Tres generaciones, tres poéticas

Razón de ser. José Luis Tejada. Prólogo de Juan Bonilla. Ediciones La Isla de Siltolá. Sevilla, 2017. 135 pp.

RAZÓN DE SERNo parece mala idea animar a los poetas del día a proponer y prologar la reedición de libros de poesía que las inercias del negocio editorial y la desidia de los lectores han ido dejando caer en el olvido. En el caso que nos ocupa, es Juan Bonilla quien reivindica un libro del no del todo olvidado poeta José Luis Tejada (Puerto de Santa María, 1927 – Cádiz, 1988), que cuenta con buenos valedores entre los poetas e investigadores de su tierra, que nunca han dejado de elogiar sus buenos poemas dentro de una obra amplia y desigual, pero de quien no nos consta que se haya llevado a cabo recientemente la reedición de ninguno de los títulos concretos que componen esa obra; quizá por el temor, fundado, de que en un libro completo, no filtrado por el criterio de un antólogo, forzosamente se harán visibles, al lado de los innegables aciertos, los defectos más característicos del poeta. Podría ser este el caso de Razón de ser, publicado originariamente en 1967; aunque más bien podría afirmarse que lo que salta a la vista tras la lectura de este vehemente poemario es que, en el caso de José Luis Tejada, los presuntos aciertos y defectos son indisociables de una manera personalísima de entender la poesía como desbordamiento cordial, encauzado en un riguroso empleo de una amplia variedad de formas métricas , un loable sentido del ritmo y una evidente proclividad a combinar registros léxicos variados e incluso contradictorios, sin excluir neologismos y términos coloquiales: “Os juro por mis muertos, que ya van siendo tantos, niños, hembras / de todas las edades y fortunas, / os juro por Dios mismo / que no me sé dónde colgar ya el ánima, / que me afloran tentáculos, codales y ventosas / en pos de vuestra oreja más íntima…”. Razón de ser supuso, como afirma Juan Bonilla, un cambio de orientación en el tono e intenciones de la poesía de Tejada; pero no, exactamente, por apartarse de la temática amorosa que hasta entonces la había caracterizado, sino por ahondar más en ella y descubrir en el amor, no una inagotable fuente de motivos de celebración, sino una insaciable ansia que aporta al ser humano una agónica conciencia de su insuficiencia (“No hay solución. Ni a solas ni con nadie. / Somos cosa perdida. / Los besos dan más sed; lo he comprobado. / Amor va contra amor”) y de la imposibilidad de establecer una verdadera comunicación con el otro: “Probemos a encender: Yo digo: ‘Dame / el botón, por favor, de tu camisa’. / Tú respondes: ‘La pluma de mi tía / fue comprada anteayer en Liverpool’. / Yo insisto: ‘¿Puede usted prestarme un pecho?’. / Tú me contestas: ‘No, pero el paraguas / de mi sobrino está junto a la mesa / del comedor’. La primera parte del libro acierta a plantear la cuestión en toda su agónica crudeza; y es, por ello, la que mejor ejemplifica la capacidad del poeta de crear tensión emocional mediante un sabio empleo de los recursos ya descritos. Tras un breve interludio lírico, en sonetos –combinación estrófica que Tejada domina con virtuosismo–, el poeta se responde a sí mismo en una serie de “Consolaciones”, que incluyen otros tantos gestos de aceptación de las necesidades humanas en toda su variedad: desde una muy expresiva “Consolación por la carne” (“[E]s bueno y natural que tú y yo ahora / amiga de mis ojos y mis manos, / nos empapemos hasta los meollos / de los huesos en esta salsa calda / de darnos y gozarnos cuerpo a cuerpo…”) hasta las que aportan la amistad, la esperanza, la estirpe o, curiosamente, la ironía. Podría decirse que en esta sección culmina la curva expresiva del libro, que aún se prolonga en otras dos secciones más convencionales, aunque también indicativas de la versatilidad del poeta y el dominio de sus recursos. De haberse publicado diez años antes, Razón de ser hubiera sorprendido como descarnada expresión de una desazón existencial que hicieron suya varias promociones de poetas españoles. Al filo de los 70, quedó como muestra de un tipo de poesía que las nuevas promociones empezaban a desdeñar. Hoy esas consideraciones poco importan: la verdad humana y la originalidad literaria de este libro no pueden dejar indiferente a ningún lector.

Cuando todo es ya póstumo. Ángel García López. Castalia Ediciones. Madrid, 2016. 71 pp.

Cuando todo era póstumoSiete años después de la publicación de su Obra poética, Ángel García López (Rota, 1935) añade a su extensa y brillante bibliografía lo que, si atendemos a la cita de Leandro Fernández de Moratín que le sirve de colofón (“Esta sonante lira y flautas de oro / (…) sacras musas, de mis manos / trémulas recibid, y el canto acabe”), se presenta como una despedida, y no tanto porque el poeta ya octogenario sienta disminuidas sus fuerzas –este nuevo libro es más bien una demostración de lo contrario-, como por el vínculo que estos poemas establecen entre la  muerte de la persona amada y la pérdida de sentido del propio acto de escribir: “Escindida hoy del mundo / tu muerte a mi palabra ha dejado sin nido. Tú eras ella, voz única. / La que, ahora, conclusa, sepultada en lo mudo, / es ceniza contigo“. Cuando todo es ya póstumo, en efecto, se presenta como una demorada elegía que no sólo examina el recuerdo de la mujer amada y su huella en el poeta, sino que pasa revista también a los vínculos entre el amor y la palabra poética y confronta las recordadas ocasiones de exaltación y gozo desde el presente sentimiento de pérdida; sin excluir, en los estremecedores poemas finales –o, más bien, secciones del largo poema único que ocupa todo el libro-, la rememoración precisa, de un realismo casi clínico, de la enfermedad y momentos finales de la persona amada: “¿Cómo cegar su madrugada, olvidar transfusiones, / análisis y pruebas de los laboratorios; endulzarle el veneno / a la noche y sus huéspedes; a tantos flagelantes que, sedados del miedo, / el gran mal hospedaban?”. Es precisamente en esos poemas últimos donde se opera el gran efecto de contraste tonal en el que reside el clímax de casi todos los libros del poeta roteño, y que ya operaba en su señero Mester andalusí (1978): la contraposición entre la celebración del goce de los sentidos, perfectamente evocada por la armoniosa sonoridad de los versos, la adjetivación atenta a los matices sensoriales y un cierto toque de fantasía histórica, aplicada a nombres y lugares, y, en el otro extremo, la expresión descarnada de un rotundo sentimiento de disconformidad y protesta, de malestar incluso, ante las insoslayables realidades del presente: así, los parajes que el poeta asocia al recuerdo de la persona amada traslucen, al ser confrontados desde la acritud del momento actual, “la decrepitud de una provincia insulsa donde no ocurre nada / salvo vulgaridades que registra el periódico”. Tal es el arco que suelen recorrer los poemarios del poeta roteño: del embeleso ante una realidad recreada en la palabra poética a la íntima decepción convertida en gesto de disconformidad. Cuando todo es ya póstumo aplica esta visión dual a una dolorosa y muy concreta circunstancia vital. Si es una despedida, lo es desde una orgullosa reafirmación del papel de la palabra poética: “El alba era tu cuerpo / y era en mí ya mi verso, estas frágiles sílabas de cera que el sol hiere / sin que puedan borrarse”.

El camino del alba. Alfonso Alegre Heitzmann. Tusquets. Barcelona, 2017. 221 pp.

El camino del AlbaAlfonso Alegre Heitzmann (Barcelona, 1955) es conocido entre los lectores de poesía por haber editado de manera ejemplar el epistolario completo de Juan Ramón Jiménez y el último tramo de la obra poética del de Moguer, reunido en el tomo Lírica de una Atlántida. Y, como Juan Ramón, parece repartir sus esfuerzos entre diversas empresas de animación literaria y la elaboración de una obra poética personal que no siempre se ajusta a los formatos de difusión habituales. Tal vez por ello, El camino del alba, su última entrega poética, se presenta como un libro forzosamente misceláneo: no solo por acoger material procedente, según se especifica en la nota de solapa, de “plaquettes o libros de artista” publicados en colaboración con diversos pintores, sino, sobre todo, por recoger textos de distinto tono y formato, que incluyen poemas de muy variado espectro en verso y prosa, aforismos e incluso fragmentos que apuntan al ensayo de reflexión metapoética. Lo importante, en todo caso, es que el conjunto delimita con precisión un mundo poético propio, en el que predomina, en la estela de Valente, la preocupación por la definición del gesto poético en relación al silencio que lo precede y es su condición imprescindible (“Si el silencio nace en la palabra, no hay palabras vanas. Hay una verdadera resistencia del poema a la palabra. La palabra viene, pero el silencio que la trae calla infinitamente y al callar se nombra”), unida a una visión de la naturaleza, al modo romántico, como espacio de revelación (véase la secuencia aforística “De los sonidos que el bosque ama”: “Hay un adentro en el aire, lugar donde las hojas altas brillan, vibran, ausentes en la luz de su invisible”). Pero el bien informado eclecticismo de Alfonso Alegre Heitzmann lo lleva también a transitar también por el diálogo con la poesía china o japonesa, el soneto tradicional, el poema en verso blanco imparisílabo (véase el titulado “Évora”: “Se desnudan los árboles de fronda / para alcanzar la luz dorada / de la piedra en otoño…”) o el laconismo de la “poesía del silencio”. Son otras tantas maneras de abordar el misterio del ser y su relación con la palabra poética, en un contexto en el que se da por sentado que “lo sagrado es una cualidad constitutiva del ser humano”.  Juan Ramón, como se ve, sigue cerca.

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Autor/a: CaoCultura

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