Un viaje en autobús

De Jerez de la Frontera a Benaocaz se tarda en coche algo menos de una hora, pero en el autobús, que va parando de pueblo en pueblo, se convierten en tres, y eso sólo hasta Ubrique, a cinco kilómetros del destino final. A todo ello hay que unir los veinte minutos que he tardado en llegar a Jerez en el tren de cercanías y casi una hora de espera en la estación de autobuses inmediata a la de ferrocarril: hubiera podido tomar el tren siguiente, que me hubiera dejado en la estación con un margen de diez minutos para el transbordo, más que suficientes si no fuera porque los retrasos en esa línea son habituales y es grande el riesgo de perder el autobús. Total: he salido de mi casa a las siete y cuarto de la mañana y llegado a mi destino poco antes de las dos. Apenas una hora menos de lo que tarda una combinación de trenes de larga distancia en llegar a Barcelona desde el mismo punto de partida.

Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Pero no me quejo. Viajar sin prisas es un privilegio y yo soy hoy un hombre al que no espera nadie en ningún sitio y que, en caso de verse perdido, no tendría más que darse la vuelta. No hay urgencias, no hay compromisos, no se da esa nefasta concatenación de acontecimientos por la cual perder un avión, pongo por caso, puede suponer, además de un contratiempo, un sinfín de problemas, incumplimientos y perjuicios propios y ajenos. Así lo he entendido desde el intervalo mismo de espera en la estación de autobuses. Ha llegado el que viene de El Ferrol y que, calculo, ha estado en la carretera toda la noche. En cierto modo, envidio a sus pasajeros, a los que ni siquiera les veo en la cara las muchas horas mal dormidas en un asiento. Jóvenes en su mayoría y supongo que sin recursos para procurarse un modo de viajar más cómodo y rápido. Pero lo primero compensa lo segundo: ser joven supone tener todo el tiempo por delante, así como una reserva de energías que un simple viaje de una noche no alcanza a agotar; lo que se tarda, en fin, en cruzar el océano en un vuelo intercontinental y amanecer en otro mundo bajo el efecto del jet lag, que se supera, dicen, en una siesta. Al lado de esa odisea, lo mío, pese a que he madrugado y estoy un tanto somnoliento, no es nada. Veo también a los pasajeros que esperan los dos autobuses que hacen el trayecto a Sevilla. Me esfuerzo por imaginar qué otros destinos se pueden alcanzar desde aquí. La escueta información que proporciona la pantalla horaria no basta: apenas cubre las llegadas y salidas inmediatas. Pero uno viaja ya con la imaginación; y si acabo de comprobar que hay una conexión directa en autobús con el extremo norte de la Península, más allá del cual sólo hay mar, qué impide pensar que haya otras de parecido o mayor alcance y que, si uno quisiera, no tendría más que echarse una mochila al hombro y lanzarse a la aventura.

Lo de la mochila, en fin, no lo digo por componer la figura del viajero en precario. Efectivamente, llevo una a mis espaldas, que contiene lo siguiente: un libro, una tablet, dos cargadores (para el teléfono y la tablet), unas gotas oculares para combatir la sequedad, un tubo de crema solar protectora, un pañuelo de cuello, una libreta apaisada, un atadillo con útiles de dibujo. En un bolso pequeño que cuelga de mi cuello llevo las gafas de sol, otra libreta de dibujo más pequeña y un estuche con rotuladores. En mi destino, creo recordar, tengo en reserva un par de mudas de ropa. Si mi viaje fuera más largo, esas dos mudas irían también en la mochila. No necesito más.

Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Ya subido en mi autobús, que ha llegado puntualmente, miro a las personas que viajan conmigo. Creo que soy el único varón y, si no el más joven –cosa difícil ya–, sí en la media de edad, sin que haya nadie que se aleje mucho de ella. Es la mía, la nuestra, una edad de servidumbre, se vive para atender a otros: a los hijos que no acaban de levantar cabeza, a los viejos que ya no se valen por sí mismos. Seguramente, me digo, estas mujeres viajan hoy en autobús por razones relacionadas con esa peculiar situación: quizá han pasado la noche en el hospital comarcal, velando a un enfermo, quizá han estado unos días en casa de un hijo o una hija, ayudándoles con los quehaceres domésticos y el cuidado de los niños. El conductor las conoce a todas, las saluda por sus nombres, como ellas lo saludan a él por el suyo, les hace las preguntas formularias suficientes para ponerse al día de las novedades que afectan a sus interloculoras. Soy discreto y procuro no prestar oído a estas conversaciones ajenas, pero no puedo evitar oír, por ejemplo, que el hijo de una de estas mujeres está haciendo no sé qué trabajo itinerante en Alemania, y que cada dos o tres noches duerme en una ciudad distinta. Al ver que la empresa necesitaba a más gente, ha tirado de familia y amigos y los ha llevado allí: al parecer, los de aquí gozan en Alemania de buena fama como trabajadores… Parece un relato oído medio siglo atrás, el que podrían contar muchas personas que hoy superan los ochenta años de edad y que en su día también trabajaron en Alemania y otros países de la Europa rica. Hoy España es teóricamente un país rico, pero ese hecho estadístico no parece haber calado en ciertas capas de la población o en ciertos lugares. Y me acuerdo de S., un hortelano al que conocimos hace cosa de veinte años en Zahara de la Sierra y que había vivido y trabajado en Múnich en los años en los que se construyeron allí los estadios e instalaciones destinados a las infaustas olimpiadas de 1972, que pasaron a la historia por la sangrienta acción terrrorista que el grupo llamado Septiembre Negro llevó a cabo en ese escenario. S. todavía era capaz de cruzar algunas frases en alemán con los turistas de esa nacionalidad que pasaban por el pueblo. Tenía una huerta muy bien cuidada, con cuyos productos obsequiaba generosamente a los veraneantes que, como nosotros, le daban conversación. La huerta tenía una casita que para él era innecesaria, porque vivía en el pueblo, así que un buen día decidió venderla a unos madrileños, bajo la condición de que él seguiría ocupándose de la huerta. Pero los nuevos dueños rescindieron pronto ese acuerdo: según le dijeron, el hortelano llegaba demasiado temprano y con su trajinar los despertaba. Aburrido y sin otra cosa que hacer que languidecer en la barra de un bar, a S. se le echaron encima los años y murió no mucho después.

Me distraigo pensando en estas viejas historias mientras el autobús va entrando en los distintos pueblos por los que transcurre su recorrido. En todos hay ahora estación de autobuses, supongo que construida con fondos comunitarios a finales de los ochenta o ya entrados los noventa; quiero decir que el autobús, el “coche de línea”, como todavía se le llama, no para ya en una plaza más o menos céntrica donde la gente espera a la intemperie, como sucedía hasta no hace mucho y todavía ocurre, creo, en algunos pueblos que no han tenido la fortuna de ser objetos de esa inversión pública. ¿Habrá ya estación de autobuses en Algodonales, por ejemplo? Aún recuerdo cierto amanecer de hace un cuarto de siglo. Veraneábamos en Bocaleones, un paraje cercano, y un amigo tenía que hacer una gestión en la capital y para ello debía tomar el autobús que salía del pueblo a primera hora de la mañana. Yo lo llevé en coche: nuestra sorpresa fue encontrar la plaza llena de gente que iban a despedir a los trabajadores de la construcción que, a esa hora, cuando todavía no había siquiera amanecido, tomaban unos autobuses expresamente fletados para llevarlos a sus tajos. La plaza era una feria. Había vendedores ambulantes de refrescos y bocadillos. No recuerdo si los bares de la plaza estaban abiertos, pero supongo que sí.

Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Ahora las estaciones de autobuses cuentan con su propia cafetería, y es una suerte que así sea, porque se diría que es la única instalación que les da vida, más allá de los breves intervalos en los que pasan por ellas los escasos viajeros que llegan en los también contados autobuses con parada en la localidad. Y es que, en general, estas estaciones no demasiado antiguas suelen dar la impresión de estar desatendidas y descuidadas. En dos de ellas –servidumbres de la edad– he entrado en los servicios. Indescriptibles, y no parece que sea porque los usen demasiadas personas. Aun así, el viajero ha de congratularse de que estén abiertos. En las estaciones de tren de la mayor parte del circuito local de cercanías están cerrados desde el día mismo de su inauguración: es decir, nunca se previó que en esas estaciones hubiera personal fijo que las atendiera y cuidara, salvo quizá algún que otro ocasional guardia de seguridad. A uno de ellos, recuerdo, en la flamante estación del Estadio, en Cádiz, le pregunté una vez si disponía de llave del servicio, y su respuesta fue que, en caso de necesidad, él mismo tenía que acudir a una cafetería cercana.

Reflexionar sobre el estado de lo público en nuestro entorno induce siempre a la melancolía. Mejor fijarse, cuando las circunstancias lo permiten, en la humanidad que comparte con uno estos trances. También, en el paisaje. Es curioso: he hecho este recorrido en coche en centenares de ocasiones, pero lo que voy viendo hoy desde el autobús me resulta tan novedoso como si fuera la primera vez. Cuestión de perspectiva. En coche, el viajero transcurre casi a ras de suelo y su mirada, por tanto, se ve obstaculizada por toda clase de barreras: un simple seto, un desnivel, bastan para privarle de la visión del panorama. Apenas se sitúa uno un poco por encima de esa posición, el campo visual se amplía sustancialmente. Donde uno sólo veía un talud cortado en trinchera, ahora ve, más allá, un amplio llano cultivado en cuyo centro se alza un imponente cortijo hasta entonces inadvertido; donde veía las crestas de unos cerros, ahora ve, al otro lado, una garganta por la que transcurre un arroyo bordeado de árboles… Y como uno no va atento a la conducción, bien puede recrearse en los detalles. Hace un día lluvioso y los nublados despliegan todo su repertorio escenográfico sobre las sinuosidades del terreno. Lucen mejor los colores –la infinita gama de verdes, pardos, amarillos, ocres– bajo esta luz matizada, que no los aplasta ni anula, como suele suceder cuando les da de plano un sol despiadado. Si no hubiera otras razones, esta renovada apreciación del paisaje bastaría de sobra para justificar la jornada.

Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Que ya va acabando. He preguntado al conductor qué medio de transporte puedo utilizar para subir desde la estación término a mi destino. Antes había un autobús a las 15.30, pero la compañía no lo encontraba rentable y lo ha suprimido, sin que las autoridades, de quienes depende la concesión, hayan puesto el menor inconveniente… Va uno contraponiendo los goces objetivos de su jornada viajera y las muchas disfunciones que se aprecian en lo que debería ser un territorio bien atendido y administrado. Y me acuerdo de cosas leídas. De Josep Pla, por ejemplo, que se ocupó casi de estas mismas cuestiones en libros como Viaje a pie o Viaje en autobús, escritos hace más de tres cuartos de siglo. El país, ahora como entonces, funciona gracias a que el elemento humano se las arregla para subsanar a su modo los muchos inconvenientes de una administración negligente, más atenta a sus propios designios que a las presuntas minucias que afectan la cotidianidad del ciudadano y de cuya rectificación podría resultar un modo de vida menos cargado de tensiones, más apacible y civilizado. Pero está el azar, que todo lo arregla, o al menos lo disimula: el conductor, que ya ha terminado su servicio, es vecino de la localidad a la que me dirijo, así que me dice que, si no me importa esperar a que atienda ciertas cuestiones ineludibles –ha de dar de comer a los pavos que cría en una finquita cercana–, él mismo me llevará en su coche particular. Yo aprovecho la espera para hacer algunas compras. Y añadiendo al de mi mochila el peso de un par de bolsas de provisiones, llego a mi destino, como decía, a la hora a la que, en otros viajes por mi geografía sentimental, el tren de larga distancia habría superado ya la estación de Lleida y estaría a punto de hacer su entrada en otra población cuyo nombre también empieza por be y que no viene a cuento mencionar ahora. 

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