Sobre un mar de libros y páginas de agua salada

La primera vez que salió a cubierta y se vino a la popa del puente estábamos al pairo y la mar en calma y el cielo era un satén negro salpicado de ojos o de dioses desconocidos. No recuerdo qué preguntó. Ya habíamos hablado antes y él era joven -veinte y muy pocos- y se llamaba Urco y era el segundo oficial en el puente. Sé que al cabo le pregunté si había leído Moby Dick, si sabía quién era Melville. Tenía un poco abandonado el hábito de la lectura, dijo, y no nos mirábamos porque sobre todo mirábamos al cielo. Moby Dick es una ostra que devorar en alta mar. Era su tercera campaña al atún, anteriormente había navegado el Pacífico. Siempre me ha llamado la atención, dijo, tal vez, refiriéndose al gran cachalote blanco. Le animé y le pasé la obra de Herman Melville al día siguiente. Pero claro, era el mar todo a nuestro alrededor, y el muchacho ya me veía como cimarrón viejo, y preguntaba, y yo le respondía que cuanto había comprendido del mar, apenas comprendido -el áspero carácter del marino, el liderazgo en las dimensiones de un navío, la terrible ansiedad, la pureza del aire y el espejo tenebroso del agua en la calma y el disfrute del monzón-, lo había encontrado en los libros. Fue entonces, probablemente, quizá solo lo imagino, que le dije Conrad. Le pregunté, ¿has visto Apocalipse Now? Y él respondió que claro que la había visto, que era una de sus películas preferidas. Hablamos sobre ella, claro, pero mis ojos miraban hacia otra parte. Ahí lo tienes, Conrad, dije, El corazón de las tinieblas. Le conté que se trataba de un polaco metido a inglés y que amó el mar y que escribió sobre su vastedad desde y hacia el corazón del marino. Fue tal vez cuando le hablé de La línea de sombra, de lo cercana y reveladora que le podía resultar, a su edad y en su oficio, confesé mi amistad con Jim, al que llamaban Lord, le dije que pensaba que la mezquindad y el heroísmo son en el mar la misma cosa y que el marino ya no podía pertenecer a ningún lugar, así como había sido desposeído de su lengua, de las expresiones corporales propias de un único lenguaje; y le dije que todo me lo había contado el bueno de Conrad, en un libro, en todos sus libros.

Peter O'Toole en el papel de Lord Jim
Peter O’Toole como Lord Jim en la película basada en la novela de Conrad.

Siempre y cuando no afectase a sus obligaciones en el puente, el casco como abandonado sobre la superficie de otro planeta, volvía Urco a popa, siempre pasada la media noche, con una pregunta que después eran ciento, y que yo apenas respondía saltando a otra página distinta, ya fuera de Meridiano de sangre como del inmenso e Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, así como del Nuevo Testamento o Física de lo imposible de Michio Kaku o Un antropólogo en Marte de Oliver Sacks. En realidad daba igual. Porque él escuchaba con atención y filosofaba en cada pregunta y entonces era yo quien escuchaba y luego preguntaba y al día siguiente, con el sol golpeando y la tensión de la jornada horadando las pieles y los espíritus, le pasaba cada título y él los recibía con la ilusión de quien ha encontrado aire que respirar en el más extraño de los encierros. Y volvía la noche. Yo no era más que el recepcionista del más inmenso de los hoteles. Y si el movimiento del barco se reducía a su balance lateral y al jaleo de herrumbres sin arranchar, yo ya lo esperaba, las pupilas perfectamente acomodadas a la oscuro y la paciencia templada por las tantísimas noches en solitario, y él regresaba, con un comentario intencionadísimo y casi siempre lúcido, con el agradecimiento arqueado en la sonrisa. Descubría que el libro era conocimiento, pero también placer, también amor.

Herman Melville.
Herman Melville.

Le dije que yo era un aprendiz, que también escribía. Nunca me miró como se mira a un loco, al ingenuo, al romántico en tiempos de la mentira, miradas que conozco. Que quería ser Conrad pero que también quería ser Melville, le dije; tienes que leer El viejo y el mar, de un buen amigo, el hombre que confundió la vida y la escritura, que se bebió la vida y luego la escribió, de Ernest Hemingway; y lo leyó y lo disfrutó, como todo lo demás, y luego me lo dijo. Él era el joven oficial y yo solo alguien que había mordido el polvo y navegado y a quien la mar mimaba y maltrataba a partes iguales. Convencido de su vocación, le dije que la lectura sanaba el corazón como la sal marina las rozaduras y los tajos. No debió de sentir lo mismo Charles Baudelaire, dije una vez, que rumbo a La Reunión, en este mismo océano, y hasta las narices de contar albatros, se arrojó por la borda, no sé si antes o después de escribir Las flores del mal. Y así era como le colocaba títulos y autores de rondón.

¿Por qué? Me preguntó. Y seguramente le di una explicación, sea por esta extraña manía de hablar cuando es más hermoso e inquietante el eco de una justa interrogación. Pero, ¿por qué? Recuerdo que entonces dije la palabra conciencia junto con otras palabras y dije necesidad. Quién puede saberlo. Otros, antes, ya lo hicieron, y hoy nos acompañan con su rastro de palabras, nos brindan la ventaja de la vida vivida, la sabiduría de cualquiera, que nunca es cualquiera sabiduría. También leyó a Machado, a McCarthy, la trilogía del mal de Menéndez Salmón y la urgencia novelística de Pablo Gutiérrez, libros que en el embrujo y la soledad de un camarote incursionan en lo profundo y construyen una duda a la que aferrarse cuando la rutina y la dureza obligan a levantar la cabeza.

William Faulkner
William Faulkner.

Fueron un buen puñado de noches estupendas en el que nos asombrábamos del universo sobre el palo de la cofa y hablábamos sobre libros, sobre ciencia y religión y ateísmo, sobre Jesús y Mahoma y el bosón de Higgs, sobre libros y más libros, personajes y sus creadores, historias ya imborrables, agarrándonos para no errar en el balanceo, bajo la noche y sobre libros, sobre la vida y sobre barcos, estelas de papel, espuma de tinta negra, libros.

Cuando llegó el momento de despedirse me dijo que ya no podía pasar un solo día sin leer. Yo le susurre William Faulkner y le desee buena proa y le di un abrazo.

Ocurrió un par de días después de rescatarlo de las autoridades malgaches, que no entendieron de aventuras tal y como él había aprendido a entenderlas y se lo quisieron llevar a pasar una mala noche en una cárcel de Antsiranana. Pero esa ya es otra historia.

Autor

  • Eduardo Flores

    Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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