De nuevo, el azar activa una referencia que tenía almacenada en la cabeza desde hacía años y me lleva a celebrar el encuentro con un libro que, en principio, no formaba parte de ninguna lista de prioridades ni intenciones de lectura. Eso sí: todo lo concerniente al periodista y memorialista catalán Agustí Calvet (1887-1964), más conocido por su pseudónimo “Gaziel”, estaba unido en mis archivos mentales a un autor al que sí he leído largamente y con inmenso placer: su amigo y corresponsal Josep Pla; y otras lecturas me lo habían puesto en relación con toda una constelación de periodistas europeos que ejercieron su labor principalmente hasta los albores de la II Guerra Mundial y han dejado un legado literario que trasciende en gran medida su mera ejecutoria profesional: me refiero a nuestro Chaves Nogales, al francés Xavier de Hauteclocque o al ruso Iliá Ehrenburg, entre otros, que supieron elevar la crónica periodística a la categoría de la mejor literatura y convertir su visión de la actualidad de su tiempo en valiosísimos testimonios de primera mano que siguen vivos precisamente por estar sustentados en un estilo literario que nos sigue resultando atractivo y cercano.
Lo antedicho, en fin, se activó en mi cabeza en el momento en el que vi, en una modesta librería de saldo del barrio de Sant Andreu, en Barcelona, los dos tomos de Tots el camins duen a Roma (“Todos los caminos llevan a Roma”), las memorias de Gaziel, en la benemérita edición de bolsillo de Edicions 62. Recuerdo que el dependiente me miró con cierta incredulidad, quizá pensando que me había equivocado en mi elección. “Está en catalán”, me aclaró, como si no fuera evidente. “Ja ho sé”, respondí, con la mejor de mis sonrisas. Y añadí, chapurreando de mala manera la lengua del principado, que entiendo bien el catalán leído. Me faltó añadir, como hizo una vez cierto político aún más desvergonzado que yo, que también lo hablo… en la intimidad.
He tardado aproximadamente mes y medio en leer estas casi seiscientas páginas: no tanto por la dificultad de hacerlo en una lengua de la que tengo el precario conocimiento que he mencionado, como por el afán de no ir con prisas, de releer los párrafos de mayor enjundia, de disfrutar de la cualidad principal de esta prosa, que es su prurito de confidencialidad. Gaziel escribió estas memorias, que publicó en 1958, en el último tramo de su vida. En ellas cuenta que un accidente de la Historia, el estallido de la I Guerra Mundial, lo llevó al periodismo, después de largos años de indecisa pero laboriosa formación intelectual en los ámbitos de la Filología y la Filosofía; y anticipa, aunque esos hechos se salen ya del marco temporal de este libro, que otro hecho histórico igualmente aciago, la guerra civil española, lo expulsó del ámbito del periodismo activo y lo llevó a dedicarse, tras su regreso a España en 1940, a labores de edición y a la escritura memorialística.
Es precisamente el carácter “accidental” de esos hitos lo que Gaziel parece querer destacar ya desde el prólogo de sus memorias. Pero hay que recordar que los prólogos suelen escribirse después de las obras que acompañan, y que normalmente falsean un tanto las circunstancias de su escritura para acomodarlas al resultado logrado. En el que nos ocupa, Gaziel señala que, al cumplir sus setenta años, y mientras paseaba por la playa de Sant Felíu de Guíxols, su pueblo natal, le dio por pensar en los muchos amigos y conocidos que ya habían muerto y en la medida en la que estas personas habían cumplido el destino para el que parecían señaladas. Que esto ocurra o no, concluye el memorialista, no depende de uno, sino de la suerte, que se impone a cualesquiera otros factores que parezcan determinantes; y cabía plantearse una reflexión sobre ese hecho, quizá usando como referente la biografía de alguien famoso; pero –concluye Gaziel con una finta más que previsible–, ¿qué vida conoce uno mejor que la propia? ¿Por qué no, entonces, basarse en la propia biografía para fundamentar esa reflexión sobre azar y destino?
Cabe pensar, si damos crédito a ese razonamiento, que lo que Gaziel se proponía era una especie de demostración filosófica de esa tesis. Pero el caso es que la cruda mecánica de ese presunto azar decisivo sólo se manifiesta como tal en las páginas finales de su libro, las que cuentan cómo el desnortado estudiante que fue el joven Agustí Calvet, que en 1914 ampliaba estudios en París de cara a una posible carrera académica en España, se vio súbitamente apartado de ese camino al recibir del periódico La Vanguardia una propuesta en firme de publicar sus impresiones de primera mano sobre la Francia en guerra, y que ello le llevó al periodismo profesional y eventualmente a la dirección de ese periódico, que ejerció hasta 1936. Era el azar, sí, pero en todo caso un azar bien enraizado en las circunstancias de su tiempo y en la propia trayectoria personal, que es lo que merecía la pena contar. Si lo que el memorialista intentaba era atar su libro, ya concluido, bajo la doble lazada de un própósito enunciado y luego cumplido –quod erat demonstrandum–, el curso de la escritura determinó otro resultado: lo valioso, lo verdaderamente interesante, no era esa premisa previa y la conclusión que de ella se derivaba, sino lo que había en medio.
Desconozco la prehistoria textual de estas memorias, y sobre todo en qué medida aprovechan esbozos o textos previos que Gaziel hubiese ido escribiendo antes de concebir el conjunto en el que se integran; por tanto, cualquier opinión que yo pudiera formular al respecto carecería de rigor. Pero sí está claro, cuando uno se adentra en este libro, que su autor no ha querido tanto ofrecer un relato lineal como delimitar, a la manera de un pintor que mancha un lienzo, unos cuanto focos de interés, dentro de los cuales desarrollar historias muy concretas que atañen a su educación sentimental e intelectual, así como dar curso libre a las reflexiones que esas historias inspiran al septuagenario en trance de revivirlas: una vivísima narración de episodios de juventud en la que se entrevera el no menos vivísimo y un tanto melancólico dietario de un hombre de setenta años.
Resumir ese relato equivaldría, me temo, a redactar una especie de nota para Wikipedia; y lo cierto es que las biografías breves de Calvet que uno encuentra en internet parecen una mera recensión escolar de estas memorias, empezando por la llegada de su familia a Barcelona para llevar allí una vida de rentistas, cuando la ciudad apenas acababa de desprenderse de sus murallas y se abría a una expansión que, en los años de la infancia de nuestro memorialista, todavía era una mera expectativa de solares por edificar y nuevos barrios que aún no habían definido su personalidad o su tono social: piensa uno, a esas alturas del relato, en el Nueva York de La edad de la inocencia, por ejemplo, tal como lo describe Edith Wharton o lo traslada a imágenes la adaptación cinematográfica que Martin Scorsese hizo de esa novela. En esa Barcelona por hacer, pero ya esbozada, tiene lugar la educación del joven Calvet, primero en un internado regentado por jesuitas y luego en un colegio externo a cargo de esa misma orden, de la que Calvet no ofrece una imagen tan acre como la que plasmaría Pérez de Ayala en su polémica novela A.M.D.G., aunque tampoco deja dudas sobre los serios reparos que le merece esa etapa de su educación. En esa coyuntura Calvet se ve a sí mismo como un problema al que sus padres no terminan de encontrar solución. ¿Qué será de ese niño hipersensible al que no parecen interesarle los negocios ni el logro de una posición social preestablecida, como podría ser la aparejada, por ejemplo, a una futura licenciatura en Derecho?
La segunda crisis notable, después del abandono del internado, es la que lleva al jovenzuelo Calvet a escapar a París antes de terminar sus estudios de leyes. A partir de ahí, la capital francesa empieza a jugar un papel decisivo en la vida del joven, hasta el punto de que podría decirse que las idas y venidas a París constituyen la trama que articula sus primeros pasos en la vida adulta. En una segunda escapada a París, esta vez impulsada por el propósito paterno de evitar que lo llamaran a filas durante la guerra de Marruecos, vive una intensa historia de amor que literariamente permite al memorialista ensayar, un tanto a regañadientes, un tono más introspectivo y abierto a la expansión sentimental; lo que quizá influye en que, en el siguiente capítulo, encuentre por fin la ocasión de presentar a su padre, a quien hasta entonces había retratado como una especie de burgués cínico dado a la extravagancia y la misantropía, como un verdadero sociópata, posiblemente aquejado de una enfermedad mental no diagnosticada, que le llevó a terminar sus días en la más absoluta incuria y soledad. Puestas las cartas boca arriba, el memorialista no se recata ya de exponer su desorientación juvenil –relativa, porque no deja de moverse en un medio social donde las conexiones personales con las que contaba ayudan mucho–, su falta de referentes familiares y su intento de construirse una personalidad que no deba nada a la denostada figura paterna: el propio hecho de escribir bajo pseudónimo queda explicado por ese prurito de no querer hacer uso siquiera del apellido heredado.
Estas confidencias, por supuesto, serían meramente anecdóticas si no adquirieran sentido en relación a un contexto social e histórico admirablemente descrito. Más allá de su talante escéptico y conservador, Calvet no puede evitar señalar con precisión que los males sociales de su tiempo son el resultado de un fracaso colectivo. Cuando habla de la Semana Trágica, por ejemplo, en la que la protesta popular contra la guerra de Marruecos alcanza su máxima y más violenta expresión, Calvet no menciona la reacción del otro bando, el pistolerismo impulsado por la patronal; pero tampoco carga la mano contra los anarquistas, en quienes no ve sino a desesperados que no tienen otro medio de encauzar sus reivindicaciones. Igualmente se muestra distante respecto al catalanismo de su tiempo: aunque declara su admiración hacia Prat de la Riba, que le ofrece una primera colaboración periodística en La Veu de Catalunya, también declara su decepción ante las derivas maniobreras del nacionalismo catalán en relación, por ejemplo, a la I Guerra Mundial, en la que el mencionado periódico se declaró germanófilo, lo que también contribuyó a que el periodista en ciernes aceptara el ofrecimiento de La Vanguardia. Esa misma implacable objetividad, en absoluto incompatible con la admiración y el respeto, impregna también los retratos que hace de personajes como Giner de los Ríos, cuyos horizontes filosóficos le parecen limitados, el catedrático Adolfo Bonilla San Martín o el escritor Eugenio Ors –que todavía, cuando lo conoce el autor, no hacía preceder su apellido del aristocrático “de (d’)”–. También se puede apreciar, para quien sepa leer entre líneas, las reticencias del memorialista hacia el franquismo, que le ha inhabilitado como periodista y es parte activa en la postergación de la lengua catalana en los años en los que redacta estas memorias, entre 1957 y 1958.
Quiero decir, con lo que precede, que estas memorias, escritas por un conservador distanciado, dejan en el lector la impresión de que van más allá de cualquier determinación ideológica y aspiran a una visión objetiva y clara de lo que en ellas se narra. En su vejez, Gaziel no quería engañarse, aunque quizá jugara un tanto a considerar su vida un producto del azar –¿qué vida no lo es?– y no la encarnación cabal de la de un hombre de su tiempo. De que lo fue no cabe la menor duda. De que supo contarlo, tampoco.



