Concepto gastado

Será difícil que yo vuelva a creer a alguien que me hable del concepto de solidaridad. No creo que pueda siquiera fijarme o atender bien a lo que me dice. Será -creo yo, aunque ya muchas veces me pasa- como si tuviera adosado a mi organismo un botón de OFF que se autopulsase en esos casos. Presionada esta tecla, ya no escucho nada. No cala en mi cerebro, no tiene credibilidad ni solidez para quedarse en mi mente.

Es imposible que la palabra solidaridad tenga cabida en cualquier contexto. Es mentira. No existe. Ha muerto. Creo que le ha pasado como a la palabra “balompié”. La ve uno en los escudos de equipos históricos y, por eso, podemos saber que esas palabras existieron un día. Pero hoy, como término, solo vive en esas insignias representativas de esos clubes y en los diccionarios. Lo que existe es fútbol. Y si me apuran, “fútbol moderno”. También ha ocurrido con la expresión “marchapié”. Yo, que soy andaluz, se la escuché a un policía gibraltareño hace más de veinte años y él mismo tuvo que explicarme que se refería a la “acera”. Y eso que entonces faltaba mucho tiempo para que el Instituto Cervantes abriera sus puertas Verja adentro. Menuda lección que me dio. Ya se sabe: Gibraltar es un lugar muy especial para el idioma.

Con la solidaridad ocurre igual. Es algo gastado, desconocido, no existe. A nadie le importa verdaderamente. Fue un edificio en el que murieron sus últimos habitantes. Dejó de repintarse, no recibe visitas. El cartero no deja la correspondencia ni nadie toca un timbre porque no funciona. Las macetas, antes cuidadosamente atendidas, son hoy restos marrones y resecos.

Campo de refugiados de Idomeni. Foto: Gonzalo Höhr.
Campo de refugiados de Idomeni.                                                                                                  Foto: Gonzalo Höhr.

Todo esto se me vino a la cabeza cuando vi a aquellos sirios que tenían que cruzar ese río de fuertes corrientes helados de frío, ateridos, intentando escapar de una muerte segura. Las imágenes de ese país que hasta hace nada enviaba sus deportistas a los Juegos del Mediterráneo -otra vez vecinos como lo fueron en los noventa los protagonistas de la sangría yugoeslava- no las vamos a olvidar nunca. Ya serán siempre una enorme vergüenza ante la que esquivar la mirada, las conversaciones. Un recuerdo muy amargo en un rincón de nuestros cerebros: “Eso pasó en mi época y no hice nada”. Los campamentos encharcados y helados, la gente que coge a sus hijos y se dispone a caminar hasta la extenuación, los palos policiales con los que han sido recibidos estos seres en muchos lugares. Imaginen cómo puede sentirse quien llega agotado a un punto fronterizo y allí lo reciben golpeándolo y haciéndole sentir un despojo en lugar de una persona.

Vemos impotentes esa tragedia y luego nos vamos a dormir tan tranquilos, como si ellos fueran una película que ahí queda. Como si tras la pantalla de televisión no hubiese realmente personas, sino actores de algo enmarcado en la ficción. Dormimos calentitos ¿Eh? Leemos algún libro, consultamos en nuestros teléfonos móviles las últimas novedades que nos ofrezcan las redes sociales y disfrutamos luego del calorcito de nuestras sábanas y edredones que huelen a limpio. ¿Saben lo peor de todo? Que así ha sido siempre. Y así va a ser siempre. Por eso solidaridad es un concepto gastado. No existe en la realidad. Se trata de una palabra sin contenido real ni tangible tras ella. Seríamos más coherentes y rigurosos si, como dice un amigo, al menos hablásemos con más propiedad.

Refugiados Gonzalo
Larga espera de refugiados en Idomeni.                                                                                                           Foto: Gonzalo Höhr.

Solo algunos se rebelan contra esa vergonzante realidad y allá que se embarcan a jugarse la vida por los migrantes. Nosotros -el mayoritario resto- permanecemos atentos a la pantalla, casi sin indignarnos ya de que no solo es que no seamos capaces de organizarnos, sino que tampoco lo son los responsables políticos de las instituciones que deberían hacerlo. Contemplamos bloqueados la improvisación, la desorganización, la falta de respuestas y de unidad… Ha sido muy sencillo, triste y decepcionante comprobar que no solo la solidaridad ha sido definitivamente finiquitada. También ha recibido sus últimos responsos en los días más recientes la Unión Europea. Era un nombre que brillaba. Hoy es juguete roto. Juguete roto y caricaturesco. Incapaz de nada. Sin energía, sin pilas, ni alma ni corazón. Despachos lujosos y nada más. Así es la vida.

Autor

  • José Manuel Serrano Valero

    Soy periodista. Nací en Pamplona (Colombia) y he vivido siempre en Algeciras y Málaga. He trabajado para el diario 'Europa Sur' y Radio Algeciras. Y lo hago desde hace unos años para la Junta de Andalucía. En 2015 publiqué mi primera novela: 'La azotea de los Innombrables'. Libros, flamenco y deportes son mis predilecciones. Tengo, junto a la también periodista Yolanda Olivares, una librería en internet que se llama www.pacopeco.es.

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