Desde dónde Amar. Corina Oproae. Pre-Textos. Valencia, 2021. 116 pp.
Desde el primer instante de nuestra existencia, nos acompaña la muerte de aquellos que somos, la de aquellos a quienes amamos o con quien convivimos, la de los lugares que nos guarecen, los objetos que los adornan, los utensilios que nos sirven. En ocasiones, la muerte pasa desapercibida, otras, agujero negro, absorbe toda posibilidad de presencia, gravedad incontestable del vacío.
La palabra adquiere su sentido más profundo tras haber tomado conciencia de esta suerte, de la imposibilidad de traspasar la linde, de la necesidad de volver. La palabra se asoma, pero regresa. Es a su regreso que habla de la vida, de su rostro cambiante en cada uno de los rostros. De los surcos en la piel, de las expresiones y los gestos, del tránsito de la luz, del ostracismo y del amparo, de los días y las noches, y de sus afectos.
La poesía encuentra su razón de ser como pregunta irresoluble y necesaria, canto coral de tantos testigos del exilio. Corina Oproae, en su libro Desde dónde amar, publicado en 2021, en la editorial Pre-textos, es la voz que cuenta nuestra historia, la de todos, y evidencia lo precario del encuentro con el prójimo, siempre tan breve y definitivo. Una historia que no puede corregirse, en la que prevalece la carencia. Siempre nos faltó algo. Hubiéramos querido disponer de un poco más de tiempo, de la palabra justa, el consuelo, un pedazo de tierra compartido en el que descansar.
Tal vez sea el Jardinero, figura inquietante y ambigua, aquel “que vuelve de la muerte”, como dice la cita que encabeza el libro, el sabedor de esa palabra que se nos quedó entre los labios. El Jardinero la custodia, como custodia el tiempo. El Jardinero no habla, recoge las hojas caídas.
En Desde dónde amar, Corina Oproae nos habla de una lengua que se gestó en el vientre de la materia. Quienes la habitan, la madre, el padre, la niña, el hijo, son figuras cuyas sombras se alargan. Las palabras brotan de su ser absorto, fijos los ojos en un continuo suspendido, como mirada de ángel que contempla las ruinas. Cuanto más lejos queda la inocencia, más grave es el tono, mejor se perfila su contorno.
Adquirir la conciencia nos hizo perder el contacto inmediato con las cosas, el trato inocente, despreocupado. ¿Acaso, nos lo devolverá la última palabra, sin cerrar el círculo? El afecto consiste en quedar tocado por el otro, alterando así el retorno absurdo de lo mismo. Habrá que encontrar un lugar imperfecto desde donde amar. No hay tiempo que no hiera y, aun así, la posibilidad imperfecta del afecto actuará como un bálsamo, efecto cauterizador de la sal.
“Sin herida, solo oigo a la postre el eco de mí mismo. La herida es la apertura, el oído para lo otro”,dice Byung-Chul Han, en No-cosas, autor citado en la segunda sección del libro de Corina Oproae. Por ello, preguntarse desde dónde amar, es preguntarse por un lugar, incardinación que nos compromete sin remedio.
La poeta anduvo por los mismos caminos, los nuestros; dibujó el semblante de nuestros padres y de nuestras madres sin saberlo, repitió las palabras que se nos habían quebrado, dijo de la muerte de los cerezos como si hubiera estado, del tono del ocaso como si lo hubiera visto, y aún les habla. Al parecer, el corazón es un lugar desordenado, “ya no hay nada en mí que no sea mío”. Tal vez, todo eso es patrimonio común. Una esencia no ligada a la subjetividad que abre y amplia el espacio que ocupa.
Oproae merodea el desolado paisaje del recuerdo y pone a salvo todo lo que puede, se deja atravesar por lo que apenas son rumores y figuras espectrales. Ancla, aunque sea fijando el lapso que originó el miedo. Debemos buscar en nuestros adentros, “el alma se recrea en el cuerpo”, dice. Buscar la niña en la mujer adulta, el pasado en el presente, la realidad del sueño en la realidad de la vigilia, la alegría en el dolor, la sombra en la luz.
Recomponer el vínculo, ser lugar efímero que se sostiene a sí mismo, cobijo, hueco o cúpula en la que ver la luz nocturna, los destellos lejanos de un universo roto. Perdidos, resonar. El lugar desde el que amar es un constructo que se forja con lo vivido, que se pasta con la excrecencia de un cuerpo que nace y muere constantemente, con sus flujos.
No habrá respuesta, sino el devenir de lo cotidiano. Perseverar, conservar ese suelo inútil en el que nacen y perecen las flores. El único lugar desde el que poder amar. Conversar con tantas voces cómplices, tener sus palabras a cuidado, abandonarnos como aquellos “que dejan sus cuerpos junto a la luz / sin siquiera saberlo”.
Corina Oproae es una poeta, novelista y traductora, muy presente en el panorama literario español desde hace unos años. Recientemente ganadora del premio Tusquets, con su primera novela La casa limón, (Editorial Tusquets, 2024), su narrativa incorpora toda su experiencia anterior. Reivindicar la obra poética de Corina Oproae, es reivindicar la poesía, núcleo y esencia de su escritura, sin que ello nos prive de los magníficos frutos que pueda ofrecernos en el futuro en cualquier género literario o disciplina artística.



