia los libros. Lo llamo y le cuento. Unas horas más tarde me dice que ha acudido al parque, al rescate de mis hallazgos, pero que lo ha encontrado ya cerrado. Parece cosa del destino. Resignado, me distraigo elaborando mentalmente las escenas costumbristas de las que soy testigo a lo largo del prolongado trayecto de pueblo en pueblo, hasta llegar al intercambiador donde tomo el tren de cercanías que, tras una última caminta de veinte minutos, me deja en casa. Paso mala noche, destemplado, quizá por efecto de la mañana bajo el sol, o por el mero cansancio. Tardo en dormirme, lo que se traduce en que al día siguiente también me levanto tarde. Y lo primero que encuentro en el móvil es un mensaje de mi amigo de la sierra, que me dice que esa mañana tuvo en hueco en sus clases y pudo acercarse al parque de marras y los libros seguían allí y ya los tiene en su poder y espera poder entregármelos pronto.
Diría que he cazado mi búfalo blanco.



