Las princesas del Pacífico

Una escena de 'Las Princesas del Pacífico'.

El Troncoso y yo somos viejos amigos desde yo qué sé cuándo. Compartimos pinitos teatrales en Cádiz, en donde la muerte prematura de alguien a quien queríamos mucho nos arrebató la inocencia, nos arrojó a la vida, y también nos hizo comprender que no tenía sentido vivir sin hacer lo que a uno le gusta. Se fue a Sevilla, y se puso a estudiar Bellas Artes en sus ratos libres mientras que el resto del tiempo se entregaba en cuerpo y alma a lo que ha sido y es su pasión: la interpretación, la dirección, la escritura, el escenario. Allí, en Sevilla, me hizo un sitito en su casa cuando me salió mi primer trabajo profesional en teatro. Luego la vida dio unos cuantos bandazos, y años más tarde fui yo la que le hice un sitito en mi piso de Madrid cuando se lió la manta a la cabeza y se dejó caer por la capital del reino, después de dar varias volteretas por los Londres y los Parises, formándose en la escuela de Philippe Gautier. En aquel piso de Madrid comimos no pocas coles (“jartito de coles”, me decía a veces cuando le preguntaba cómo estaba), nos reímos mucho más, pasamos fatiguitas del amor, y pasamos también de la tarjeta blue joven al azul oscuro casi negro, nos hicimos mayores. Y siempre haciendo teatro, nunca paramos. Él venía lavaíto de trabajar cada noche, triunfando en “Hoy no me puedo levantar”, haciendo cosas de todo tipo, trabajos en series, en películas, y soñando en algún rincón de su inteligencia con hacer algún día algo “de lo que de verdad me gusta”, algo suyo, soñado a su imagen y semejanza.

Alicia Rodríguez y Belén Ponce, en 'Princesas del Pacífico'.
Alicia Rodríguez y Belén Ponce, en ‘Las princesas del Pacífico’.

Y el momento llegó, por fin. Retomó un viejo proyecto, llamó a dos amigas, increíbles actrices, con el alma a puntito de nieve ya para poder representar a personajes heridos por la vida. Y como por milagro, en la vorágine teatral de Madrid, resurgieron, andaluzas,  dramáticas, bufonescas y conmovedoras, Las Princesas del Pacífico. Espectáculo con el que el gaditano más gaditano del barrio del Balón, “un viejo”, como lo llama Teresa Quintero, se ha comido con papas el mundo de la farándula de Madrid. Por el crucero de las Princesas ha pasado lo más granado de la profesión, y todos han sucumbido a los encantos de Agustina y de Lidia. Dos mujeres, tía y sobrina, que viven al margen del mundo, ocultas, temerosas de que alguien las lastime, como se lastima en esta sociedad a todo aquel que no triunfa, que no tiene el éxito dibujado en la cara, que no tiene un cuerpo diez, ni una carita de medalla, ni una juventud arrolladora y exuberante. Agustina y Lidia son dos bufones que agreden antes de ser agredidas, que se ríen de la gente antes de que la gente se ría de ellas, y que un día se van de crucero gracias a que la suerte, siempre tan caprichosa, les ha sonreído en un juego de azar.

Las Princesas del Pacífico es un espectáculo teatral de envergadura, de altos vuelos. Pura esencia. Pura magia. De esos que hacen soñar al espectador, con la sola palabra, con la interpretación soberbia de las actrices, y un juego de luces y un movimiento escénico llenos de talento y de teatralidad. Lleno de frases brillantes, que el público recuerda y celebra a la salida del espectáculo. No le sobra ni le falta nada. Es perfecto.

En este mes de abril, el crucero de Las Princesas seguirá zarpando cada noche en el teatro Guindalera, pero, ¡oh sorpesa!, los vientos serán propicios,  y un fin de semana las llevarán hacia los mares del sur, y recalarán en Cádiz, en el Cádiz natal del Troncoso, en la plaza de Arguelles, en la Central Lechera, los días 22 y 23 de abril a las 21:00 horas.

No es porque sea mi Troncoso, no es porque yo lo quiera tanto, no es solidaridad profesional. No es porque en la función esté también Alicia Rodríguez que tiene un alma de ángel y un talento desgarrador y tierno a partes iguales, y que con Belén Ponce, espléndida también, hacen disfrutar hasta las lágrimas al espectador. Vayan a verla. No lo dice una amiga del director. Lo dice una loca del teatro.

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