No es fácil hablar de un hombre de fe sin tratar por lo menos de creer como él. La fe es un don divino que está muy desigualmente repartido y no todos los creyentes, o que nos tenemos por tales, la poseemos en igual medida. La fe es como la verdad, que no hay más que una, y llega a tener tales dimensiones que la inteligencia humana no basta para abarcarla en su totalidad. Nuestro paso por la vida no es más que una busca de la verdad y una busca de la fe. A la verdad se tiene acceso por parcelas; la fe se tiene o no se tiene, y el que la tiene no sabe la suerte que tiene. Una familia que conozco perdió uno de sus miembros en un accidente en plena juventud. Estando como estaban todos muy unidos, esa pérdida fue para ellos un golpe terrible, y uno de sus hermanos, al preguntarle yo por el estado de ánimo de la madre, me decía que iba a la iglesia más que nunca y que no paraba de rezar, y añadía: “¿Qué quiere usted? No sabe ya la pobre a qué agarrarse.” Y yo le dije: “No tiene usted razón. ¡Vaya si sabe a qué agarrarse! Otra que no tuviera los principios y la formación de su madre se agarraría a la botella o a cosas peores.” Esa formación, esos principios, esa fe en suma, que esos padres ya ancianos conservan con la misma fuerza que en su niñez, es lo mismo que recibimos la mayoría de los que estamos bautizados y de lo que la vida y sus vuelcos nos ha ido poco a poco distanciando. A unos les importa bien poco ese distanciamiento; otros lo sentimos como un vacío, una carencia, una nostalgia inclusive y la buscamos como el que busca la verdad, como el que va, dicho con palabras ilustres, “buscando a Dios entre la niebla”. Precisamente ese buscador, que no es otro que don Antonio Machado, tiene unos versos gnómicos que dicen: «¿Tu verdad? No. La verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya guárdatela«. La busca de la fe, aun más que la busca de la verdad, es la verdadera busca del tiempo perdido, por decirlo con palabras de otro clásico, y desde esa busca, desde ese desvalimiento de quien quiere y no puede, lo más decoroso que cabe hacer es inclinarse humildemente ante aquellos para quienes esa fe es o fue su razón de vida.
José Julio Cabanillas es uno de estos hombres de fe que unas veces nos inspiran y edifican y otras nos anonadan y nos dejan perplejos, y es que es poeta, y la poesía es lo que está más allá del raciocinio pues, a diferencia de la filosofía, no trata de explicarse y explicarnos en fórmulas exactas la realidad que nos rodea, sino de buscar eso tan inefable que llamamos la verdad. Con José Julio Cabanillas alterné hace ya algunos años en la casa de la Cultura de Castilleja de la Cuesta, sita en lo que había sido hacienda o casa de labor de la familia Guajardo-Fajardo, y entre los versos que leyó, me impresionaron los dedicados a Santa Teresita de Lisieux. Contra lo que cabía esperar, nada más alejado de un fervorín piadoso que aquel monólogo de la monjita que repasa con ternura su niñez, asume su aislamiento y espera la muerte con entereza. Otros versos que me fueron llegando de él me darían la impresión, no sé si equivocada, de que solo podía haberlos escrito alguien muy avezado a la lectura de libros devotos, desde la Biblia al Catecismo de Ripalda pasando por la Leyenda Dorada, Fray Francisco de Osuna, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y, primus inter pares, Fray Luis de Granada. Y es que la lectura, y la lección de Luis de Sarria está a mi juicio bien patente en José Julio Cabanillas cuando describe o intuye el hondo significado de las cosas aparentemente menos significativas de la Creación. En la estructura de la granada, en la astucia del gato, en las artimañas de la zorra, en el duelo del halcón y la garza, en la lección del mosquito, capaz de humillar a seres más robustos y poderosos, ve Fray Luis la mano divina de la Providencia.
En su último poemario, Poemas descalzos, José Julio Cabanillas hace un recorrido completo de la Pasión del Señor, sin omitir ninguna de sus estaciones, y de todas ellas hace una descripción nueva e insólita, apoyada en todo aquello que podría ser un mero decorado o fondo de paisaje para infundirle a cada cosa vida propia, trascendencia, alta razón de ser. En un «Día de gracia«, ha tenido el poeta la revelación que le permite hacer con un lenguaje nuevo el mismo relato que desde hace más de dos milenios se hace en la Semana de Pasión. El poeta da tan pronto su voz a una madre que arrulla como a un perro que aúlla, y pone en ella las “vividuras”, que diría otro granadino insigne nacido en el Brasil, de su niñez absorta en la sillita de enea del verano o en sus pisadas borradas por la nieve en el invierno. El poeta se ha descalzado para identificarse mejor con la víctima propiciatoria que sube al Calvario y ayudarle, no ya a cargar con la cruz, sino a mitigar su angustia con la metáfora de la madre que lo lleva de la mano al ara del sacrificio, y con la asunción de su papel en éste de todo cuanto en ese momento le rodea. Acaso el poema en el que esa idea esté más explícita sea en el titulado «Arbol«, en el que es éste el que relata cómo lo desbastan y lo mutilan hasta reducirlo al tronco y los dos brazos de la cruz. También en este punto es inevitable acordarse de Fray Luis de Granada, pero no del amable Fray Luis de Las maravillas del mundo, sino del implacable de la Vida de Jesucristo que evoca al San Buenaventura que salmodia: «Si yo fuera el madero de aquella santa Cruz y en mí fueran enclavados los pies y manos del buen Jesús, dijera a aquellos santos varones que le descendieron de la Cruz: No me apartéis de mi Señor, sino sepultadme con El, para que nunca jamás sea yo apartado de El…. Si yo fuera el hierro de aquella lanza, nunca quisiera de aquel divino pecho salir…aquí moraré, pues esta morada escogí«.

No es posible en estos versos que ninguno de los elementos que intervienen en la Pasión no la experimente de algún modo y evoque su vida como un rosario de frustraciones. Todo es para la muerte en medio de una gran desolación; es más, es la muerte lo que da sentido a una naturaleza de ríos secos e higueras desnudas. Con esas higueras se identifica el poeta y reza por ellas, pero aún le quedan fuerzas para glorificar la Palabra que le permitió enumerar los animalillos del camino con la misma ternura con la que describe las cinco estrellas que se encienden sobre el cuerpo envuelto en una sábana. La nana que la madre le canta a su hijo no es para que se duerma, sino para que se muera del todo en la certeza de la resurrección. Por inversión en lo opuesto, esta conformidad con la muerte es una afirmación de la vida. Volvamos a Fray Luis, cuando dice de Jesús: «También naturalmente le afligía la representación y memoria de su propia muerte; porque, así como es natural el amor a la vida, así lo es el horror de la muerte, y tanto más cuanto más merece ser amada la vida«.
La Pasión y Muerte es el trance doloroso por el que Cristo ha de pasar para redimir al hombre del pecado original, personificado en Caín, verdadero padre del género humano que triplicó el inocente pecado de Adán (procrear y multiplicarse) con la envidia, el fratricidio y el incesto. Con esos antecedentes, no hay que asombrarse de que el hombre nacido luego de un soplo de barro, tachonara «su lujuria… de estrellas« y poblara «su ignorancia de elocuentes tribunas«. Verso éste, por cierto, que también parece hacerse eco de lo que, a propósito del indulto de Barrabás se pregunta Fray Luis por el caso que cabe hacer de los “juicios y pareceres del mundo”, es decir, de lo que hoy llamamos la “opinión pública” cuando dice: «¿cómo fue tener al Hijo de Dios por peor que Barrabás? Sin duda esto sólo bastaba para que cerrásemos los ojos y tapásemos los oídos a todos los hechos y dichos de esta bestia de muchas cabezas, tan furiosa, tan ciega y tan desatinada en todos sus juicios y pareceres«.
Si el propio Génesis nos deja perplejos, en otro orden de cosas nos deja perplejos José Julio Cabanillas cuando, al descalzarse para recorrer la Vía Dolorosa, algo tan conocido, tan ritualizado, tan analizado y tan evocado como la Pasión de Cristo nos lo describe con unas imágenes insólitas y a veces desconcertantes en las que parece debatirse entre las medievales Danzas de la Muerte y la esperanza de la Resurrección.

