‘Tarde para la ira’: justo a tiempo para el ‘thriller’

En la oscuridad de la sala de cine fui consciente de que Tarde para la ira me estaba emocionando antes de que ocurriera algo conmovedor. Sin tener claro el porqué, un gustillo epidérmico me atrapó desde el principio con una pasmosa naturalidad, como ocurre al escuchar esas canciones que a la primera impregnan de placer nuestro cerebro. Intuitivamente sospeché que si me estaba seduciendo tenía que ser por la belleza de su factura descuidada, por el movimiento de su cámara, por el pulso contenido de su ritmo, por su sabor a verdad…

Era una tarde granadina de la segunda semana del pasado septiembre, en los días de estreno de esta opera prima de Raúl Arévalo como director. Y salí del cine como aquellos devotos del recién fallecido papa Wojtyla (“santo subito, santo subito”), convencido de que Tarde para la ira debía de ser elevada a “clásico inmediato” del cine español. También salí con la intención de buscar información sobre ella. Supe entonces que una de las razones del aroma especial de su textura era resultado de una opción estética intencionada: la decisión de filmarla en celuloide (en peligro de extinción), tal y como hacen, con el de 35 mm, Martin Scorsese, Quentin Tarantino, Christopher Nolan o J. J. Abrams, principales líderes de la resistencia contra el imperio digital. Arévalo había elegido el Super 16 mm. Cuando este ancho de película, más “barato” y manejable, se pasaba a 35 mm para su exhibición en salas comerciales, dejaba un granulado especial, y este efecto justamente era el que de un modo completamente deliberado estaba buscando el director para su impecable debut.

Antonio de la Torre, que da vida a Jose en 'Tarde para la ira'.

Antonio de la Torre, que da vida a Jose en ‘Tarde para la ira’.

Uno de los pocos laboratorios de revelado de Super 16 mm se encuentra en Rumanía, de modo que las latas con el material filmado estuvieron volando en continuas y peligrosas idas y venidas. Y como el metro de película estaba costando un dineral todo el mundo tenía que estar especialmente afinado y concentrado a la hora de rodar. En fin, un acierto de Raúl Arévalo, pues ese toque vintage y amateur, ese tamiz granulado de luz plomiza, había merecido la pena y caló inconscientemente en muchos de los que éramos espectadores desprevenidos.

Considero todo un meritazo que una película de atmósfera sórdida, sucia, cruda, arisca… una película que se desenvuelve en los ambientes cutres de nuestras barriadas de clase media baja, en los ambientes de nuestros rancios usos y costumbres, de la ordinariez de nuestros bares, de nuestras pintas chabacanas, de nuestras rumbitas castizas (ya sea la melosa Por ella de José Manuel Soto, o la más racial Quiero de Bambino versionada por Miguel Poveda)… sí, considero todo un mérito que un filme así no caiga en la horterada, ni en el costumbrismo cañí, ni en el entretenimiento de acción violenta, ni tampoco en las poses del realismo social comprometido. Sin sermones ni exhibicionismos, sin bonitos encuadres ni cuidadas simetrías, sin estudiados claroscuros ni oxigenantes perspectivas, sin acción trepidante ni alardes de ningún tipo… la película me tenía completamente enganchado por la simple maestría de su punto de vista y el equilibrio contundente de su autenticidad sin imposturas.

Ruth Díaz y Antonio de la Torre, en una escena de la película.

Ruth Díaz y Antonio de la Torre, en una escena de la película.

Tras un impactante comienzo y un buen tramo pausado de calma posterior (en el que anida una extraña tensión), la película evoluciona hasta convertirse en una especie de road movie mesetaria (no es precisamente glamuroso el pueblo segoviano de Martín Muñoz de las Posadas) empapada de mala sangre. Me llaman la atención algunas críticas que solo la califican de interesante. La película es sobresaliente, mama de la esencia más turbadora de nuestro cine negro, y si la hubiera firmado Peckinpah, Eastwood, Kitano o Cronenberg, esos mismos críticos prejuiciosos elevarían a este western crepuscular castellano a la categoría de obra maestra.

Los actores están estupendos: los tres principales —Antonio de la Torre (Jose); Ruth Díaz (Ana), premio Orizzonti a la Mejor Actriz en La Mostra de Venecia de 2016; y Luis Callejo (Curro)— y secundarios como Alicia Rubio (Carmen); Raúl Jiménez (Juanjo); y Manolo Solo (“Triana”), ganador del premio Goya a la Mejor interpretación masculina de reparto. Sus personajes son tipos duros y al mismo tiempo vulnerables, con mucha bilis a veces, pero también con corazón. El merecido Goya a Mejor película demuestra que estos premios de la Academia suelen acertar.

Raúl Arévalo, en un momento del rodaje de 'Tarde para la ira'.

Raúl Arévalo, en un momento del rodaje de ‘Tarde para la ira’.

En el guión (escrito por el propio Raúl Arévalo y su amigo psicólogo David Pulido) no hay fisuras (otro Goya más a Mejor guión original). Es un seco itinerario del odio elaborado con inteligencia, con matices, con veracidad, con rabia y con pasión. Una película redonda precisamente porque se ha esforzado en no serlo. Parece mentira que sea el primer largometraje de un director novel (pocas veces un premio Goya en esa categoría ha estado tan claro), aunque, resulta evidente que el Raúl Arévalo actor ha estado absorbiendo conocimientos de los directores con los que ha trabajado, como Alberto Rodríguez.

El turbio realismo de la películas ibéricas con esta vena de la “mala sangre” podemos rastrearlo hasta llegar a La caza (1965) de Carlos Saura (filme que marcó al mismísimo Sam Peckinpah) o Furtivos (1975) de José Luis Borau, además de otras de Vicente Aranda, Imanol Uribe o Mario Camus. La música de Tarde para la ira —de Vanessa Garde y Lucio Godoy— tiene elementos de claro homenaje a Los santos inocentes. Pero la senda más reciente con la cual yo la siento conectada es la que arranca de otra sorprendente opera prima: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995), el trallazo del guionista Agustín Díaz Yanes. Aquí ya estaba trazado el camino de las mejores películas de nuestro cine criminal de hoy: La caja 507 (2002), de Enrique Urbizu; Celda 211 (2009), de Daniel Monzón; No habrá paz para los malvados (2011), de Enrique Urbizu de nuevo; Grupo 7 (2012), de Alberto Rodríguez; El Niño (2014), de Daniel Monzón también; y La isla mínima (2014), de Alberto Rodríguez una vez más.

El pasado 2016 ha incorporado los nombres de otros dos directores a esta lista de la mejor veta negra: Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) y Raúl Arévalo, culpable de la mala puñalada más certera que nos han dado últimamente los thrillers de nuestro país.

Juan Pablo Maldonado García

Autor/a: Juan Pablo Maldonado García

Soy licenciado en Geografía e Historia y siempre me ha gustado escribir y discutir sobre cuestiones evolucionistas, paleoantropológicas, históricas, astronómicas, filosóficas (pensamiento científico frente a oscurantismos y pseudociencias), teológicas (los monoteísmos y sus fraudulentas escrituras fundacionales); así como sobre otros asuntos más hedonistas de música y cine contemporáneos.

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2 Comentarios

  1. Magnífica crítica, adobada de múltiple información de muchas de las películas de cine negro de nuestra vida. Mi enhorabuena por convertirte ya, en un referente crítico de cabecera, imparcial, libre y sin las ataduras del libro de estilo de muchos, que se lo llevan calentito, para alegrar a los “Cerezos” de turno.
    Un abrazo amigo y sigue así.

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  2. Magnífica crítica, adobada de múltiple información, de muchas de las películas de cine negro de nuestra vida. Mi enhorabuena por convertirte ya, en un referente crítico de cabecera, imparcial, libre y sin las ataduras del libro de estilo de muchos, que se lo llevan calentito, para alegrar a los “Cerezos” de turno.
    Un abrazo amigo y sigue así.

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