Ilustración de Caridad Soto.
Como siempre, llego con retraso al dentista. Empiezo a pensar que lo llevo en los genes o bien, que alguien me echó una maldición, la maldición de los tardones. Subo las escaleras corriendo, los escalones son muy altos, así que llego sin resuello. La enfermera me abre la puerta, me saluda y me informa de que la consulta va con un poco de retraso. Respiro aliviada. Me invita a pasar a la sala de espera donde aguarda una señora que, al verme, me da los buenos días. Comienza a carraspear y a toser. Le pregunta a la enfermera si tiene un caramelito. Lo dice así, caramelito, y a mí me recuerda a mi madre cuando pedía algo que transgredía su régimen de diabética: un dulcecito, una cervecita, un jamoncito. El mismo tono, el mismo diminutivo, ese que no pide tanto como se disculpa. Pobrecilla, se fue sin aprender que también tenía derecho a pedir.
La enfermera se disculpa por no tener caramelos y, en su lugar, le trae un vaso de agua. Yo corro a ofrecerle unos Halls de limón y miel que suelo llevar en el bolso. La mujer coge uno y me lo agradece con entusiasmo sincero. «A mí me encantan estos caramelos. Me suavizan mucho la garganta. A decir verdad, me gustan todos los caramelos. Y los bombones, más». Le respondo que a quién no le gustan los bombones, y ella deja escapar una risita breve, contenida. «Yo siempre tengo bombones en casa para cuando vienen mis nietos, aunque, a veces, se acaban poniendo rancios. Ya sabe lo que pasa hoy día, todo son ocupaciones y apenas hay tiempo para nada. Y menos para los viejos —afirma con la voz más apagada que hace unos instantes y la mirada baja—. Antes, cuando vivía mi marido, cogíamos el coche y nos encajábamos en Sevilla en un santiamén, pero ahora a mí me cuesta subir y bajar del tren, me da miedo caerme. Ya me rompí la cadera el año pasado. Un estropicio…». Le digo que sí, que es cierto: vamos por la vida atropellados, siempre con prisa, y en esa carrera ciega dejamos atrás lo que de verdad importa. «No es que mi hija no venga a verme, pero no tanto como me gustaría. Ya sabe cómo somos los mayores, como no tenemos otra cosa que hacer. En cambio, mi hija, demasiado hace la pobre: la casa, el trabajo, los nietos…», —añade como si se sintiera obligada a justificarla—. Le dirijo una sonrisa cómplice. Me fijo en su pelo, cardado de peluquería; en las arrugas, seguramente labradas por años de lucha silenciosa e invisible; en los labios, apenas rozados por un toque de carmín; y me invade una honda piedad. La imagino regresando cada día a una casa vacía, rodeada de recuerdos, preparándose una comida mínima, quedándose dormida frente a la serie de turno, acostándose sola y despertando todavía más sola, con ganas de llamar a su hija y a sus nietos, y el temor de resultar pesada si insiste demasiado. E, inevitablemente, recuerdo el tiempo en el que padres, abuelas, tíos, hijas y primos formábamos una familia extensa que vivía cerca, con todo lo bueno y lo malo que eso implicaba para la convivencia. Las casas estaban abiertas y se entraba sin llamar; las sobremesas se alargaban alrededor de una mesa demasiado pequeña para tantos, con el ruido de los platos, las conversaciones cruzadas y el pan pasándose de mano en mano como banda sonora. Las abuelas cuidaban de los nietos y los primos crecíamos juntos en la calle, compartiendo juegos, rodillas peladas y secretos. Se celebraban los cumpleaños de varios primos a la vez, sin importar si cumplías ese mismo día o un mes después porque había que economizar. Juntos realizábamos una suma de gestos cotidianos que hoy resultan casi extraordinarios: hacerle la compra a la vecina aprovechando que ibas al mercado, repartirse a los niños sin necesidad de preguntar, turnarse los coches para ir a la playa o al pueblo. Se planchaba en compañía con la radio encendida, se veían los mismos programas de televisión, se velaban enfermos y se celebraban santos con idéntica naturalidad. Las mudanzas se resolvían entre todos en una mañana —no teníamos mucho que trasladar—, las pequeñas obras domésticas encontraban siempre manos disponibles y los problemas se hablaban en la cocina, de pie, mientras algo hervía al fuego. Había roces, consejos no pedidos y demasiadas opiniones sobre la vida ajena, pero, también, una red sólida: siempre había alguien cerca para echar una mano, para discutir, para celebrar o sostener. Comparto con la señora mi añoranza y ella afirma que también echa de menos esos tiempos. «Pero ya nunca volverán», añade apenada. El silencio se apodera de la sala. Me he puesto triste, así que prefiero no seguir hablando, no quiero afligirla más. Cojo una revista y finjo prestar atención a las pamplinas que ahí se cuentan: bodas que se rompen casi antes de terminar el convite, reconciliaciones posadas para la foto, herederas que presumen de felicidad en playas remotas, niños que nacen mediante vientres de alquiler, mansiones imposibles y sonrisas idénticas que no dicen nada, pero que a la gente le hace soñar con lo que nunca será.
La enfermera abre la puerta, llama a Rosario y le dice que pase a consulta. La mujer se levanta y me dice adiós. «Adiós, Rosario. Que tenga un buen día», le respondo. Me quedo sola en la sala, envuelta en la luz cálida de la lámpara que descansa en la pequeña mesa situada en el centro —no de esas salas en las que focos de luces blancas encastrados en el techo hieren la vista—, dejando que el eco de lo ocurrido aún resuene en mi cabeza. Me arrellano en el sillón, saco el móvil del bolso y marco el número de mi padre. «¿Te pasa algo, hija?», me pregunta alarmado. «¿Tienes algo que hacer el próximo fin de semana?». Me responde que no. «Vale, pues allí estaremos el sábado. No voy a permitir que se te enrancien los bombones». «¿Enranciarse los bombones? ¿Qué te pasa, mi niña? ¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué?». Me rio de su ocurrencia. «No, papá, me lo han dado». Y vaya cómo me lo han dado, me repito para mis adentros mientras permanezco unos instantes con el móvil en la mano y una sonrisa algo culpable en mis labios.

