La Casa Azul: luminosa melancolía pop

A principios de 2001 descubrí el electropop de La Casa Azul gracias a uno de los CDs recopilatorios que la revista Rockdelux regalaba —y sigue regalando de enero a marzo— con las “mejores” canciones del año anterior. El CD de marzo siempre ha estado dedicado a los grupos nacionales, y no son seleccionados según el criterio de los periodistas sino atendiendo a la votación de los lectores. Pues bien, entre los diecinueve temas musicales del disco de marzo de 2001 brillaba saltarina “Cerca de Shibuya”, una canción que a Yolanda y a mí nos hizo cantar y bailar antes de que supiésemos quién o qué era “Shibuya” y quién o quiénes “La Casa Azul”. La verdad es que nunca he tenido reflejos para las novedades culturales: el EP de seis canciones, titulado El sonido efervescente de La Casa Azul había sido publicado por el sello Elefant Records en el año 2000, aunque sus temas ya circulaban por las radios en forma de maquetas desde 1997.

Cerca de “Shibuya (barrio de Tokio de la moda juvenil, distrito por excelencia de los locales de entretenimiento, foco originario de la subcultura “kogal” pop y trasgresora…) es una canción difícil de analizar porque se trata de una pegadiza fusión de sonidos e influencias que sin complejos, y sin caer en el pastiche, consigue entremezclar europop, disco, house, pop asiático… hasta destilar un burbujeante refresco con el sabor naif de las pompas de chicle y la alegría bailona de un soleado guateque playero. No extraña que se la vincule al espíritu hedonista del sunshine pop y del bubblegum pop norteamericano de finales de los sesenta.

En la entrevista que firmó Jorge Obón para la revista Rockdelux, en el número de diciembre del año 2000, se anunciaba que “por fin estaba en la calle” el EP El sonido efervescente de La Casa Azul, disco para el que Guille Milkyway (productor y compositor) había “reclutado a cinco enigmáticos chicos”, a los cuales solo se les veía el pelo “en los retratos-ilustraciones de Gregorio Soria”, para que suplieran sus propias carencias interpretativas y diesen forma a un pop “saltarín y japonés”. Contaba Guille que los había descubierto en un bar de la Costa Brava, donde se produjo el “flechazo”: le fascinó que solo hicieran “versiones de soft-pop de los sesenta”; y que les encantara el sonido de la “California de las flores” o de los “grupos de eurodance de juguete como Aqua”. Milkyway concluía aquella entrevista con una certera profecía: “Tengo claro que La Casa Azul es un proyecto a largo plazo, y me da igual que sea una moda o deje de serlo”.

Y ahora que se cumplen veinte años de las primeras composiciones de Guille Milkyway para La Casa Azul —un proyecto musical que ha fluido por diferentes vertientes creativas (sintonías televisivas, BSO para cine o dibujos animados, campañas publicitarias, sesiones DJ, producción para otros grupos musicales como Fangoria)— podemos considerar que ha dosificado en exceso la publicación de sus propios discos. Tras su EP El sonido efervescente de La Casa Azul (2000) y su primer LP Tan simple como el amor (2003), llegaron las obras de “madurez”, La revolución sexual (2007) y La Polinesia Meridional (2011), discos radiantes que merecerían un puesto garantizado en el arca que rescatase del diluvio lo mejor del pop español. Pero lo que impacienta a cualquiera de sus seguidores (especialmente en España, Hispanoamérica, Corea del Sur y Japón) es que desde La Polinesia Meridional han transcurrido seis largos años y somos cientos de miles los que esperamos La gran esfera, el anunciado nuevo LP de inminente publicación. Lo sabemos porque el sello Elefant adelantó hace seis meses una primera canción, la deliciosa “Podría ser peor”. Todo un regalo con altas dosis de sadismo, que ha tenido el orgásmico efecto de desahogar la avidez onanista de sus admiradores, pero también el de mantenernos dolorosamente estimulados mientras fantaseamos con el resto de placeres que la acompañarán.

¡No puede ser mejor! ¡Que gustazo, que estribillo, que letra, que arreglos (coros, cuerdas, vientos, vocoders…), pura sustancia pop y esencia auténtica de La Casa Azul! “Una licuadora de estilos y sonidos” europop, soul, funky, disco, tecno y house, tal y como afirma la discográfica en su presentación. Nunca sabremos por qué cierta combinación de notas en una melodía pop de apariencia facilona nos atraviesa como un “flechazo” (ese pequeño crush de la canción). Seguramente esa fascinación inescrutable se esconda en un arreglo, en la armonía de unos ingredientes, en matices casi imperceptibles, en una elegante naturalidad… pero lo cierto es que esa magia acaba siendo verdadera y emocionante. “Podría ser peor” es un himno lúdico para corear y bailar, pero con esa luminosa melancolía, sí, con ese modo tan mágico de irradiar felicidad que tiene La Casa Azul cantando a los naufragios emocionales, al rencor, a los paraísos perdidos y a la fugacidad del amor… entre irónicos teclados de esperanza.

Esta es la magnífica promesa de un presente que no acaba de llegar. Pero si retrocedo de nuevo al pasado, a comienzos del siglo XXI, tengo que admitir que, con mi habitual despiste, tardé varios años en descubrir que los cinco chicos de La Casa Azul (Clara, David, Óscar, Sergio y Virginia), esos que desde el 2000 solo habían sido dibujos —imitando al grupo de bubblegum pop The Archies (el de la archiconocida “Sugar, Sugar”)— o esos que ya habíamos podido contemplar en carne y hueso, tan jóvenes y tan monos, en los videoclips de 2003, eran personajes inventados tras los que se ocultaba Guille Milkyway, nombre artístico de Guillermo Vilella (Barcelona, 1974), el músico, compositor, cantante, productor —cuerpo y alma en solitario— de La Casa Azul. La juguetona tomadura de pelo me la confirmó uno de los mayores melómanos de España, mi colega José A. Hernández Alcalá (Bailén, 1954), ejemplo de sabio paladar, coleccionista erudito, que se abstiene —por desgracia— de propagar su conocimiento y buen gusto por el mundo, pero que no para de descubrir interminables placeres a sus afortunados amigos.

“Superguay”, “Como un fan” o “El sol no brillará nunca más” son canciones estupendas del primer LP de La casa Azul, Tan simple como el amor (2003), de las que hizo videoclips el extremeño Domingo González (Ibahernando, 1965), autor del cortometraje indie-popero por excelencia, Las Superamigas contra el Profesor Vinilo (2003). Y cualquiera que se disponga a disfrutar del vídeo de “Superguay” (inteligente sarcasmo de maldad pija) verá lo bien que el cineasta captó el necesario espíritu poppy, radiante y polícromo, escogiendo espacios tridimensionales para unas figuras que destacan sobre fondos planos, blancos, vacíos y sin color.

En el segundo LP de La Casa Azul, La revolución sexual (2007), Guille Milkyway decidió desvelar su protagonismo personal y los chicos pasaron a convertirse en humanoides a sus órdenes. Los que estuvimos en alguno de sus conciertos de 2008 vimos a Guille solo ante el peligro, con sus humanoides transmutados en proyecciones de las pantallas del escenario. ¡Hay que ver lo que machacamos sus canciones (sí, “canciones” de verdad) durante aquel año! Disfrutando de sus originales letras, de sus arreglos fastuosos, de sus vocoders y sus samplers, de toda la sabiduría musical de un Milkyway que realmente es una enciclopedia “galáctica” de sonidos, entre los que predominaban los hedonistas del eurobeat, del northern soul, del italo disco y -de un modo explícito en el diseño de su estética- del nipón j-pop. Cada tema del LP es un microcosmos gozoso, aunque podríamos destacar “El momento más feliz”, “Esta noche cantan para mí” (sobre algunas de sus divas, como Blossom Dearie o Nina Simone), o la canción que podría haber triunfado en Eurovisión o haber sido nº 1 en cualquier radiofórmula, “La revolución sexual”.

Es imposible hacer aquí un repaso exhaustivo de la obra de Guille Milkyway, pues no solo es un artista inspirado, sino también un laborioso artesano capaz de resolver con profesionalidad todo tipo de encargos en los que vuelca su talento; algo que se puede demostrar admirando su solvencia para adentrarse incluso en el territorio “lolailo” de la rumba catalana: en su BSO  de la película Yo, también (2009) destaca la preciosa rumba homónima (con sabor a Los Amaya o Las Grecas), por la que recibió el Premio Goya a la Mejor Canción Original.

Y mientras esperamos ilusionados La gran esfera al completo, tenemos que aferrarnos al que fue su último LP: La Polinesia Meridional (2011), su obra cumbre hasta el día de hoy. Es muy difícil descartar alguna de las canciones de este álbum, pero hay tres inolvidables: “Los chicos hoy saltarán a la pista”, “La Polinesia Meridional” (inesperado “paraíso” inhóspito de islas gélidas cercanas a la Antártida) y esa maravilla disco de “Todas tus amigas”.

Música bailable con alma, un homenaje enamorado al Sonido Filadelfia, con sus delicados vientos y sus melódicas cuerdas (¡ese wah-wah del pedal de la eléctrica!). “Hoy sólo creo en Philadelphia, Norman Harris es mi dios”, canta Guille en honor al productor y arreglista de aquellos fantásticos 70 de los Teddy Pendergrass, Harold Melvin & The Blue Notes, Patti LaBelle, The O’Jays, Sharon Jones, Delfonics, Isaac Hayes, Barry White, etcétera. Aunque de la coctelera de sonidos de Guille —agrupando soul, funky, techno y pop— no fluye un batido incongruente, sino la actualización, con un estilo propio, de tantas sabrosas esencias del pasado.

Pero, en definitiva, quién sabe, es posible que La Casa Azul sea un “tontipop” de evasión, petardo, frívolo, vacío… y que nuestras entusiastas valoraciones solo intenten legitimar y justificar la caprichosa subjetividad de nuestro mal gusto. Nos da igual. Nadie es perfecto. Y nos encanta.

Juan Pablo Maldonado García

Autor/a: Juan Pablo Maldonado García

Soy licenciado en Geografía e Historia y siempre me ha gustado escribir y discutir sobre cuestiones evolucionistas, paleoantropológicas, históricas, astronómicas, filosóficas (pensamiento científico frente a oscurantismos y pseudociencias), teológicas (los monoteísmos y sus fraudulentas escrituras fundacionales); así como sobre otros asuntos más hedonistas de música y cine contemporáneos.

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4 Comentarios

  1. María Jesús Ruiz

    Hi, Juan Pablo, no sabía que eras compi de CaoCultura. Bienvenido. Por cierto, uno de los mejores restaurantes “japo” que conozco se llama Shibuya y está en León. Besos

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    • Juan Pablo Maldonado García

      Compañero intermitente. Muchas gracias. Besos

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  2. Juan Pablo Maldonado García

    Que interesante, EQ. Gracias.

    Imagino también que esos vericuetos que conectan los versos de Guille Milkyway con la lírica provenzal, aún los podemos rastrear hasta los horizontes aún más remotos de los poéticos desengaños amorosos de Safo de Lesbos…

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  3. Estoy bastante de acuerdo. No entro en el análisis musical ni icónico, que está muy bien hecho, pero, en cuanto a las letras, el interés radica en que GM actualiza la lírica provenzal, tanto formal como temáticamente.

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