CriSSis

A veces lo difícil no es poner la trampa, sino saber cuándo accionar el resorte… y no pillarse los dedos cuando se cierre.

Capítulo 53. Contacto.

En el parque los niños jugaban como si el mundo fuera un lugar seguro, concentrados en los balones de reglamento de colorines llamativos o las bicicletas descascarilladas por el uso. Todos ignoraban el futuro porque para ellos solo había presente y el presente era este parque, donde las madres conversaban con las amigas, los policías urbanos paseaban con la cachaza de Hernández y Fernández y las palomas correteaban tranquilas entre los pies de los transeúntes, sabiendo que su GPS interno las haría desaparecer en el cielo a poco que se intuyera el peligro. Castro temía que muchos de esos niños, dentro de diez o quince años, estarían fichados por la policía, por delitos comunes o por grandes desfalcos. O, tal como pintaba el mundo últimamente, por cualquier meada insignificante fuera de tiesto. A veces tenía la impresión de que no solo para estos niños no había futuro: también para todos se había cerrado una puerta y se estaba viajando, a velocidad de crucero, hacia el pasado.

Llevaba más de una hora sentado en el banco, comiendo pipas y fumando cigarrillos alternativamente, leyendo un periódico gratuito donde había más titulares que noticias. El mediodía invitaba a la molicie.

Dos hombres aparecieron paseando en el caminito de albero. Podían ser dos oficinistas, dos brokers, dos parados. Pero Jimmy Castro sabía bien quiénes eran y la pinta de policías, al menos a su ojo experto, los traicionaba. Los hombres se detuvieron en medio de una aparente discusión, a la sombra de los árboles. Alguna palabra suelta quedó flotando en el aire. Se escuchó muy claro la palabra “Messi”. En seguida, se escuchó también la palabra “Cristiano”.

Con la misma parsimonia que le acompañaba desde que se sentó en el banco, frente al lago, Castro se levantó, dejando el periódico gratuito junto a la papelera. Sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca. Hizo la pantomima de buscarse el encendedor en los múltiples bolsillos de la cazadora de cuero. Luego, el gesto de fastidio. Con una mueca que le torcía el perfil, miró alrededor y fingió que veía por primera vez a los dos hombres. Se acercó a ellos.

—¿Tienen fuego?

Uno de los dos, el más alto, negó con la cabeza. El otro, sin embargo, se llevó la mano al bolsillo y le ofreció un encendedor Bic. Fue un visto y no visto. Castro encendió su cigarrillo, inspiró el humo, encogió la ceja y devolvió el encendedor al hombre, que lo  guardó inmediatamente, sin dar importancia al intercambio.

Castro continuó su camino, fumando como si no hubiera concertado una cita en otro sitio. Se entretuvo mirando los peces del estanque, carpas rojas y blancuzcas que buceaban entre los restos de patatas fritas y las algas desprendidas del fondo. Una música estridente anunció la llegada de unos actores al parque. El griterío de los niños cambió de dirección. Todos se acercaron a ver a los titiriteros. Castro también. Un segundo más tarde, se perdió entre la multitud. Cinco minutos después, entraba en el merendero, pedía una Coca Cola y unas bravas y se dispuso a esperar. Luego, tras pagar la consumición, se dirigió al servicio.

Miró en los cubículos. Nadie. Entró en uno de ellos. Detrás de la papelera encontró el móvil. Lo cogió, esperando que no estuviera demasiado manchado. No lo estaba: Aranda había tenido cuidado de meterlo dentro de una bolsita. Lo sacó y marcó el número conocido.

—Ya era hora —dijo al momento la voz de Galiardo.

—Tenía que asegurarme de que no me hubieran seguido.

—¿Sin moros en la costa?

—Sin moros. Perejil puro.

—¿Qué tienes?

—Lo tengo todo. He visto a Isidoro. Bueno, al capitoste de todo esto. Dice que Isidoro son todos, como Espartaco. Son, como sospechábamos, un grupo terrorista en la sombra.

—¿Alguna idea de su identidad?

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

—Ninguna. Debe tener unos cincuenta y tantos años. Habla bien. No se le ve maleducado. Abogado, posiblemente. El otro es más nervioso, más flaco. Tiene que haber pasado apuros. No se presentó, o me dio un nombre falso: Alfonso.

—Isidoro y Alfonso —dijo la voz de Aranda, indicando que Galiardo tenía puesto el manos libres. Una motocicleta al pasar indicó a Castro que los dos hablaban desde dentro de un coche sin indicativos.

—Sí, he pensado lo mismo. El otro, el Morsa, no se entera de nada. Quinqui una vez, quinqui forever. Al electricista que me robó la pistola no lo he vuelto a ver.

—A ese lo tenemos controlado. ¿Qué sugieres que hagamos?

—Yo esperaría un poco más. En realidad, no tenemos pruebas sólidas. Sólo palabrería, y como lo primero que me hicieron fue quitarme el móvil por si las moscas, no he podido grabar lo que me dijeron.

—¿Y te dijeron…?

—No lo vais a creer. Ese tipo se cree que es el capitán Nemo. Un justiciero. Lo peor es que tiene razón. Como ninguno tiene relación directa con las víctimas, puede tener cómplices en cualquier parte. Solo hay que hacer un trabajo, una vez: te cargas una instalación eléctrica, fastidias la dirección de un coche. Que yo sepa, con el caso del tuerto fui el único que hizo algo más expeditivo.

—Pero la cosa sigue.

—En eso confían. Habló de que iban a convertirse en un “meme”.

—¿Un qué?

—Una especie de infección cultural. Isidoro, se llame como se llame, espera ser ejemplo y que otra gente se dedique al mismo negocio.

—No le importa la competencia.

—No, no sólo no le importa la competencia —dijo Castro—. Es que cuenta con ello.

—¿Entonces a qué esperamos?

—A tenderle un trampa. Él está muy tranquilo en apariencia, pero ya os digo que el otro, el tal Alfonso, está más nervioso. Deben de estar maquinando algo más gordo, y si no me han dado el esquinazo ya es que cuentan conmigo para que sea de nuevo el brazo ejecutor.

—¿Entonces esperamos?

—Entonces esperamos. No me extrañaría que después de Roldán tengan como objetivo eliminar a alguien más alto en el escalafón.

—Candidatos no les van a faltar.

—No, no les van a faltar. Tenemos unos políticos que no nos merecemos.

—Ten cuidado, chaval. Las trampas funcionan en doble sentido.

—Lo tendré. Oh, una cosa más.

—Dime.

—La próxima vez, joder, dejadme el móvil de contacto en un sitio que no apeste tanto a mierda.

Rafael Marín

Autor/a: Rafael Marín

Novelista, articulista, traductor, guionista y teórico de historieta. Hombre orquesta, bullita. Además canto bien.

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