Ropa de bebé

Ayer salí a la calle tras quince días seguidos de encierro domiciliario. Me dirigía a la farmacia, a por mi dosis habitual de antidepresivos y ansiolíticos. Llevaba un fular negro anudado alrededor de la nariz y la boca que me hacía recordar a los embozados de Un soñador para un pueblo, y guantes de cuero que hacía años que no usaba. La noche que decretaron el estado de alarma me pasé en Internet hasta las cuatro de la madrugada intentando comprar mascarillas, guantes y gel hidroalcohólico para mi madre y mi padre, que tienen 76 y 79 años cada uno, para intentar salvarlos de la muerte, de la plaga que se extendía inmisericorde. La muerte propia no es el fin, el verdadero e insoportable final es ver morir a quienes amamos.

Llegué a la farmacia de mi barrio; había unas cuatro o cinco personas esperando fuera, casi todas con mascarillas y guantes, excepto un anciano muy vivaracho y con un gran resfriado de 78 años, que según se comentaba entre los clientes que esperaban acceder a la farmacia, era la quinta vez que lo veían ese día en la calle. Hay cierto tipo de personas tan aferradas a la vida, tan acostumbradas a sentir el viento suave sobre su rostro o a esa casi leve epifanía al beber un vaso de agua fresca, que creen que nunca van a morir. Se equivocan. La muerte es obscena y cruel y se venga siempre de la felicidad.

Me tocó mi turno y entré en la farmacia. Me separaba de las auxiliares una pantalla transparente de plástico o metacrilato. Quien me atendió era una chica que apenas pasaba de los veinticinco años, con ojos verde claro como las aguas de un riachuelo, a la que hacía varios meses que no veía. Cuando acabó de dispensarme los medicamentos le pregunté qué tal estaba y me respondió que acababa de incorporarse hacía unos días escasos. Le dije que yo creía que estaba de baja por maternidad –la última vez que la vi tenía un embarazo bastante avanzado–, y me respondió que no, que no era así, que su hija no había sobrevivido. Me conmovió como pronunció la palabra “hija”, como si se tratase de la más dulce y demasiado dolorosa intimidad. Solo acerté a decirle un tímido, “lo siento”, y a desearle ánimo, cosa que me agradeció.

Me marché con mi bolsa repleta de antidepresivos y ansiolíticos para un mes, preguntándome qué pastilla podría aliviar el dolor de aquella apenas mujer, la visión de ese cochecito vacío para siempre dentro de una habitación con una cuna demasiado blanca y las paredes decoradas con figuras de Disney. Pensaba en su dolor dentro del dolor de la plaga, como si se tratase de un perverso laberinto de muerte. Ella empezaría a contar  a partir de este año del horror, todos y cada uno de los cumpleaños de esa hija que nunca verá crecer, pero que envejecerá con ella.

Y mientras llegaba a casa pensé que escribiría un poema sobre esa niña muerta, como modesto y tal vez inútil homenaje, con palabras de familia gastadas por el uso, que son las únicas que traen algo de consuelo, que escribiría un poema para salvar su memoria, porque es lo único que sé hacer, a lo que he dedicado una vida entera.

 

Ismael Cabezas

Autor/a: Ismael Cabezas

Ismael Cabezas, La Línea (Cádiz), 1969. Graduado Social por la Universidad de Granada. Ha publicado los libros de poemas, ‘Paisaje para un ciego’ (2008), ‘Pisadas en la nieve sucia’ (2014) y ‘Sutura’ (2015). Sus poemas han aparecido en revistas literarias como ‘Así Roithamer’, ‘Cuadernos de humo’, ‘Cuaderno Ático’, ‘El coloquio de los perros’ y ‘Estación Poesía’. Es miembro del Instituto de Estudios Campogibraltareños.

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