Un espacio para reinventarse

Si atendemos al pronunciamiento crítico que ha dado en diagnosticar un florecimiento en España de la publicación de diarios íntimos de escritores desde mediados de los años 80, no puede ignorarse la parte que el poeta, crítico y escritor en periódicos José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, Cáceres, 1950) ha tenido en este fenómeno. Y no solo porque el primero de sus diarios publicados, Días de 1989, se sitúe en los albores mismos de esa eclosión, sino también porque, en la concepción de la literatura que García Martín viene defendiendo desde los días en que confeccionaba y publicaba la revista Jugar con fuego, en los años 70, ha ocupado siempre un papel esencial el juego de identidades del que depende el fundamento mismo de la creación literaria: la invención de una voz y, con ella, del personaje más o menos autobiográfico al que corresponde sustentarla.

El arte de quedarse solo

Más de un cuarto de siglo después de la publicación de aquel primer diario, García Martín sigue siendo fiel a sus querencias de entonces: el personaje delineado en El arte de quedarse solo, la última entrega de sus diarios, no es esencialmente distinto al que protagonizaba aquella lejana entrega. Si acaso, la convicción de que la publicación de un diario no viola, como creen algunos ingenuos estudiosos del género, ningún compromiso de confidencialidad que garantice la presunta “autenticidad” de la escritura confesional, ha propiciado que el diario se haya convertido para él, no solo en una forma de escritura autobiográfica más o menos demorada, sino también en su modo favorito de expresión cuando escribe en su blog personal o incluso en un periódico. Es decir, las convenciones de estilo y formato que habitualmente se asocian a la escritura íntima –e incluso eventualmente secreta, en cuanto que no destinada a la publicación inmediata– se han convertido, para él, en eficaces recursos para infundir a sus escritos una eficacia comunicativa de la que habitualmente carecen los textos consagrados a asuntos tales como la discusión literaria, la polémica política o el pormenor erudito. El arte de quedarse solo ofrece abundantes muestras del modo personal en que el autor aborda y hace suyas este tipo de cuestiones y la variedad tonal con la que logra transmitir al lector la impresión de que no se halla ante un simple opinante indiscriminado, sino ante alguien que usa las opiniones sobre esto o aquello para construirse su propio entorno ideológico y vital. En lo literario, por ejemplo, llama la atención el encomiable desparpajo con que se burla de tantos prestigios consagrados, pero también la nota de sincera apreciación con la que se refiere a autores como Carlos Sahagún, de quien hace una sentida necrológica en el momento de su muerte, a despecho de que ningún periódico del día se ocupara de ello; o a Víctor Botas, a quien recuerda como amigo e interlocutor, amén de grandísimo poeta y compañero de aventuras literarias. También en lo político destaca el empeño del autor en no dar por válido el repertorio de lugares comunes al que suele reducirse la discusión de las cuestiones públicas de mayor trascendencia, desde el llamado “problema catalán” hasta la forma del estado. No hay que descartar, desde luego, que tras la patente singularidad de algunas opiniones del autor no haya una clara voluntad un tanto sofística de “llevar la contraria”: eso aparentan, al menos, algunas de sus formulaciones más curiosas; por ejemplo, la que le lleva a proclamarse republicano, siempre que el presidente de la república sea… Felipe de Borbón;  o el silogismo por el que afirma que, de proclamarse la independencia de Cataluña y no ser ésta reconocida por España, los catalanes seguirían siendo ciudadanos de pleno derecho de la Unión Europea, porque la privación de esa condición solo podría darse en el momento en el que perdieran oficialmente la ciudadanía española.

Autorretrato de José Luis García Martín.
Autorretrato de José Luis García Martín.

Pero lo importante de estos posicionamientos no es que constituyan un cuerpo de doctrina con el que el lector pueda o no estar de acuerdo, sino su contribución al trazado del contradictorio personaje que les presta su voz: discutidor –y, por tanto, necesitado de interlocutores– a la vez que solitario; amante de las rutinas y, al mismo tiempo, aficionado a la tremenda conmoción de las rutinas que suponen los viajes; extremadamente culto y, simultáneamente, frecuentador de programas ínfimos de televisión, películas de superhéroes y libros de autoayuda. Casa bien esa textura contradictoria con la insistencia del autor en autodefinirse en acuñaciones más o menos tajantes: “Nunca me he emborrachado, nunca me he enamorado, pero lo segundo he tenido ocasión de fingirlo bastantes veces, y creo que lo hago bastante bien”. Lo que nos lleva a otro asunto recurrente en estas páginas: los recuerdos más o menos fugaces de lejanas o no tan lejanas historias de amor, alguna de ellas revestidas con evidentes elementos novelescos, en llamativo contraste con la repetida e irónica profesión de fe en los “amores eternos”, de los que él mismo afirma haber tenido muchos.

La aparente ligereza con la que trata estas cuestiones no debe hacer pensar que este diario, tan inclinado a la autoironía y a la impostación de un yo inseguro y en constante cuestionamiento de sí mismo, no sea, al mismo tiempo, lo que los diaristas más avezados del siglo XX llamaban, en la estela de Gide, un instrumento de análisis moral, abierto a la introspección efectiva e incluso a la efusión lírica. Se hace palpable, por ejemplo, en el bello capítulo titulado “El puente de la espada”, en el que el autor, que vive y trabaja en Asturias, regresa a los paisajes extremeños de su infancia y proyecta en ellos una compleja mezcla de recuerdos de entonces, lecturas posteriores que han aportado profundidad y densidad histórica a esos recuerdos, y balance vital. También las frecuentes entradas dedicadas a los vagabundajes del autor por ciudades extranjeras, ya conocidas o no, suelen abocar a esa mirada introspectiva: ofrecen al diarista la ocasión de ponderar su soledad, hacerse receptivo a recuerdos de todo tipo y celebrar esa especie de gozo de la memoria ampliada que supone personarse en lugares que previamente se han conocido en las lecturas.

Es grato también para el lector reencontrarse con un viejo conocido al que ya ha tratado en otras entregas anteriores de estos diarios. Pero eso no significa que el diarista no sepa darse con la misma intensidad a quienes accedan a su trato por vez primera. Tal es la verdadera potencialidad literaria de las fórmulas diarísticas: más que ofrecer plenas garantías de verdad testimonial –aunque también–, posibilitan un tono de confidencialidad que permite, como en una buena conversación, atender no solo a lo que se dice, sino también al fascinante espectáculo de ver cómo quien lo dice se reinventa a sí mismo como el sujeto que quiere ser ante sus interlocutores. La última entrega de los diarios de García Martín suponen un excelente ejemplo de esta potencialidad del género, que tantas veces pasa inadvertida a sus estudiosos más conspicuos.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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