Una poética de redención y resistencia

Hable la luz. José Luis Zerón Huguet. Olé Libros. Valencia, 2024. 102 pp.

Tras Intemperie, que era un modo de reactivar su primer libro Solumbre (1993), José Luis Zerón Huguet vuelve a entregarnos una obra pergeñada en tiempos de pandemia, con esa atmósfera de muerte y oscuridad más típica del Medievo, que revivimos a comienzos de la segunda década. En la cita inicial, perteneciente a Pureza Canelo, se puede apreciar el título seleccionado por Zerón Huguet: “Hable la luz y hable al aire, por ti, por mí”.

Como su paisano Miguel Hernández, Zerón Huguet encuentra en la naturaleza un reflejo de su visión del mundo: un entorno donde la vida y la muerte conviven en un ciclo ritual e inevitable. En sus poemas, la naturaleza reclama lo suyo, y el poeta observa, sin intervenir, como un dios distante. Esta visión teñida de apocalipsis y simbolismo bíblico estructura la primera parte de su libro Hable la luz, titulada “Apolión”, marcada por el uso del versículo y un tono de revelación. En muchos de los dieciocho primeros poemas, la fluidez del texto se acrecienta gracias al empleo de las estructuras repetidas.

El tono elegíaco y agónico de “Apolión” refleja una conciencia herida, que se rebela ante el sufrimiento y la incertidumbre, y siempre la muerte acechando. La voz poética interpela a una instancia superior con preguntas que evocan tanto la desesperanza como el deseo de redención. La luz no es presencia, sino anhelo, como una promesa inalcanzable que se busca en medio de la penumbra. En “Canto de la vida breve”, el poeta expresa su anhelo de transformar el dolor en dignidad, de hacer del deseo una llama viva. Pero es una llama que apenas sobrevive entre ruinas, como en “Acto de fe”, donde el paisaje seguro del pasado se ha convertido en terreno incierto. El poeta se refugia en la palabra para encontrar alivio, para darle una dimensión poética al dolor.

La escritura misma es confesión de miedo y oscuridad, signada por una interioridad que dialoga con el lamento bíblico: “Esperamos la luz, y he ahí las tinieblas”. El poemario, como señala en el prólogo Natalia Carbajosa, suena a súplica, a plegaria formulada desde el abismo de la incertidumbre, especialmente visible en los textos que remiten a la pandemia, donde el temor cotidiano se vuelve materia poética. En “Introito” se revela un sujeto herido por la fragilidad: “Compongo una plegaría bravía contra tu abrazo / de odios antiguos, saqueador de la inconciencia, / ángel roto, ángel del abismo”; más adelante, la confesión no hace desviar que el contenido trascienda: “Olvidamos que somos cuerpo de tu cuerpo, / naturaleza salvaje de la abundancia / en los caminos rasguñados de la herida”. / Tu luz, tu excremento y tu sangre somos”. La incertidumbre genera numerosos interrogantes en otro magnífico poema, “Tiempo oscuro”: “¿En qué debemos creer / si murió la verdad? / ¿Si no podemos soñarnos, / podremos al menos / velar el sueño perdido?”.

Se disfruta mucho con la lectura de este libro, tanto en versos recogidos como en los extendidos, con los que Zerón se muestra hondo, reflexivo, humano. Lo vemos en “La hora de la culebra”, en cuyo cierre nos plegamos: “la oración de quien quiere / creer bajo las bóvedas de un mundo / que se desmorona dócilmente, / la plegaria de quien / no es capaz de encontrar respuestas / que cieguen los ojos de la derrota».

Sin embargo el atisbo de un rayo de esperanza y resistencia, a pesar de que alrededor todo se derrumbe está presente en “Ahora, el instante I”: “Todavía aguardamos / la repetición de lo nuevo, / la dicha de volver a abrir los ojos / y saber que aún podemos mirar / la vida con deseo pese a tanto / que se nos muere”.

En el más discursivo, “Ojos que no claudican” el verso corto crea dinamismo junto al uso de los encabalgamientos y el estilo nominal, evocador, con elementos antitéticos: “Mundo y muerte abrazados, / vuelo y caída, / caída y vuelo”. Es ahí donde el poeta afirma: “Escribo tan oscuro, / tan adentro, / tan al cabo del miedo”.

En este sentido, resuena la afirmación de Paul Celan: “La poesía es un gesto hacia lo otro, hacia lo ausente”, y también la de María Zambrano: “Toda poesía verdadera se escribe al borde de un abismo”. El poeta de Orihuela escribe desde ese borde, con una lucidez herida que busca la luz entre sombras.

La segunda parte, “Xenía”, introduce la idea de la hospitalidad y se abre a la esperanza, aunque de forma tenue, como claros en la tormenta. Aparecen temas amorosos, reflexiones sobre el tiempo y la decadencia física, manteniendo un tono elegíaco y una búsqueda constante de sentido. La fuerza de la palabra se diluye en la memoria, como un eco perdido.

En “La mirada del otro” el diálogo se hace un hueco para evitar el daño, como fórmula de amparo y refugio posible: “Solo hay que estar abierto, y desplegarse y fundirse / en el secreto / del otro”. Los versos de este apartado pueden enmarcarse en la otredad, porque es la lucha posible, estar unidos. Al poeta no le hace falta otro sentido que la vista: “Te entrego lo que soy en una / sola mirada”. Los recursos desplegados en “Acto de fe” suponen un acto de belleza al que algunos lectores podrán poner reparos, sin embargo en una segunda lectura el posible candado nos abre las puertas de la auténtica poesía, porque Zerón Hunguet no emplea la palabra con usos referenciales. El arte poético se viste así para arroparnos.

El poder de resistir a lo Blas de Otero se encuentra en “Contra la costumbre”, que se cierra con un dístico sentencioso: “No olvido que hay temor / en cada bocanada de esperanza”. La importancia de la mirada y la capacidad del lenguaje están presentes en otro poema extraordinario “Ad ovo”: “Tenemos el poder de nombrar el mundo que nace / y muere con violencia, / pues el universo no sabe / que sabe, y durante / miles de millones de años creció / buscando la mirada”.

Y esa sinestesia tan sensitiva “ojo que escucha” como forma de recomenzar el mundo puede verse, por ejemplo, en “Alianza”: “Es luz todo cuanto germina / y muda y ciega / / tu pesadumbre. // Escucha con tu pupila en vilo, // Aquí estoy, / estoy aquí contigo”. La creencia del sujeto que el mundo volverá a estar es expresada en “El mundo en mi habitación”: “yo abarco el mundo ofrecido como / maravilla ajena / al dolor y la incertidumbre”.

Zerón Huguet logra en este poemario una plena madurez creativa, con una poética de raíz metafísica que dialoga con la tradición literaria clásica, y una voz propia que actualiza referentes míticos y religiosos. Con Hable la luz su obra se consolida como una de las más originales del panorama contemporáneo.

Autor

  • Jesús Cárdenas Sánchez

    Jesús Cárdenas es licenciado en Filología Hispánica, Programa de Doctorado de Ciencias del Espectáculo (Universidad de Sevilla) y Máster en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo (UNED). Es autor de los libros de poemas: ‘La luz de entre los cipreses’ (2012), ‘Mudanzas de lo azul’ (2013), ‘Después de la música’ (2014), ‘Sucesión de lunas’ (2015), ‘Los refugios que olvidamos’ (2016), ‘Raíz olvido’ (2017) y ‘Los falsos días’ (2019). Varios de sus textos se han traducido al inglés, francés, portugués e italiano. Como crítico literario y periodista cultural colabora con diferentes revistas literarias.

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