Ilustración de Manuel Martín Morgado (detalle).
En la penumbra, alargo la yema de mis dedos sobre ese panal que es tu piel, en cuyas celdas se insinúan mínimos brotes de vello transparente. Tu silueta salobre se mira en la bombilla descalza del flexo o se recorta a la llama de la vela azulada que encendimos hace horas y envuelve las lomas ondulantes de tu cuerpo desnudo. Cesura húmeda, origen del mundo, tu respiración acompasada, tu aliento es aceite de oliva, espeso, cargado de madrugada. Desbordado por lo inaplazable, calados ambos por un esfuerzo aparente en el lecho frisado de recodos y embozos, te observo a esa otra luz desmayada del alba que penetra equívoca por la ventana. Y pienso que nada puede acabar con nosotros. Ni el vinagre del tiempo ni el hedor de las flores ni el temblor del pabilo fantasmal. Nadie puede acabar con nosotros, buzos de lo exclusivo sumergidos en un acuario de pigmentos y sábanas que son filtros de anestesia, indiferentes al cedazo de las nubes, a la bocina de los autos, al compromiso del transeúnte apresurado de tener que echar un pie por delante del otro para caminar, a ese cosmos foráneo, a sus intemperies, al alimento. Y pienso que nada ni nadie puede con nosotros, que somos eternos o que, en el hechizo ardiente que nos consume, algo nos lo impone con su ilimitado espejismo.
—
Me parece mentira tenerla a mi lado, tendida como una fantasía que irrumpe de pronto en la realidad.
Hasta ayer, Kity era esa chica inalcanzable de la que me separaba el abismo de una generación y el torrente de caucho de una cinta transportadora.
En la caja del supermercado, hacía volar con ágiles y bellas manos, productos de todo género sobre la cuadrícula del lector láser. Nuestro único vínculo era la señal sonora que imprimía el precio de cada uno en su pantalla de plasma.
Camisa de rayas azules y blancas, chapita de plástico con su nombre, falda lisa, también azul, un saludo, una despedida, eso era Kity para mí.
—¿Sabes que hay días en los que no veo el sol? —me dice—. En invierno, claro. Entro a trabajar muy temprano. Me quedo a almorzar en la cantina. Me distraigo con el móvil mientras espero el segundo turno. Cuando vengo a darme cuenta, al salir, me encuentro con que es de noche.
No respondo. Me gusta la voz de Kity.
—Igual estoy diciendo tonterías.
—En absoluto.
—Me resulta extraño. No me gustan los tubos blancos. Imagina esos países nórdicos en los que se pasan buena parte del año metidos en tinieblas y esas luminarias artificiales que reemplazan al día de verdad.
Se estremece en una ligera vibración, pese a que no hace frío.
—Al principio, me chocaba.
Se me acerca con un blando movimiento.
—Luego te acostumbras. En realidad, te acostumbras un poco a todo, tanto a lo bueno como a lo malo. Ya ves. Me decidí a trabajar por hacerme con algo de dinero de bolsillo, provisionalmente. Empecé a media jornada, para hacerlo compatible con la facultad. Han pasado dos años. No he ahorrado mucho pero puedo permitirme satisfacciones que antes no estaban a mi alcance. Y no me muero de hambre, como quien dice.
—¿Tu primer trabajo?
—No. Estuve en la recepción de un hotel. Conocía gente. Practicaba inglés. Duré un mes.
—Por el sueldo.
—Por el hijo del propietario. Un pulpo, tan engreído que daba asco. Creía que podía hacer y deshacer a su antojo, por el simple hecho de ser quien era. Me largué sin reclamar siquiera la paga. Le escribí al padre una nota. Para que supiera qué lumbrera andaba metida en su negocio, espantando al personal y a la clientela femenina. No me importaba si la leía o no.
Hace un ruidito con los labios apretados, de contrariedad y suficiencia a la vez.
—También serví copas tras una barra. Ganas me daban de afeitarme, dejarme barba y alejar a tanto pelmazo. Luego pensé que habría atraído a otros espectros de distinta hechura y tendencias y las mismas ventosas sobonas.
Ríe. Me gusta su risa.
—¿Tienes familia?
—Mis padres viven lejos. Sólo quieren que acabe los estudios. Creen que eso me garantiza hoy día un futuro. Me saludan cariñosamente cuando nos vemos. Y, como no soy una carga para ellos, se ocupan de sus asuntos.
—¿Cómo dices que te llamas? ¿Kity?
—Sí —contesta distraída.
Se da la vuelta en la cama. Me muestra el contorno de sus hombros, esos pechos perfectos, la curva que baja desde sus costillas flotantes hasta el delicado hueso de la cadera en una ola que se encabrita primero ligeramente y vuelve a descender, extendida hacia sus muslos y sus piernas de ensueño.
—¿Qué nombre es ese? ¿Cómo te llamas? ¿Catalina?
—Quiteria.
La veo entonces desvalida, más desnuda si cabe. De repente, siento haberle preguntado, también una enorme animadversión contra sus padres, sin conocerlos. Mi cariño hacia ella se agranda.
—Por mi abuela materna.
Se hace un silencio.
—No te preocupes. Puedo imaginar lo que piensas. Hace mucho que los perdoné. Todos me conocen por el diminutivo. Si me molestara, no te quepa duda de que ya me lo habría cambiado. Ahora se puede.
Me besa en los labios.
—Cuando pasas tus dedos por mis hombros —continúa—, me da la impresión de que me lees la piel.
—¿Quieres que pare?
—No. Sigue. Me recuerda los puntitos en relieve de ciertas cajas, para los ciegos, como en los medicamentos. Francamente, nunca he visto un ciego en el supermercado.
—Entrará uno un día de estos. Palpará el artículo que desea comprar. Le preguntarás si necesita ayuda. Le dirás lo que me estás diciendo a mí y te contestará que eres la única persona que se habrá interesado por esos asuntos. Igual te toma de las manos para verte a su manera. Te dice algo distinto y hermoso. No lo olvidarás. Serás más feliz.
—Bueno. Quizás. Lo que no sé —sus ojos grises chispean a esa luz serpentina de la vela— es por qué te cuento estas cosas, si acabamos de conocernos. Sólo hablo yo. Y tú, ¿a qué te dedicas?
—Tengo poco que decir. Mi vida laboral en el negocio familiar terminó a los cincuenta. Una afección de cadera me jubiló.
—¿Cincuenta?
—Alguno más.
—¿Tan mayor eres?
—No debería parecerlo puesto que estás aquí.
—No los aparentas y eres muy atractivo.
—Gracias. ¿Cuándo descansas? ¿Te apetecería hacer una ruta?
—Qué lanzado.
—Podríamos probar un fin de semana en la montaña, para empezar.
—¿Y el trabajo? No estoy jubilada. Tengo que pagar el apartamento, la matrícula en la facultad.
—¿Qué estudias?
—Me queda un año para terminar enfermería.
—Bueno, tómate un año sabático, unos meses de respiro. Háblalo con el jefe de personal. Dile que un familiar ha caído enfermo. Que preparas los cuatrimestrales. Qué sé yo. Después, podríamos viajar más lejos. A los Alpes, por ejemplo. Así, si me lesiono un tobillo por esos caminos, contaré con una experta en primeros auxilios. Más los cuidados de la cadera.
Sonríe. Reflexiona con la mirada en un sueño, un mechón de pelo lacio y castaño sobre la frente.
—Las cosas no resultan tan fáciles en la práctica.
—Considera la oportunidad de ver esa noche perpetua, por Escandinavia.
—Me lo pensaré.
Entonces, Kity se levanta. Se viste. Me nubla la imaginación con sus esculturales, feéricos movimientos.
—Si la respuesta es negativa, igual no vuelvo a aparecer por ese supermercado.
—Nos sentiríamos raros.
—Entre otras razones de más peso, que no vienen a cuento. O sí, pero no hay que ponerse sentimentales. Apunta mi número.
—Me las apañaré para dar contigo sin móvil.
Dio conmigo. No de inmediato. Maduró mi proposición. Se presentó al cabo de tres meses.
Durante ese intervalo, fui a otros comercios. Pero Kity había excavado un hueco hondo en mi corazón y, al parecer, yo otro igual de hondo en el suyo.
—¿Sabes que te he echado de menos, abuelete?
Nos abrazamos largamente.
—¿Debo tomar eso como un sí quiero?
—Tomémoslo como un acuerdo viajero en el que iremos a medias.
—
Nuestra historia se prolongó durante ocho años, pese a la oposición de sus padres, a quienes hubo que poner al corriente.
Recorrimos medio mundo. Nos amamos con ternura o con pasión dependiendo del lugar, la hora o las circunstancias.
Entre tanto, ella había terminado sus estudios de enfermería. Consiguió trabajo en una clínica privada de Madrid, donde la sorprendió la pandemia. Sobreexplotada, sufriendo la desgracia a su alrededor, la trágica gravedad de una situación sanitaria en la que no se llegaría nunca hasta el fondo, Kity decidió rescindir unilateralmente su contrato.
No se quedó de brazos cruzados. Creó una página web en la que proponía grabaciones de entrevistas con expertos en nutrición, monográficos de interés gastronómico, recetas orientadas hacia el veganismo, sin descartar ciertas proteínas animales, de huevo o derivados lácteos de vaca, cabra y oveja. La saturación en la red de esa oferta en concreto la obligó a abandonar un proyecto muy avanzado, que la dejaría exhausta.
Hacía tres años de su trabajo enrarecido en la clínica, dos de su renuncia al proyecto de alimentación. En cierta ocasión, estando ausente por unos días, Kity me escribió un extenso correo en el que prácticamente ponía pie y medio fuera de la pareja.
Se explayaba en una defensa sobre la maternidad, en lo joven que era cuando empezamos a salir, en ese irresistible instinto biológico recién aflorado y en una invitación para mí a ser padre, con toda la fuerza de la madurez y de la experiencia.
Ese trance me trajo a la memoria a Aurelia, mi primera relación estable. El porqué de las rupturas, el miedo al compromiso, la fragilidad de los sentimientos y otros pormenores afectivos más o menos encubiertos y amargos.
Confundido, pillado a contrapié, paralizado ante la idea de una paternidad a mi edad, carecí de reflejos, de argumentos. No supe responderle sino con un aplazamiento egoísta que resultaría nefasto.
Desde la recepción de ese correo, en casa, cada indiscreción, torpeza o broma mía fuera de tiesto, fueron consideradas como desgana, desplante o indiferencia, anotaciones que Kity iría añadiendo al doloroso cuaderno del desamor.
Fue y será mi última gran pasión. Ella lo sabe. Como sabe que será imposible borrar una experiencia tan hermosa, fascinante, larga y profunda, volver atrás en nuestras decisiones, aliviar tanto dolor, que la herida se convierta en cicatriz y que esta reviva un poco en el recuerdo, según la intensidad de los aguaceros en la cambiante meteorología amorosa.
No hemos vuelto a vernos.
—
Hay quien se da a la bebida o al sexo como zurcidos autodestructivos que poco o nada resuelven. Yo he intentado reanudar mi vida por donde la dejé, viajes, amistades, clases de acuarela, incluso la torpe redacción de un diario personal.
Me he mentido tratando de persuadirme de que el tiempo lo cura todo, de que lo nuestro formó parte de una fantasía. Absurdos que no pueden hacerme olvidar aquella primera noche, mi vida con Kity, la impresión, en definitiva, de que sólo aquello que denominamos —equívocamente— amor constituye la verdadera tabla de salvación ante la grisura y la sinrazón de nuestra existencia.
Ahora que es imposible tropezarme con ella, he reanudado mis compras semanales en el supermercado del barrio. No por nostalgia —irritante palabra— sino por comodidad.
Empleadas con blusas listadas y faldas azules pasean los códigos de barras de cada producto sobre el lector.
Hoy, entre otras cosas, al recoger un paquete de galletas, las yemas de mis dedos han rozado al azar unos puntitos en Braille.
Cuando la chica me ha señalado en voz alta el importe de mi compra, he pagado, he agarrado la bolsa y le he preguntado:
—¿Por casualidad no habrá visto por aquí a un ciego esta mañana? Se trata de un familiar.
—Pregunte en recepción. Acabo de empezar turno.
Me entrega el tique.
—Ahora que me lo comenta, es curioso —se queda mirándome, inquisitiva—. Llevo años de cajera y nunca he visto un ciego en el supermercado.


