“Quiero marcharme pronto y retirarme a vivir
junto a la laguna, donde sólo oiré el viento
suspirar entre los juncos. Será un logro
si consigo dejarme atrás a mí mismo”.
H. D. Thoreau
Le he dedicado muchas horas de escritura a la Laguna de Medina, tantas como pasos he dado alrededor de ella. No está en Concord, pero es mi Walden; no puedo dedicarle una descripción más amorosa que esta. Es un lugar-casa al que regreso cuando necesito una respuesta no condicionada por una circunstancia material o mundana, cuando necesito recuperar la salud física o mental. Cada vez que decido caminar por sus senderos algo en mí cambia y se transforma. A medida que adentro mis pasos en ella, una sensación de abrigo me envuelve, una sensación que poco a poco se va apropiando de mi cuerpo y de mi cerebro. Un concepto de arraigo primordial que no tiene que ver con mis afectos humanos. Una presencia que no es tangible me da la bienvenida, me toma de la mano y me conduce tranquila, serenando y ordenando mis pensamientos apelotonados. Desconecto a los pocos minutos de la ciudad y sus ruidos, de las preocupaciones y los agobios. El corazón me late distinto, puedo sentir mi pulso en cada pliegue de mi piel, totalmente inervada y receptiva.
Ningún lugar en el mundo me provoca estas sensaciones tan nítidas. Nadie como ella es capaz de entenderme, nadie como ella es capaz de reconducirme, de sanarme, de renovarme. Mi vista se aclara y mi oído se agudiza. Es como si lo percibiera todo extra dimensionado, más nítido, más transparente. Como si pudiera oír el latido de cada árbol, de cada pájaro, de cada insecto agazapado entre la hierba. Todo, incluso lo más pequeño, lo que el ojo no puede percibir en un paseo convencional, se vuelve visible a mi mirada. Puedo captar cada sonido minúsculo, cada nano movimiento en una rama, en una hoja que cae sin emitir ningún sonido audible para el ser humano. Cada detalle cobra una relevancia mayor, como si todo me fuese revelado, como si la conciencia de ese todo formara parte de mí y al revés. Leo a Katheleen Dean Moore, escritora y profesora de filosofía en la Universidad de Oregón, en un libro maravilloso que ha caído por azar en mis manos: “¿Qué hay ahí fuera, invisible para nosotros solo porque no encaja en nuestras categorías? ¿Existe algo más allá del espectro visible y del rango audible, fuera de la nomenclatura binomial, y tan glorioso que acabe por deslumbrarnos, sobrepasar nuestros sentidos y aturdirnos?”.
Juan José Millás, en uno de los libros que comparte con el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, La conciencia contada por un Sapiens a un Neandertal, define estas situaciones en que adoptas una conciencia excepcional de todo cuanto te rodea como ataque de “relevancia”. Walt Whitman, lo llamó cosmic consciousness. Romain Roland, sentimiento oceánico. Un psicólogo puede que lo tache de alucinación. Yo soy más práctica. Lo llamo, simplemente, reconexión con mi origen. Aunque sea una redundancia.
El ser humano se ha separado tanto de su hábitat original, la naturaleza salvaje, que ahora parece haberse convertido en algo misterioso y lejano que no está a nuestro alcance. Da la sensación, en palabras de Richard Mabey, que la naturaleza ha pasado a significar “cualquier cosa que no seamos nosotros” o que no esté hecha o causada por nosotros. Como una otredad. Sin embargo, aunque no lo percibamos, vivimos conectados a la naturaleza constantemente. El oxígeno que respiramos, que absorbemos con cada contracción de nuestros pulmones, ha sido exhalado antes por la vegetación terrestre. Y tenemos un razonable parentesco con todos los organismos vivos que pueblan el planeta. Es cierto que hemos abandonado una interacción consciente con el mundo natural y pasamos menos tiempo al aire libre. Reconectar –insisto, sería redundante, pues ya esa conexión está implícita en la condición humana– con nuestro yo más primitivo en un entorno natural que no esté contaminado por la mano del hombre es ya prácticamente inalcanzable en cualquier lugar del planeta.
Aún así, nuestro cerebro reptiliano –ese que controla los instintos básicos de supervivencia como la lucha, la huida o la territorialidad, y funciones autónomas vitales, como la respiración o el ritmo cardíaco– reconoce las señales y las interpreta, las traduce de forma concreta en este tipo de emociones que solemos experimentar al contemplar el mar, una montaña, una fuerte nevada, un prado cubierto de campánulas o un pájaro en pleno vuelo. Nos dice el maestro Thoreau: “Dad largos paseos bajo una tormenta, o a través de nieve profunda en campos y bosques, si queréis mantener el ánimo encendido. Véoslas con la naturaleza salvaje. Pasad frío, hambre y cansancio”.
Una tarde de noviembre de hace algunos años, en una de mis visitas a la Laguna –esta reserva natural entre Jerez y Medina Sidonia-, se produjo un suceso extraño y conmovedor que guardo como recuerdo exquisito e imborrable. Al volver de uno de mis paseos sucedió algo que aún hoy sigo recordando vívidamente. Se me había hecho un poco tarde y había anochecido muy rápido en el camino de vuelta, así que los últimos metros que me separaban del coche tuve que hacerlos casi en completa oscuridad. El cielo aún desprendía una suave luz anaranjada y una luna llena y rotunda se alzaba en lo alto sobre los olivos, pero en el sendero ya era de noche. Oía crujir la hojarasca bajo mis pies y el sonido de mis pasos era lo único que me acompañaba. Normalmente hago este sendero sola y lo conozco al detalle, cada curva y cada recoveco del camino, cada arbusto y cada rama baja de lentisco que se cruza de un lado a otro y forma una pequeña bóveda casi a la altura de mi cabeza. A pesar de la oscuridad y del hecho de que no había nadie en varios kilómetros a la redonda, no sentía miedo; sólo una profunda gratitud por respirar en silencio ese retazo de naturaleza que se me ofrecía a mí sola. Al fin y al cabo, estaba en casa. Entonces, oí un sonido chirriante, corto como un suspiro, parecido al de una aserradora, pero más profundo y muy cerca. Una gran lechuza blanca cruzó volando de un extremo a otro del camino, tan bajo, que una de sus alas me rozó la cabeza un instante, sentí el aire que movía con su desplazamiento, su respiración, su latido animal. Fue como si un trapo blanco se hubiera desplegado un momento delante de mis ojos. Sobrecogida, me agaché instintivamente –estas aves tienen unas garras dentadas muy afiladas y pueden causar cortes profundos en la cabeza o en el rostro si se sienten amenazadas-, y tuve el privilegio de contemplarla unos segundos, con su cara en forma de corazón y sus alas moteadas batiendo silenciosamente en toda su majestuosidad, perderse entre la densidad de los árboles. Me quedé un rato encogida en el suelo mirando el árbol donde creí que se había posado, buscando su presencia invisible, respirando con rapidez, casi jadeando, con el pulso golpeándome en las sienes y el corazón saltándome en el pecho. Probablemente, ella sí me veía en la oscuridad y me observaba con cautela desde su posición ventajosa. Me reí en alto, grité de júbilo y me puse de nuevo en camino hacia el coche con un paso más acelerado, casi trotando, como cuando era niña. Hacía mucho frío y el aire salía de mi boca en grandes vaharadas, pero yo estaba sudando. Metí la llave y me senté al volante con la sensación de que algo trascendente acababa de ocurrirme. Estaba eufórica, presa de una emoción imposible de descifrar, pero mucho más grande que cualquier otra que hubiera sentido antes en un ambiente natural. Arranqué a desgana, di marcha atrás y derrapé en la gravilla del aparcamiento antes de salir a la autovía. No quería marcharme. Solo pensaba en volver a verla de nuevo.
Han pasado algunos años desde aquella tarde y no la he vuelto a ver. Liebres, meloncillos, ratas, ratones y pájaros de todas las especies campestres se han cruzado en mi camino. Las fochas, las gaviotas reidoras, las garzas y los flamencos me han acompañado con su ensordecedora charla durante todo el trayecto. He oído batir de alas, murmullos y crujidos, y he notado presencias moverse entre las ramas de los acebuches, pero nunca se ha vuelto a mostrar ante mí esa gran dama blanca.
| Lecturas recomendadas: Dean Moore, K. Raíces. Un tratado filosófico sobre la naturaleza. Barlin Libros. Valencia, 2025. Mabey, R. El jardín accidental. Carbrame editorial. Barcelona, 2024. Thoreau, H.D. El gran invierno. Errata Naturae. Madrid, 2021. |


