Primera residencia

Recuerdo el día que invité a una amiga poeta a mi primera casa, allá por el cambio de siglo. Me dijo: «¡Niña, esta es una casa con vistas al interior!». Y efectivamente, desde ninguna ventana se podía ver el cielo. Quizá por eso la pinté de azul. Todo estaba dentro. Las casas que vinieron después tuvieron vistas más o menos panorámicas y balcones y azoteas. Tal vez por entonces escribí aquello de «Se vende un horizonte con ventana».

Mi fascinación por las ventanas viene desde antiguo. Me hipnotizaba mirarlas desde fuera. Desde niña, viajar en coche por la ciudad en el asiento de atrás se convirtió en mi mayor entretenimiento: imaginar las vidas de los otros dentro. Cuánta humanidad comprimida era capaz de ver en aquellas pantallas iluminadas. También eso me cuenta algunas cosas de mí. Ahora que todos vivimos en este encierro, pienso que nunca hemos tenido tan buenas vistas. Nunca como ahora hemos mirado del revés y hallado tantas cosas.

Nunca como ahora nos hemos asomado al exterior y nos hemos encontrado con la extrañeza de vernos a nosotros mismos mirándonos asomados a la ventana. Nuestro interior se ha convertido en nuestra primera residencia. Viajar desde nosotros a nosotros, nuestro itinerario esencial. Y no siempre es un camino fácil. En los últimos tiempos, pienso a menudo en aquellos que sientan su casa como prisión. Pienso en su horrible pacto con las paredes acechantes para obviarse, para no tropezarse con su propio rostro. Los imagino en su dolor colgando paños de los espejos. Algunos, más afortunados, hemos hallado en este confinamiento, al margen del dolor por la muerte y el espanto, un remanso, una especie de paraíso interior. Hemos comprendido que la verdadera enfermedad siempre ha estado fuera, que siempre ha habido un virus que nos confina una y otra vez al exterior, al simulacro, a la gran mascarada de esto que llamamos sociedad.

Ahora la sobreabundancia que queda fuera de los quicios llega a parecernos inútil, fatua, perecedera. A veces nos recordamos en las calles, felices o soberbios o seguros o enajenados, vagando de un lugar a otro y regresar siempre a estos muros o a otros. Pero la casa sobrevive a nuestras mudanzas. Permanece, nos sigue, nos persigue sin saber si es ella la que nos acoge o si somos nosotros quienes la cobijamos dentro. Nunca sabremos con certeza si fuimos nosotros los habitantes o los habitados.

Es curioso, hace un par de años comencé a escribir un poemario al que titulé, aún no sé si provisionalmente, Segunda residencia. Indagaba en el concepto de la casa como espacio interior, como predio de paso, como arquitectura de expulsión y de encuentro. Porque ya intuía que nuestra primera residencia somos nosotros mismos y que en estas paredes interiores se abren de par en par las ventanas desde donde mirar a lo lejos y ver lo que tal vez no está pero es. En uno de aquellos poemas escribía:

Sembrar el campo en la ventana

y que sean las estaciones

las que nos cuenten

lo que pasa en el mundo

(es un deseo simple

sembrado mansamente de llanura).

Y como todo el mundo sabe, los deseos a veces se cumplen. Lástima que en esta ocasión haya costado un precio tan alto.

 

‘Mañana en Cabo Cod’. Edward Hopper.
Imagen de portada: ‘Sol’. Edward Hopper.

Autor

  • Rosario Pérez Cabaña

    Rosario Pérez Cabaña. Poeta y profesora universitaria. Es autora de los poemarios 'Mientras tú cantas' (Dum Spiro Ediciones, 2007), 'Mi padre nació en Praga' (Ediciones en Huida, 2014), 'Quirón y los otros hombres' (Ediciones en Huida, 2016), 'Pavanas en la Roca' (Ediciones Ejemplar Único, Colección Poética y Peatonal, 2017) e 'Inventario. Fabulaciones, ficciones y otras verdades' (La Isla de Siltolá, 2018).

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