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Desde que, ataviada con una mascarilla, pisé el primer aeropuerto para iniciar el regreso a España, mi cuerpo se puso en estado de alerta, en una atención constante que evitara que mis manos, infectadas tal vez con el roce de alguna superficie, tocaran mi cara. Así se ha mantenido desde entonces. Ni siquiera el arrullo del tren ha conseguido hacerme bajar la guardia en las cuatro horas que ha durado el viaje desde Madrid. Ni una cabezada a pesar del cansancio.

En el vagón, estábamos sentados a derecha e izquierda, en filas alternas, cada uno pegado a una ventana. Todos con mascarilla y socialmente distanciados, mientras por los cristales se colaban imágenes de campos verdes, resplandecientes, salpicados de flores rojas, amarillas, moradas o blancas. Es primavera aquí. Nos asignaron los asientos en la misma estación de Atocha. Una mujer joven, con el pelo castaño recogido en un moño, escaneaba los billetes en el control previo al acceso a las vías. Un hombre bajito, de pelo blanco y barriga prominente situado junto a ella, cantaba acto seguido con voz firme, como en un sorteo de la lotería, tu vagón y tu número de asiento. Después lo registraba en un papel. Renfe anuncia que ha tomado medidas especiales de limpieza y desinfección. No hay servicio de cafetería. Ningún empleado pasa ofreciendo auriculares durante el viaje.

Cuando el tren se detiene en la estación de Cádiz, final de trayecto, somos pocos los viajeros que quedamos a bordo. La mayoría se han ido apeando en las paradas anteriores: Jerez de la Frontera, Puerto de Santa María, San Fernando-Bahía Sur. Recojo mi equipaje y desciendo al andén. Apenas otras tres o cuatro personas se dirigen como yo hacia la salida. Camino sin prisa, tirando de la maleta de ruedas. Al abandonar el edificio, última de los pasajeros recién llegados, me golpea la luz excesiva, ligeramente brumosa, de las primeras horas de la tarde de este dieciocho de abril. Hace calor. Me detengo para buscar las gafas de sol y, una vez ajustadas, contemplo el panorama que se ofrece a mis ojos, como buscando indicios de hasta dónde ha llegado la debacle durante el tiempo que he estado ausente. No hay taxis esperando fuera, como otras veces, y el parking de la estación, esa gran explanada al aire libre, está más vacío de lo habitual. En el techo de un Renault Clío de color blanco se ha posado una gaviota fea, de plumas grises y erizadas. Es el único ser vivo en los alrededores. Gira hacia mí la cara, y parpadea como si también a ella le molestara el sol. Un viento suave, que hace temblar sus plumas desgreñadas, me revuelve el pelo al mismo tiempo, como en un acto de hermanamiento entre especies. Durante unos segundos, un olor familiar a algas y a salitre me arranca una sonrisa imperceptible.

Christchurch (Nueva Zelanda).                                                                          Foto: Elena López Torres.

Enfilo hacia la Cuesta de las Calesas. Quiero recorrer a pie el camino hasta mi casa, sentirme respirar, notar la sangre circulando por mi cuerpo, saber que son mis piernas, solo ellas, las que ahora cubrirán el tramo último de este largo viaje. Me detengo cerca del semáforo frente al Palacio de Congresos, a la sombra de uno de los árboles que se alzan a este lado de la calle. Dos autobuses urbanos, casi vacíos, se cruzan en sentidos opuestos. Apenas hay tráfico, y su ausencia suscita un silencio extraño. Por la acera de enfrente desciende un hombre con una bolsa de la compra. Me mira con aire furtivo, acaso la bolsa sea una excusa para saltarse el confinamiento. No se ve a nadie más. Qué contraste —pienso— con el Cádiz que dejé a primeros de marzo. Entonces era una ciudad alegre, entregada al bullicio de sus carnavales. Y es ésa una de las últimas imágenes que guardo de ella: un río de hombres, mujeres y niños de todas las edades, disfrazados o no, descendiendo por esta misma cuesta camino de las calles y plazas del centro, igualmente abarrotadas por una multitud en busca de la risa compartida. Nadie imaginaba lo que estaba por venir.

Mientras continúo mi camino, aprovecho la regularidad del asfalto para evitar el traqueteo de la maleta en las aceras. Al fin y al cabo, ¿a quién molesto invadiendo la calzada, si no circulan coches? A derecha e izquierda se alinean plazas de aparcamiento libres. Las ramas de los árboles, desnudas en marzo, se han cubierto de hojas. La vida renace. Aunque los seres humanos nos extingamos, aunque un meteorito venido del espacio o nuestra propia estupidez nos maten, la naturaleza seguirá su curso sin nosotros. No sé si ese pensamiento entristece o consuela. El canto de los pájaros resuena alegre en el silencio de la calle desierta, roto apenas por el sonido de mis pasos y el de la maleta que arrastro. Hay muchas primaveras en el mundo. La nuestra es sencilla y humilde, una primavera de tamaño humano, que invita a la fiesta, a la risa y al baile. ¿En qué punto estaremos cuando llegue la próxima? ¿Habremos superado esta pandemia? ¿Qué habrá cambiado, qué seguirá lo mismo?

Los aviones alcanzan velocidades increíbles. Hace sólo tres días estaba en Nueva Zelanda. Parece que hubiera pasado mucho tiempo, y a la vez aún sigo un poco allí. No conozco su primavera, pero puedo imaginarla en sus paisajes, porque en esas islas la naturaleza se desborda. Hay árboles enormes, fastuosos, de alturas infinitas, de troncos gruesos que no abarcarían tres personas en círculo con los brazos abiertos. Ahora es otoño. Puedes tirarte horas admirando las hojas de los árboles, esa maravillosa sinfonía de dorados intensos, y amarillos y ocres, marrones y naranjas, y todos los matices del rojo. Cuando el viento agita las ramas, las hojas caen al suelo como en una lluvia de colores.

Christchurch (Nueva Zelanda).                                                                         Foto: Elena López Torres.

También hay confinamiento en Nueva Zelanda, aunque posiblemente el suyo durará menos que el nuestro. Tienen pocos infectados, muy pocos muertos, y parece que lo están controlando bien. A M., mi compañera de viaje, y a mí, la orden del gobierno nos sorprendió en Christchurch. Allí nos quedamos atascadas. Mientras el virus y el pánico se propagaban por el mundo como un incendio incontrolado, los países cerraban fronteras y las aerolíneas cancelaban sus vuelos. No habíamos podido irnos cuando decretaron el lockdown. Christchurch. Una ciudad vacía, despoblada, como Cádiz ahora. Un mes esperando volver. Podíamos salir a pasear, eso sí. Una hora al día, sin franja horaria, solo o en compañía de aquellos con los que convives, decía la norma. En grupos pequeños, sin moverte de tu localidad, sin alejarte mucho de tu casa. Y la gente es amable, sonríe y saluda cuando se cruza contigo, y te da las gracias si te apartas para respetar la distancia de dos metros. Las hojas secas se acumulan en las calles. El viento las levanta a veces en remolinos ruidosos. En el inmenso Hagley Park, o a lo largo del paseo junto al río Avon que conduce al viejo cementerio, alfombran la hierba y crujen a tu paso, igual que los millares de castañas y bellotas caídas bajo las copas inmensas de algunos árboles. Nadie se molesta en recogerlas. Cada día comparamos las temperaturas de Christchurch y de Cádiz, y siempre nos sorprende: “Qué curioso, hoy también son las mismas, más o menos”. Pero sales y el aire huele diferente.

Todo eso ya pasó. Ahora camino por un paisaje urbano, solitario tal vez, pero plagado de vivencias cuyo recuerdo me transmite calma. En esta esquina solíamos pararnos a charlar L. y yo cuando volvíamos juntas en el autobús, antes de dirigirnos cada una a su casa. En esa calle vive C., la dentista especializada en niños que atendió a mi hija cuando era pequeña. Aquí, el local de la asociación de vecinos, con su pequeña ventana por la que se filtraba la música de una agrupación de carnaval en pleno ensayo. Más abajo está la casa de B., del grupo de pilates. “Voy a adoptar un perro”, me anunció un día. “Tengo el síndrome del nido vacío”. Y a la izquierda, la tienda de informática de D. y V. Me caen bien esa pareja; seguro que a ella se le nota ya el embarazo.

Este reencuentro con tiendas, fachadas, rincones cargados de historias cotidianas cuyo significado emocional solo yo comprendo, me acompaña hasta que llego al edificio donde vivo. Suelto la maleta y apoyo la llave de plástico en el lector, situado junto a la puerta corredera de cristal. Accedo al interior, que es agradable y fresco. Me esperan catorce días de estricta cuarentena autoimpuesta hasta saber si me he contagiado durante el viaje. Dos semanas enteras para descansar. Suena bien.

No hay nadie en el portal. Subo en el ascensor, llego a mi planta, recorro el pasillo silencioso. Dos vueltas de la llave. Al fin estoy en casa.

 

 

Elena López Torres

Autor/a: Elena López Torres

Elena López Torres es Doctora en Filología Inglesa. Ha sido profesora titular de la Universidad de Cádiz durante más de dos décadas. Ha publicado diversos libros para la docencia, y artículos de tipo académico en revistas nacionales e internacionales. En el campo de la creación literaria, es autora de 'El mueble oscuro y otros relatos' (Renacimiento, 2011), y de la novela 'El yacimiento' (en prensa).

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3 Comentarios

  1. Qué de emociones transmite, que de imágenes… Me ha encantado. Sabes que eres mi escritora favorita

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  2. María Jesús Ruiz

    Bienvenida. Espero que te encuentres un país un poco mejor que el que dejaste

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    • Elena López Torres

      Gracias, María Jesús. De momento me temo que no está mejor, no, y que aún le queda. Ojalá me equivoque.

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