Julio Llamazares: coplas a la guerra de su padre

Julio Llamazares publica El viaje de mi padre (Alfaguara, 2025), una nueva crónica poética de su fértil y emocionante literatura de viajes.

En el episodio de la venta (Don Quijote, I, 32) los contertulios piden al cura que lea esos papeles guardados en la maleta que un viajante dejó olvidada. El cura procede a la lectura de la novela de El curioso impertinente, escrita, claro está, por Cervantes, que de ese modo se convierte en personaje de su propia ficción. Sabemos, desde ahí, que Cervantes se ha asomado a su espacio novelesco, que casi de tapadillo ha visitado personalmente a sus criaturas; igual que Velázquez, desde Las Meninas, mira al espectador del cuadro, que se pregunta si él también está, por un momento, visitando el espacio ficticio. ¿Dónde está el marco?

El viajero Julio Llamazares cruza España de oeste a este para contar el viaje realizado por su padre a través de la Guerra Civil en 1938. Hace el mismo viaje. Lleva en el maletero del coche algunos ejemplares de sus libros, que regala como agradecimiento a quienes ocasionalmente le auxilian en su itinerario. En La Cerollera (Teruel) un profesor jubilado, Ángel Mora, se ofrece a llevar al escritor hasta los recónditos refugios de los maquis, le muestra el sitio donde estuvo la escuela de guerrilleros, desbaratada en su momento por la sanguinaria intervención del Ejército, y lo acompaña en su emocionada visita a la memoria (“es lo que ocurre cuando se toca la historia”). El viajero agradece a Ángel su guía y su relato regalándole un ejemplar de Luna de lobos, aquella novela sobre los guerrilleros -y sobre la memoria y sobre la historia- relatada por un soldado republicano refugiado en los montes de León tras el triunfo bárbaro del frente nacional. Ángel se llama el protagonista y narrador de Luna de lobos, igual que el Ángel que cuarenta años después muestra a Llamazares los refugios olvidados de los maquis en La Cerollera. Como Cervantes, Llamazares visita de nuevo su propia ficción, acompañado ahora de su particular Virgilio en esta bajada a los infiernos de la guerra de su padre.

El viajero se pregunta de tramo en tramo por su verdadero objetivo. Se pregunta si hace el viaje por honrar el relato de su padre, al que en su juventud no prestó demasiada atención, o si lo hace por intentar sentir el mismo frío insoportable que su padre y sus compañeros sufrieron en aquellos meses. Pero ya no hace frío, y lo que recorre el viajero es una España a ratos despoblada y despojada de futuro y a ratos invadida por el bullicio de una impostada felicidad urbana, la que le otorgan los quince grados contra natura de los eneros de hoy en día. En realidad, el viajero conoce desde el principio el por qué de su viaje. Es el mismo que le llevó a recorrer El río del olvido o Tràs-os-montes y es de nuevo Miguel Torga quien responde por el viajero: -¿Viene usted hasta aquí buscando la inspiración? -No, vengo a recibir órdenes de mis antepasados.

Los lectores asiduos de Llamazares sabemos de la necesidad de la memoria y de la necesidad de su belleza. Sabemos también que la ficción es a veces el único camino para llegar a la verdad y que por ello la memoria necesita de la ficción. Todo eso sabemos porque nos lo ha enseñado Llamazares en muchos libros, como lo hace ahora con este Viaje de mi padre. El viajero se desplaza, mira a su alrededor, ve en el paisaje lo que ocurrió, traspasa esa pátina color sepia que en las montañas, en los caminos, en los campos, en los castillos y en las casas vela el pasado, contempla así con lucidez el verdadero suceder de las cosas y él y nosotros contemplamos cómo un puñado de soldados adolescentes se refugian en trincheras, avanzan por un camino borroso de balas y cadáveres o llegan hasta el grao de Castellón para ver por primera vez el mar.

Junto al mar, poco antes de dar por terminado su viaje, el viajero desayuna mientras hojea un libro de historia, Las últimas horas del ejército republicano en Castellón, junto al que se posa una paloma. Guerra y paz, piensa el viajero. Después, Julio Llamazares escribe en Madrid sobre el viaje realizado por Julio Alonso (el hijo de Nemesio Alonso) para honrar a su padre y al escribirlo cae en la tentación de asomarse a la memoria para ser parte de ella.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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