Phantasmagoria in two

                                              

Al hilo de una canción de Tim Buckley      

Si esto fuera un relato de terror, se diría que mi única finalidad es deambular por el mundo buscando esa parte de mí que me fue amputada de forma injusta. A esa fracción que sospecho que me falta, un órgano extirpado, la vejiga de una gaita, la podríamos llamar alma, pero no sería del todo exacto. Sea lo que sea, debió causar en mí el mismo impacto que un aerolito en una jaula de buitres. Vivo solo y no soporto la respiración ajena.

El antídoto a mis miedos es la velocidad. La fórmula de la distancia dividida por el tiempo que me expulsa de los márgenes irregulares de la mente.

Para no divagar, hago listas:

De los reyes godos.

De los emperadores romanos.

De las obras de Shakespeare.

Pero esta tarde mis nervios deshilachados confunden a Teodorico con Tiberio y pierdo el control y me desvío de la carretera principal, abandonado en un bosque sin contornos sobre el que la tormenta, que me persigue desde hace kilómetros, relaja con violencia sus esfínteres, como si cayeran del cielo los miembros de un animal descuartizado.

Mi psicólogo, un hombre inquieto y con la talla de un muñeco de vudú, insiste en que equilibre mis niveles de humedad. Me lo repite una y otra vez desde que le confesé que el agua me altera, sea cual sea su estado.

Me ha diagnosticado tres tipos de trastorno:

Sólido.

Líquido.

Gaseoso.

Si este fuera un relato fantástico, aquella silueta que vislumbro recortada por la niebla, sería una abadía en ruinas, pero no es más que una pensión empinada en el centro del paisaje, que deja al viajero la posibilidad de elegir entre dos vías secundarias, como si un gigante atrapado en su interior hubiera estirado las piernas.

Concentrado en mis cavilaciones, emprendo el camino del funambulista siguiendo el sendero de bayas de enebro que me conduce a una pensión sin nombre. Se lo llevó el último temporal, escupe el recepcionista, mientras registra nuestro apellido en lo que parece un libro de salmos, y me extiende luego una llave viscosa. Me limpio la mano en el abrigo. Mi psicólogo diría que debo empatizar con el género humano.

Pregunto si hay un espejo en la habitación.

Pido que lo cubran. 

Son las once y no he comido en todo el día, pero el hambre nunca ha sido para mí una urgencia. Prefiero acomodarme junto a la chimenea, decidido a negociar un pacto con el insomnio y tratando de recordar la obra de Shakespeare en la que dos gemelos son separados tras un naufragio. Cuando la botella de ginebra rueda sin eco por la alfombra, el acuerdo se firma.

Es la hora del lobo.

El recepcionista bosteza una advertencia severa e inicio la escalada hacia la penumbra del tercer piso, donde me espera un cuarto con las paredes pintadas de un tono óseo en el que todo parece estar en orden. Si no fuera por el espejo, cubierto con una tela salpicada de manchas de tiempo, parecería una celda benedictina.

(Hago inventario:

Bolsa de agua caliente (agazapada como una tortuga).

Tetera humeante en la mesilla (un artefacto de vapor rudimentario).

Toalla (cenicienta) sobre la colcha.

Cierro inventario).

Me acuesto y expando mi volumen corporal hasta que el exceso de líquido encaja en mi caudal sanguíneo como un afluente.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Si esta fuera otra escena del cuento de terror que llevo años reescribiendo, la tormenta, interminable, amplificaría sus alaridos y me desbocaría al galope de la locura, igual que el jinete sin cabeza, pero mi psicólogo insiste en que debo tratar de explicar mis sensaciones, así que me convenzo de que fuera solo diluvia.

Dentro, el espejo emite un sonido extraño, una variedad de aleteo de murciélago, de polilla desorientada en la habitación sin sueño, y lamento no haberme jugado a los dardos otra botella de ginebra.

Pienso, luego temo.

Hundo la cabeza de alfil en la almohada y, siguiendo los compases de lo que parece un vestigio de océano, me encojo igual que una larva enferma, cruzo los dedos y rezo y recuerdo que, una vez en mi vida, hubo un dios.

Éramos unos niños. Era nuestro primer verano sin mamá. Nos prometió que nos enviaría una postal de la estatua de Peter Pan en Kensington, fingió una mueca de payaso compungido cuando dijo os envidio, pasaréis las vacaciones en un campamento de la playa, mientras yo doy conferencias aburridas por Europa.

El espejo ahora es un pulmón que se hincha. Aspira un vaho acristalado y lo expulsa en cúmulos carbonizados.

Había escrito otro libro, un ensayo de las reminiscencias del gótico en las ciudades modernas. La noche del sábado, antes de la partida, nos permitió dormir en su cama y nos leyó Berenice. El viento rompió la persiana y ella, sin inmutarse, amontonó las hojas con los pies en una pira de aluminio. Sigamos, dijo. No hagamos esperar a Poe.

Trazo un mensaje de auxilio en la duna que se forma debajo de la cama, consciente de que la nave de los locos encallará de nuevo en el muelle de la memoria. Mi psicólogo opina que hay una parte de mí que se niega a crecer, que debió quedarse en ese rincón de Londres al que nunca fuisteis. Cómo se puede echar de menos un lugar en el que nunca se ha estado.

Mi cerebro, que pesa ya como el de un ahogado, piensa (luego teme) que enfrentarse al reflejo turbio que anticipa el sudario es ya inevitable y me pregunto cuál será la explicación que dará al fenómeno que acontece en el cuarto sin aire, cuando el vientre de mi yo paralizado dentro del pijama alumbra a mi otro yo con textura de niño, materializado en una especie de genio de las mil y una noches sin dormir. Estoy seguro de que humillará al hombre insomne y sumiso

ante el niño que piensa (luego decide y actúa)

y deja caer la tela de lino que neutraliza el olor a peces devorándose en la orilla.

El espejo nos devuelve el reflejo de un día soleado.

Es él.

Lleva nuestro bañador de delfines y suda detrás del balón. Le grito, pero no me oye. Un dique de fósiles se interpone entre su estatura y la mía, ahora igualadas en ambas latitudes. Golpeo el espejo con los nudillos, pero sigue corriendo, jugando con el destino inexorable. Éramos unos niños. Era nuestro primer verano sin mamá.

La recuerdo ajustándose las gafas de sol con el motor en marcha. Parecía un cuadro de Hopper.

Eres el mayor, me dijo.

Imagen de cabecera: Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Autor

  • Salud Botaro

    Salud Botaro Rodríguez (Cádiz, 1967) es periodista. Trabaja en Canal Sur Radio y Televisión en Cádiz. Ha publicado algunos de sus relatos en la antología 'Geografías bárbaras'. Pertenece a la compañía de teatro La Gaviota.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *