No sólo es leer. La palabra se entrega suavemente, con el tempo adecuado, mirando a los ojos al interlocutor. Ni se arroja ni se impone: adopta el tono con el que hablarían dos niños jugando bajo una manta, en un mundo propio y cálido. “Es como aplicar la ternura a la palabra”, explica Armando Lara. Así, leer a otras personas es mucho más que transmitir las historias contadas por otro: algo sencillo, natural, pasa a convertirse en “algo extraordinario”. Lara preside la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz, una entidad con vocación de servicio a los que quieren que alguien les lea. Delante de estos lectores están ancianos, enfermos, presos y artesanas. Detrás, la técnica de la palabra vinculada, el proyecto La voz a ti debida, el eco de las personas-libros y una propuesta para la Ley de Dependencia.
Parte del grupo, veinticinco personas en Cádiz y El Puerto, se reúne en la sala de actos de la Biblioteca Provincial una tarde lluviosa de octubre para preparar un homenaje a Eduardo Galeano que incluye un balón de fútbol con citas del autor destinado a ser leído de mano en mano. Mientras la pantalla proyecta imágenes del periodista y escritor, Armando hace memoria de los inicios de la asociación. Esta iniciativa gira en torno a un nombre propio, el de Antonio Rodríguez, director de la Escuela de Lectura de Madrid, que durante algún tiempo dio clases de formación a profesores de la provincia. Inspirado por Farenheit 541 de Ray Bradbury, impulsó el proyecto de las personas-libros, los personajes que en esta obra burlan la prohibición de leer libros contando de memoria las historias. A pesar de la complejidad de la iniciativa, de ese gran esfuerzo para aprenderse las obras, tuvo cierta repercusión en Cádiz e incluso se hizo una ‘lectura’ de Gabriel García Márquez.

Más éxito tuvo el segundo proyecto de Rodríguez, La voz a ti debida. La iniciativa busca que la lectura sea reconocida como un derecho en la Ley de Dependencia, como se puede leer en su manifiesto, y se basa en la técnica de la palabra vinculada, que postula una comunicación que mira a los ojos y no grita ni impone. El proyecto encontró eco no solo en los que ya habían hecho suyo el de las personas libro, sino en un grupo más amplio de personas que inicialmente no tenían relación entre sí, aunque coincidían en ser amantes de la lectura y asiduos a la Biblioteca Provincial de la plaza de España. Algunos llegaron al proyecto por conocidos como Armando. O como Rosa de la Cruz, la profesora de Primaria ya jubilada y siempre lectora, capaz de dar vida con voz modulada y profunda a Jean Franklin, la hermana de Benjamin descrita en la Memoria del Fuego 2 de Galeano. A otros, como Lola Chapela, les llamó un folleto desde el mostrador de la biblioteca. “Qué cosa más bonita, leer a quien no puede, leerles las cartas de amores que han tenido, por ejemplo”, pensó entonces. La vida laboral no le dejaba tiempo, pero el tríptico acabó en su bolso y después en su casa. Y allí estaba nueve meses después, cuando la situación cambió y le dejó tiempo libre. Hace ya seis años que debutó con Platero y yo en la residencia geriátrica de las Tres Carabelas leyendo, según recuerda, demasiado deprisa. Ahora va todas las semanas a la Casa Villot y cada mes, a Fragela.
Hace ya ocho años que surgió el grupo gaditano. En 2007 fue la primera reunión con Rodríguez para recibir la orientación y se hicieron los trámites legales para darla de alta a la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz. Y empezaron a leer. Las primeras experiencias fueron en centros geriátricos privados del casco histórico. Después, la residencia Fragela de Casa de Viudas, el centro penitenciario de Puerto III y la Casa Villot, donde un grupo de mujeres tejen, bordan y oyen en un bajo de la calle Zaragoza convertido en un casa de muñecas de ensueño.
No sólo leer
“Mi familia viene de una zona rural. Eran cuatro hermanas y un hermano y mi madre contaba que, cuando acababan con las faenas del campo, cosían en la casa y mi abuela les leía”, dice Fidelia. Por eso, una de las tardes entre lanas e hilos del bajo de Zaragoza, dijo: “Sólo nos falta una lectora”. Y esas palabras repitió Ana Oliva Villot, la propietaria de la casa, a su medio pariente Lola Chapela, hará un año. El día que Lola apareció por allí con Como agua para chocolate bajo el brazo, a Fidelia “se le cayeron dos lagrimones”, describe Ana. “Esto es maravilloso, un lujo, el mejor regalo”, responde ella.

El grupo no echa de menos hablar mientras teje o borda. Pero, como están aprendiendo a realizar las labores, interrupciones hay. A no ser que la historia esté en un punto demasiado interesante como para dejarlo en ese momento. “Cómo íbamos a parar sin saber qué pasaba entonces con esa hija y con su madre”, rememora Ana. Al son de las palabras de Lola -y de Laura Esquivel- Teresa, otra de las alumnas, quedó tan absolutamente absorta que olvidó por completo que estaba bordando, la mirada fija en la lectora, recuerdan. A esta habitación del bajo de la calle Zaragoza no llega el ruido de la calle y todo está amortiguado por lanas, telares, colores y palabras. “Se te olvida el mundo real”, aseguran. Por ese mundo aparte han pasado Hortensia Romero, La niña de los tres nombres y ha sido sede del Club de los Viernes, entre otras historias. Y las que vendrán.
¿Se lee lo mismo a un preso que a los ancianos de un geriátrico? Si es Bécquer, la respuesta es sí. En Puerto III hay un preso reincidente en el delito del romanticismo decimonónico. Dos veces ha llevado las Rimas y Leyendas del sevillano a las lecturas de los viernes.
Clásicos como Machado, Alberti o Lorca son para todos los públicos. En los geriátricos, advierte Lola, se evitan las lecturas que aborden temas como la muerte o la soledad. En general, lo triste. En estas residencias gustan mucho los temas gaditanos y ríen con las historias de Alberti de La arboleda perdida.
Como en todo, hay «escuelas», y Rosa, la maestra, prefiere recitar un fragmento de lo que esté leyendo en ese momento “porque es donde estoy metida”, aunque con excepciones y cuidando que el texto sea apropiado: ya una vez llevó una obra sobre el genocidio de los armenios “y un preso me dijo que no sería capaz de leerlo. La siguiente vez llevé uno de Quiñones”.
Las lecturas de Puerto III dan para mucho, porque Bécquer puede llegar a convivir con Nietzsche y con lecturas un tanto inquietantes en ese escenario, como la Lolita de Vladimir Nabokov.
Armando, el presidente de la asociación, es uno de los encargados de las lecturas en la cárcel portuense. En el caso de los reclusos, la forma de actuar cambia un poco. Son estos los que toman la palabra. Lara habla entusiasmado de una reclusa gitana con tres hijos que apenas sabía leer y ahora se desenvuelve con soltura y serenidad en público, se siente bien leyendo; del que se privó de una ventaja por no perderse la sesión, de logros y momentos conseguidos en los tres años y medio que llevan acudiendo al centro penitenciario. Armando habla de gente que aprende, que se enriquece, que pierde el miedo escénico y gana confianza, a los que la lectura “les ha servido como detonante de cambio a nivel personal y de relación”. Habla de que ese “puchero” que se forma los viernes en Puerto III logra sacar “sabores” de la palabra escrita. Y de que en algún momento, en el que coincidieron presos estudiantes de la UNED y otros con estudios, el “nivelazo” que se dio no tenía que envidiar al de una clase de la facultad de Filosofía y Letras. Eso sí, en la cárcel, puntualiza Armando, no se producen debates: se evita la controversia y la confrontación.

Qué hacen
La Asociación hace algo más que leer a quien lo necesite. Organiza actos relacionados con la lectura, como el de Eduardo Galeano, que será hoy en la biblioteca, o el día del libro que se convirtió en una torre de Babel en la cárcel porque cada recluso eligió a un autor en su idioma. Armando habla con orgullo de las vez que la asociación logró meter al fin entre rejas (tiene una agenda muy complicada) al periodista, escritor, y ahora también director del Centro Andaluz de las Letras, Juan José Tellez y fueron a verle hasta las autoridades del centro; o cuando llevaron al cantante Javier Ruibal y su guitarra.
La próxima cita será mañana en la planta baja de la Biblioteca. Lola y Carmen, además de ir para la sesión de lectura a Casa Villot, terminaban de organizar el Encuentro de Tejedoras y Narración Oral, que se desarrollará de 17:30 a 19:30, organizado por el centro en colaboración con la Asociación, Urban Knitting Cádiz y Casa Villot con motivo del Día Internacional de la Biblioteca. Entre los preparativos, la elaboración de tejidos en los que se leen bordados lemas como «verso» o «biblioteca», todos ellos relacionados con la lectura, para decorar la biblioteca. El único requisito para participar es el gusto por tejer mientras se escucha un buena lectura.


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