Vivir en la novela

Año sabático o la novela de un ocioso. José Manuel Benítez Ariza. Editorial Polibea. Madrid, 2024. 834 pp.

Uno de los dilemas literarios que nos plantea la posmodernidad es la disyunción existente o incluso la anomalía contradictoria entre el personaje de ficción —ya sea en el campo narrativo o en el entramado poético—y el yo propiamente dicho, con nombre y apellidos pertenecientes al autor del texto escrito. Así, el otro yo, aunque participe de las mismas vivencias y pensamientos de quien escribe, tiene la suficiente autonomía para generar sus propias historias o apropiarse de experiencias ajenas sin miedo a la impostura o al enmascaramiento. Naturalmente esta disyuntiva no es ninguna novedad en la narrativa, ¿pues quién confunde a estas alturas al Quijote con Cervantes, a Julien Sorel con Stendhal o a Stephen Dedalus con Joyce? En poesía, sin embargo, la taxativa separación entre vida y obra es más complicada y difícil de asumir. Se dice que quien habla es el “yo poético”, al margen de los sentimientos o el mundo interior del poeta, que en definitiva solo pone al servicio del personaje en cuestión, la técnica, la forma, el aparato metafórico y demás elementos retóricos: una buena excusa para aquellos autores casados que evocan aventuras de amor un tanto peligrosas más allá de sus ámbitos conyugales.

En el terreno de la memoria, la autobiografía o el diarismo parece que el invento, la fantasía o la imaginación no son aceptados por el lector ni por la crítica con la misma naturalidad que en otros géneros. Diría más: crean a veces obstáculos cuando no frustración por quienes esperan establecer una íntima confidencialidad con el autor, sintiéndose «engañados» cuando constatan la diferencia entre los hechos anotados y aquellos que ocurrieron en la realidad, como si la literatura memorialista tuviera que remitirse a un fiel testimonio o acta notarial de lo vivido. Recuerdo algunas opiniones desconcertadas cuando se constató que Jean Genet fue adoptado y se educó en el seno de una familia burguesa parisina, fue a un colegio de pago, no tenía nada de ladrón —tal como reza en su Diario— y, además, fabulaba sin prejuicios, como cuando hace referencia a su estancia gaditana y cuenta y cuenta con «veracidad» su forma de calmar el hambre al capturar con las manos los peces en la orilla de la playa, que después ponía a asar sobre la arena bajo los potentes rayos de sol. ¿Es que no puede haber ficción en el repaso literario de la propia vida? ¿No se le permite al escritor despegarse unos centímetros de aquello que llamamos verdad? Creo que la verdadera verdad —y valga la redundancia— reside en el propio texto, en la manera de contarlo y estructurarlo de tal forma que sin trampas ni cartón despierte un interés al otro lado del escrito, lejos del artificio y basado simplemente en la emoción que produce el resultado textual, tal como creo que ocurre en Año sabático o la novela de un ocioso, de José Manuel Benítez Ariza.

Todo este preámbulo viene al caso, no como justificación de un título que puede dar pie a cierta desubicación genérica, pues no hay nada que objetar acerca de un autor, del que ya conocemos su amplia y laboriosa trayectoria, sino  como aclaración subjetiva de un trabajo que responde a la formulación de un disciplinado diarista, que encierra entre sus 834 páginas la perspectiva y el planteamiento de una novela que se va escribiendo a sí misma conforme confluyen las entradas y anotaciones de su principal protagonista que, en este caso, es un escritor empeñado a su vez en escribir otra novela sobre unos hechos, una época y un paraje totalmente distintos a los aquí resaltados. Pero a su vez, esa misma novela envuelve de algún modo cuanto en esta se relata, reflexiona o se sueña: una especie de juego de espejos que permanentemente funciona como un guiño a lector o, mejor dicho, como una invitación a un inteligente viaje sinuoso por la memoria.

Fue Caballero Bonald quien llamó a sus dos tomos de remembranzas «la novela de la memoria», subrayando así el lance de que el acto de recordar es novelar, repartir el tiempo en fragmentos independientes, alterar los sucesos e incluso hacer propios aquellos que no ocurrieron realmente en la vida pasada, pero que, una vez rescatados del olvido, cobran su vitalidad en el momento de ser reconstruidos por la imaginación. En el caso de Benítez Ariza creo que la memoria es bastante fiel a su mirada, sobre todo porque este se vale de apuntes registrados en el acto, fruto, la mayor parte de ellos, de una paciente y sagaz observación, pulidos y retocados a la hora de agruparlos en una sucesión temporal que responden al «año sabático» o fragmento donde se urde la novela. Es decir, la disciplina de muchos años que como diarista ha tenido lugar paralelamente al oficio de poeta, narrador, articulista, crítico cinematográfico o labores de ensayo, ha sufrido un proceso de selectiva depuración para convertirse en testimonio de un protagonista que novela su vida o vitaliza una novela imaginada. El resultado es un libro perfectamente escrito, donde ningún párrafo o mónada está colocado al azar, sino respondiendo a una continuidad ascendente que nos atrapa, además de por la excelencia de su prosa, por una trama subterránea que, sin darnos cuenta, nos conduce por un complejo trazado de galerías subterráneas, a pesar de la claridad descriptiva y el pensamiento claro del autor.

A lo largo de la lectura del libro he temido la tentación de subdividir las entregas de esta novela-diario en diferentes apartados temáticos, pues se distinguen con absoluta exactitud los referentes a la poesía, la escritura, el escritor, el arte en general, la pintura, los viajes, las descripciones naturales, los planteamientos filosóficos y escenas familiares y paisajísticas, pero pronto caí en que cada pieza forma parte de un entramado ajustado a la perfección, que nos da idea de la rica y variada visión de un artista que ha construido su propio universo, no a partir de lo que él piensa sino del pensamiento generado por el orden y amalgama de este edificio.

Puedo decir que de todas las obras en prosa que conozco de José Manuel Benítez Ariza, esta es la más ambiciosa de todas y la mejor lograda, tanto por la variedad de los aspectos que toca, como por el refinamiento de su escritura, dueña de un estilo propio y liberada de cualquier tipo de amaneramiento, capaz de combinar el espacio interior con el exterior de un modo aparentemente sencillo, pero trabajado a conciencia y con rigurosidad. Y esto se percibe desde la primera página y se mantiene hasta la última sin el más mínimo atisbo de cansancio o repetición, sino todo lo contrario, con buen ritmo y pulso contenido, propios de un entrenado corredor de fondo.

José Ramón Ripoll y José Manuel Benítez Ariza durante la presentación del libro en la Fundació Ory de Cádiz.

A pesar del carácter novelesco que Benítez Ariza ha querido otorgar a este viaje a través de los trescientos días del año –aunque cada una las entradas aparezcan sin fechar dentro de doce capítulos de título homónimo a los doce meses—la voz del personaje se funde con la del narrador omnipresente, y este a su vez piensa y habla por boca del autor: un trío donde cada instrumento interpreta su parte en el contexto de una partitura única y general. Quienes conocen personalmente al escritor o estén familiarizados con su obra escucharán su timbre y reconocerán su ritmo, a pesar de la discreta distancia  establecida entre lector y autor, pues una de las cuestiones que queda clara desde el principio es que en este libro se huye del recurrente estriptismo literario al que acostumbran acudir ciertos memorialistas y que, por el contrario, la complicidad con el lector es fruto de una sutil y personal mirada hacia las cosas y lugares comunes de la vida, sin aspavientos y sin propósitos de descubrir nada nuevo. Es decir, la novedad estriba en la contemplación y cierto alejamiento de lo contemplado y en la descripción de la apacible cotidianidad que ofrece el año sabático, sin la estricta observancia a la que nos somete el tiempo acelerado, las modas, el miedo a perder el tren que pasa a su hora en punto para trasladarnos a un mañana forzoso y a veces redundante. La verdad es lo único que nos puede salvar de ese apresuramiento, y es lo que en el fondo de todas las reflexiones de este volumen abunda: una verdad que se sitúa por encima de lo clásico y moderno concebidos como etiquetas o marcas registradas, que conlleva el andar si prejuicios para mentar el mundo como el autor cree que hay que  hacerlo, y que lo mismo puede encontrarse en la apreciación de un paisaje de la sierra, en el canto de los pájaros, en un poema de Juan Ramón Jiménez, en un cuadro de Monet o en los cambios de luz de la naturaleza: «Aquí la luz es también azul, pero de otra. Manera, azul de fondo, de cueva marina, de madriguera. Un pájaro eleva su nota sobre el rumor de la fronda. Y parece que algo va a pasar o a manifestarse, como en esos cuentos en los que las hadas y los espíritus se dejan ver sólo en estos lugares recónditos…».

De algún modo y de manera muy consciente están presente en este libro la personalidad y escritura de Josep Pla, encomiado y bien leído por Benítez Ariza, sobre todo en la tarea nada fácil de extraer la belleza de las cosas sencillas, sin disquisiciones metafísicas ni adornos innecesarios, sino a costa de saber manejar el bisturí que pone de relieve la osamenta de lo observado más allá de todo lo que enturbia o impide su limpieza. Así, da igual que la novela se sitúe en Benaocaz —pueblo de la sierra gaditana donde el autor y el protagonista de esta novela pasan sus días más relajados—, en Cádiz, Puerto Real, Madrid, Barcelona, Tánger, Londres o Larache, porque aquello que realmente importa es más cómo se dicen las cosas que cuándo o dónde suceden. A propósito de un comentario de Anna Caballé sobre la literatura diarística y su superabundancia en los últimos tiempos, encontramos una reflexión que nos aclara y define la oportunidad del libro en cuestión. Para nuestro escritor, hasta el diario más secreto presupone la existencia de un interlocutor. Su categoría genérica estriba en una verdad interna que sostiene al texto más allá de su determinado estilo o formulación: una verdad humana tan intensa como la que encontramos en la poesía o en la narración.

«Llevo uno años —escribe J.M.B.A.—profesando esa convicción, que me sirve para pensar que tenía algún fundamento la decisión de armar libros diversos con textos que tuvieron su origen en el elusivo formato de un diario. Eran obras literarias, sí, además de diarios íntimos urdidos bajo un compromiso —que era también una convención literaria—de sinceridad. No podrían haber sido escritos de otro modo. Incluso aunque el resultado sea… una novela, ésta: la novela de un ocioso».

Imagen de cabecera: ‘El cañaveral’. José Manuel Benítez Ariza.

Autor

  • José Ramón Ripoll

    José Ramón Ripoll (Cádiz, 1952), poeta, escritor y musicógrafo, ha desempeñado una amplia labor de difusión musical y literaria a través de Radio Clásica, RTVE y diferentes tribunas y medios especializados. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Guernica (1979); Premio Villa de Rota (1980); Premio de Poesía Rey Juan Carlos I (1983); Premio Tiflos (1999), Premio Ángel García López (2015), el XXIX Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe (2017), Premio Corda de Ensayo (Fundación Corda , Nueva York, 2018) y Premio Europa in Versi (Casa de la Poesía de Como) al mejor poemario editado en Italia por La lingua degli altri (2021). Es académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de Cádiz y la Real Academia Hispano Americana.

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