En ‘Sombra celeste’, la poeta y periodista arequipeña convierte el insomnio en materia poética. Nueve noches sin inicio ni descanso, donde cuerpo, mente y espíritu se desdoblan.
Sobre un fondo de arena, el cuerpo de una mujer flota en tinta, suspendido en el aire, sin saber si vuela o cae en medio del sueño. Quizás, se entrega al espacio entre la noche y la vigilia, sin saber si llegará la luz del amanecer. Su figura, dibujada en levedad, resulta ser una portada reveladora como la de Sombra celeste, libro escrito por la poeta peruana Ximena López Bustamante (1993), publicado por Editorial Comba (Barcelona, 2025).
Durante noches de desvelo, desprendidas de la secuencia habitual, la autora nos invita a un viaje que inicia in media res, a través de una secuencia de nueve poemas como nueve noches desveladas. El hablante poético ya nos advierte en sus primeros versos. “Baja la tarde y todo boca arriba” nos dice, como quien intenta desgarrar los oscuros pensamientos de quien no encuentra consuelo en el dormir.
“Me interesaba que el libro no tuviera la comodidad o la obviedad del origen”, me comenta Ximena a través de correo, meses después que viajase desde Lima, su ciudad adoptiva tras dejar el natal Arequipa, para adentrarse en la presentación de su nueva propuesta en España.
Los números no son elecciones arbitrarias, más bien, una constante en su universo poético desde su primer libro INTERIOR VI. Técnica mixta (2022). Esta vez, el insomnio, sin ser nombrado, va sugiriendo cómo el tiempo para aquella habitante insomne de la madrugada puede ser una desgracia.
En esta conversación telemática, la poeta dialoga en torno a su más reciente obra.
-El libro nos invita a un viaje por nueve noches de desvelo, desfragmentadas del orden acostumbrado. ¿Por qué la secuencia comienza en la noche diecisiete? ¿Un punto de partida arbitrario o algún símbolo numérico?
No es arbitrario. El símbolo numérico es una constante en mi universo poético. En esta ocasión, se empieza in media res. La noche diecisiete aparece como un ingreso tardío, un comenzar cuando algo ya está ocurriendo desde antes. Me interesaba que el libro no tuviera la comodidad o la obviedad del origen: no hay noche uno porque no hay un «inicio» cuando el delirio llama a tu puerta. No hay una inauguración, no te pide permiso acaso irrumpe.
De la noche diecisiete a la noche veinticinco, hay nueve noches que la voz poética no duerme. Un insomnio que sugiere haber empezado tiempo atrás. Nueve que además es conjunto de tres tríadas donde cabe, en cada tríada, un conjunto de tres entes: cuerpo, mente, espíritu. Un tríptico indivisible que compone a cada ser humano.
Como ves, la numerología sigue siendo, para mí, una búsqueda compartida e infinita. Un lenguaje misterioso que he aprendido —o al menos eso creo— a comprender. Se puede ver, por ejemplo, en mi primer libro INTERIOR VI. Técnica mixta (2022), la «Matemática de la Vida» —como la llamó Leonora Carrington— muy presente. «Matemática» que me persigue hasta el día de hoy.
-El primer poema anuncia “en un parpadeo / sufren la mutación / de la que no se vuelve / más”, indicando que amarrada a la noche vienen los miedos, las dudas. Posteriormente, nos queda claro que en los poemas corroe la incertidumbre. Algo pasa, algo no sana. El castigo transformado en “costra insomnífera”. ¿Cómo construyes estas metáforas que habitan entre lo físico y lo psíquico?
Las metáforas van construyéndose solas cuando se tiene a un personaje que poco a poco, debido a la falta de sueño, empieza a delirar. Van apareciendo —las metáforas— cuando una sensación no encuentra un nombre directo, ni siquiera uno clínico. No concibo, pues, una separación real entre lo físico, lo psíquico y lo espiritual. Ya lo decía líneas arriba. La costra insomnífera, en este caso, nace de la experiencia concreta del insomnio. Una capa que no permite ni dormir ni despertar del todo, asfixia y a la vez acompaña.
El poemario inicia con una voz poética pero termina en una polifonía. La identidad se va transformando en identidades. Se pasa del agotamiento físico al psicológico que desemboca en el espiritual y viceversa. La salud mental, en este caso, fue una constante investigación para esta obra: recetas médicas de pacientes de psiquiatría, medicamentos, testimonios de personajes que sufren insomnio, diagnósticos y demás material de archivo. Este libro fue escrito desde estados corporales muy específicos: fatiga, cataplexia, descorporeización, etc. No se busca explicar la herida, sino permitir que se manifieste. El insomnio, además de ser una afección del sueño, ojo, podría llegar a ser mortal.
-¿Por qué la noche como tópico nos ha cautivado desde hace siglos? ¿Cómo fue en tu caso, involucrando problemas de este siglo o como dice un verso “el suplicio contemporáneo”?
Ese suplicio contemporáneo es, justamente, la herida de la salud mental en mi generación. El estrés, la depresión, la carente voluntad por hacer. En su mejor escenario, diríamos que la noche es un territorio donde podemos darnos el «lujo» de suspender las obligaciones o actividades diurnas donde la conciencia baja la guardia. Digamos que podría haber «descanso», pero en este caso no lo hay. Por el contrario, surge la hiperconciencia, el suplicio de no poder desconectarse del «yo». La vigilancia o la vigilia (si se quiere), en este escenario, se vuelve interna.
-¿Qué papel juegan las referencias a lo sonoro (eco, crujido, grito, silencio) a lo largo del texto?
Aquí tengo que apoyarme en la esencial Clarice Lispector y su delicado «instante-ya». Quise, siguiendo su lógica, captar la esencia, sin mediaciones. Es decir, el sonido. Ya que este es anterior al sentido, incluso a la sensación misma. Antes de entender, escuchamos, sentimos. Apuntaba a eso, a captar la sensación en toda su dimensión —el instante-ya— más allá del significado. La mayoría de poemas nacieron de un ritmo interno, de pulsaciones o repeticiones que obsesivamente me perseguían. El eco, el crujido, el grito —si te das cuenta— es la respuesta de un «afuera» que a la vez está en constante diálogo con un «adentro» que va perdiendo individualidad para hacerse colectivo. El silencio no es más que la densidad de algo ahí afuera que no responde; no es ausencia como podría pensarse a primera lectura. Me interesa muchísimo trabajar la escucha como una forma de conocimiento poético animal y, por ende, la persecución musical de mis versos.
-Todos los poemas hacen de una u otra forma referencia al cuerpo, como si hubiera una conversación entre la mente y el tacto, a veces vulnerable, a veces erótico (noche 22). Pies, dedos, senos, costillas, labios, piel, huesos, donde rebota algo en la ausencia. ¿Podrías describir cómo el poema se concibe al interior tuyo?
En mi caso, los poemas no surgieron como ideas. Fue una urgencia física, una presión, algo que insistía. Fue tanta la insistencia que migró a mi mente y en consecuencia a mi espíritu. Todo trabajo literario para mí, visto como una totalidad (libro), exige de un entrenamiento espiritual, un compromiso que va más allá del cuerpo para poder crearle un ánima a la obra. Luego el lenguaje organiza y surge el verdadero trabajo.
El erotismo, creo yo, no aparece como celebración sino como una zona de riesgo, de exposición. El cuerpo como un campo de prueba.
-Juegas con la tipografía, los espacios y la disposición del texto, como en el verso que fragmenta la palabra “f/r/a/m/e/s”. ¿De dónde nace la idea de explorar la poesía visual? ¿Qué te inspiró? ¿Qué apareció primero, la imagen o el poema?
Primero, para mí, aparece la fractura. Puedo escribir de «eso» cuando la experiencia ya se rompió y ha habido una distancia de por medio. A partir de ahí, empiezo el trabajo de preproducción: investigación, lecturas, etc., para luego pasar a la escritura y finalmente la edición.
La poesía visual no la pienso como adorno, nada más alejado de mi realidad. La concibo, en cambio, como una necesidad expresiva que requiere de todo el lienzo para dejarse leer/ser. Los espacios en blanco, la respiración, el versado, todo es parte de la composición del poema. El poema que mencionas donde hablo de los f/r/a/m/e/s, es, por ejemplo, un intento audiovisual convertido en poema. Sabemos que la narrativa no tiene el mismo tratamiento que la poesía, en ese sentido quise resaltar al poema como una película hecha de fotogramas y no de video. Es decir, no tiene una narrativa, tiene fotogramas/versos/frames como la poesía misma, como parpadear (en sensación).
Para este libro me nutrí muchísimo de las vanguardias del Perú de 1920 en adelante. Estoy hablando de Alejandro Peralta, Alberto Hidalgo, César Vallejo, Oquendo de Amat, Xavier Abril. Luego tenemos a Julia Ferrer y Sarah Kane, quienes fueron faro y compañía en el proceso creativo. Te invito a conocer el colectivo andino Orkopata del cual salieron muchos de estos nombres ya citados.
-Desde lo laborioso de la escritura, ¿cuántos años de tu vida están depositados en este libro? ¿Qué rescatas del proceso de reescritura y posterior edición?
Fueron tres años de trabajo, dos de escritura y uno de edición. De manera discontinua, pero con sedimentación vital. La reescritura es mi ejercicio favorito, debo confesar. Es un trabajo de poda, de purga: dejar ir versos a los que una se aferra pero que no sirven al organismo del libro. He guardado, por ejemplo, muchos poemas para otro libro que me gustaban pero que no pertenecían al universo de Sombra celeste. Uno de los procesos que más disfruto a la hora de armar el proyecto es el «montaje», siento que estoy haciendo un collage mental que se traduce en lenguaje escrito, o también siento que estoy haciendo la escenografía de una obra de teatro con versos corporeizados. Una quemadera lo que digo, pero espero que alguien lo entienda.
-Publicado por Editorial Comba, Sombra celeste estuvo de gira por España. ¿Cómo fue regresar tras un período viviendo en Barcelona? ¿Qué conversaciones rescatas de esos días por Europa?
Al volver, me encontré con viejas y viejos amigues que hice durante mi estadía en la maestría de la UPF en Barcelona, muchxs de ellxs ya con libros publicados también. Me doy cuenta, ahora que estoy en Lima sentada desde mi escritorio, que hemos formado una comunidad hermosa. No hay competencia, pero sí competitividad. Buscamos ser mejores escritores, pero sobre todo mejores personas. Nos compartimos contactos, nos recomendamos lecturas, nos leemos lxs unxs a lxs otrxs. Ninguna de mis amistades vive del éxito o la fama, palabras que me desagradan en demasía; por el contrario, los amigues latinoamericanos que ya publicaron con una editorial española (al igual que yo), solo pensamos en una única cosa: el próximo libro. Lo parido, despedido y regalado al mundo está. Ahora toca ver qué es lo que sigue.



