Volver a ver ‘Qué bello es vivir’

Seguramente algún canal de televisión repondrá o habrá repuesto ya, como es costumbre por estas fechas, Qué bello es vivir (It’s a Wonderful Life, 1946) de Frank Capra. Y merecerá la pena asomarse a esta vieja película que quizá hace unos años todo el mundo había visto más de una vez, pero que ahora, en el proceso general de desmemoria al que estamos siendo sometidos, es posible que se haya convertido de nuevo en una joya por descubrir para muchos, especialmente los más jóvenes, o todos aquellos que, acostumbrados a la moderna pirotecnia visual que se prodiga en tantos medios, simplemente han perdido el hábito de ver cine en blanco y negro.

Una escena de la famosa película de Capra.

Hay que decir, a favor de estos últimos, que ese prurito de exigencia de la más alta calidad visual ha animado también a las distribuidoras a ofrecer a los espectadores las versiones más depuradas posibles de esos viejos clásicos, lo que supone, no solo restaurar la calidad visual de los negativos originales, sino también reincorporar a los mismos las escenas que hubieran podido perderse por diversas razones en los distintos formatos en los que la película en cuestión ha sido difundida a lo largo de su andadura. Es justo lo que ha ocurrido con Qué bello es vivir. La última reedición de este clásico en alta definición de la que tengo noticia es de noviembre de 2018 y anuncia importantes mejoras en la calidad de la imagen. Pero lo más curioso de estas nuevas ediciones es que nos han hecho descubrir una película un tanto distinta de la que conocíamos, al reincorporar escenas que las versiones más difundidas hasta hace poco más de un lustro omitían sin más, en algún caso para acortar la duración total, pero también para suavizar algunos de los aspectos menos complacientes de este clásico en el que algunos se empeñan en ver una mera sucesión de tópicos biempensantes, aptos para endulzar las sobremesas navideñas, cuando lo cierto es que se trata de un durísimo alegato contra los aspectos más desabridos del capitalismo norteamericano, a la vez que una sorprendente indagación en las aspiraciones y frustraciones de todo tipo –también sexuales– del ciudadano medio, según éstas se encarnan en la biografía de su protagonista, el asendereado George Bailey (James Stewart), heredero de una modesta empresa de empréstitos que sufre el acoso del cacique capitalista del lugar, el millonario Potter (Lionel Barrymore). La línea argumental es bien conocida: en un momento de crisis en su irregular trayectoria empresarial, justificada por el apoyo que la mencionada financiera presta a los ciudadanos más modestos, Bailey reniega de su vida e incluso parece sentir el impulso de suicidarse; pero la intervención de un pintoresco agente sobrenatural, el ángel Clarence, lo forzará a reconsiderar su vida y a constatar la sutil interrelación existente entre todas las existencias, de modo que ninguna es absolutamente inútil.

Frank Capra y James Stewart en el rodaje de ‘Que bello es vivir’.

Naturalmente, lo que hemos enunciado de modo tan somero se concreta en una complejísima trama en la que Capra desarrolla a fondo las diversas ambigüedades aparejadas a la situación personal de sus protagonistas. Bailey es el héroe típico de los dramas de Capra: el ciudadano medio que, con su tesón y honradez, es capaz de desenmascarar la tendencia natural del sistema a dejarse dominar por los poderosos en detrimento del bienestar y la felicidad de la mayoría. Capra era un optimista nato: creía sinceramente que los aspectos más brutales del capitalismo monopolista podían ser contrarrestados por ese celo individual en la defensa de los derechos del ciudadano común. Pero, como demuestra Qué bello es vivir, no se llamaba a engaño respecto al precio que ese esfuerzo podía tener sobre la existencia concreta del individuo llamado a dedicar su tiempo y energías a ese empeño de resistencia. En el caso que nos ocupa, Bailey tendrá que renunciar a su inclinación aventurera, a su afán de conocer mundo e incluso a su despreocupada soltería, para entregarse a las preocupaciones aparejadas a su ruinoso negocio, adaptarse a las rutinas del matrimonio y asumir la obligación de procurar el sustento, no sólo a su núcleo familiar, sino a toda una caterva de pintorescas nulidades –véase el personaje de “tío Billy” (Thomas Mitchell), incompetente, olvidadizo y borrachín– que viven de su empresa. No es de extrañar que, llegado el momento de crisis, el problema económico que la ha provocado resulte incluso secundario, al lado de la sensación que el protagonista experimenta de que toda su vida ha sido una continuada renuncia a sus deseos e inclinaciones en nombre de un mal entendido sentido del deber.

Todo esto, que ya estaba meridianamente claro en la versión habitual de la película emitida por las televisiones en navidad y difundida durante lustros en multitud de ediciones baratas en los formatos VHS y DVD, queda si acaso sutilmente reforzado por las escenas incorporadas en las nuevas versiones restauradas que vienen sucediéndose desde 2012. Merece la pena, por ello, examinar esas escenas con detenimiento.

Gloria Grahame en su personaje de Violet.

La primera es, sencillamente, asombrosa. Se ubica justo después de la fiesta en la que los Bailey celebran la llegada del hermano menor recién casado, y en la que George no puede ocultar su contrariedad al constatar que esa boda y el hecho de que su hermano haya aceptado un empleo en el negocio de su suegro hace recaer sobre sus espaldas el peso de mantener en funcionamiento la vieja empresa familiar de empréstitos. Mientras el contrariado protagonista fuma un cigarrillo en el jardín, al margen del jolgorio familiar y después de haber mandado a casa a tío Billy, que lleva encima una respetable cogorza, la madre, que ha adivinado el estado de ánimo de su hijo, sale a consolarlo y le sugiere que vaya a ver a su antigua novia, Mary, que ha vuelto a la ciudad tras terminar sus estudios. George no parece muy entusiasmado por la idea: de hecho, su reacción a la sugerencia de su madre es… tomar el camino contrario, que lo conduce al centro de la ciudad y a encontrarse con Violet Bicks (Gloria Grahame), una chica que coqueteaba con él desde la infancia y que ahora se ha convertido en una atractiva mujer que quizá está dando algunos malos pasos en la vida. De hecho, cuando George le sale al paso la vemos en compañía de dos juerguistas que se las prometen muy felices ante lo que parece una conquista fácil, y a quienes la muchacha despacha –”pero no os vayáis muy lejos”, les dice– en cuanto reconoce al viejo amigo. George, que quizá ha bebido tanto como su viejo tío, le propone ir a nadar y a pasear “descalzos sobre la hierba”; pero la propuesta, hecha a voces destempladas en medio de un corro de divertidos curiosos, es rechazada por la chica entre las risas de los concurrentes. Chafado, George se resigna a encaminar sus pasos hacia la casa de la antigua novia, donde tiene lugar la renuente petición de mano que sella su destino.

La escena es importante porque confirma la sospecha de que entre la “descarriada” Violet y George ha existido una palpable atracción nunca reconocida y no sabemos si abocada a algún fin, pero que da sentido a un par de detalles posteriores: por ejemplo, el que más adelante George reciba a la chica en su despacho y le preste el dinero que necesita para abandonar Bedford Falls, donde es objeto de escándalo, y reiniciar su vida en otra ciudad, lo que Violet le agradece con un beso que deja una comprometedora huella de carmín en las mejillas de su benefactor y dará pábulo al infundio que más adelante correrá sobre el presunto mal uso que George hace de los fondos de su empresa. En una escena ulterior, en el transcurso de la visión por la que el “ángel” Clarence muestra a George cómo habría sido la vida en Bedford Falls si él no hubiera nacido e intervenido decisivamente en las vidas de sus vecinos, veremos a Violet convertida ya en una prostituta ínfima a la que ni siquiera dejan entrar en los cabarets. De nuevo, George sale en su defensa, lo que lo pondrá en el punto de mira de la policía. Toda una historia de mutua atracción contada en tres episodios, de las que las versiones de la película que conocíamos nos habían hurtado el primero y más elocuente.

Henry Travers encarna al ángel Clarence en ‘Qué bello es vivir’.

La otra escena inédita no es menos reveladora. Meses después de haber conseguido salvar su compañía del pánico financiero que ha permitido a Potter, el malvado capitalista de Bedford Falls, hacerse con las empresas de todos sus competidores, vemos a George conduciendo a uno de sus clientes, un humilde taxista, a su nueva casa en una flamante urbanización construida gracias al empeño de la financiera Bailey’s. Es la única vez en la película en la que podemos ver el resultado concreto de la actividad de la empresa a la que George y su familia han dedicado tantos esfuerzos. Y es también una magnífica ocasión para que Capra muestre la condición menesterosa de los beneficiarios de los créditos de la mencionada empresa: en este caso, una humildísima familia cuyas posesiones –incluida una cabra– caben en el maletero del viejo coche de George. Meses antes, Potter había aducido el caso de este taxista como ejemplo de la clase de cliente insolvente a quienes la financiera Bailey’s solía conceder créditos. Y cuando vemos, un poco más tarde, lo que habría sido de éste y de otros trabajadores pobres de Bedford Falls si George no hubiera estado allí para ayudarles, sabremos que, sin ese oportuno apoyo financiero, el taxista en cuestión habría vivido toda su vida como inquilino de Potter en una vivienda miserable y que su mujer, incapaz de soportar esa vida, lo habría abandonado.

Son solo dos breves escenas, pero aportan novedad y sensación de redescubrimiento a un viejo clásico. Cabe decir, sin embargo, que la complejidad de esta frecuentemente mal entendida película de Frank Capra es tal que no necesita de la reincorporación de tales o cuales secuencias perdidas para que el espectador la vea con ojos nuevos: incluso en las versiones anteriores, cada nuevo visionado permitía descubrir un matiz que hasta entonces nos había pasado desapercibido. En eso consiste la grandeza, la inagotable complejidad, que caracteriza a los clásicos.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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1 Comentario

  1. Juan Pablo Maldonado García

    Gracias, José Manuel. Efectivamente QUÉ BELLO ES VIVIR es una auténtica maravilla con mucho trasfondo social, económico, psicológico, filosófico, histórico, vital, sexual… y que emociona la décima vez que se disfruta igual que la primera. Siempre me han dado pena los que la consideran edulcorada y blanda (¡que ignorancia!) o meapilas (¡que despiste!) pues los santos y angelotes católicos son una mera excusa para adentrarse en las turbadoras emociones, ligadas a todas esas cuestiones espirituales y filosóficas… como son la inescrutable red de conexiones de la vida, del universo y del destino.

    Además, los actores están geniales y hacen que el sutil, delicado e inteligente guión cobre vida pleno de emoción. Una de mis diez películas favoritas de todos los tiempos.

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