CriSSis

La búsqueda de un depósito de droga adulterada conduce a verdades no por cotidianas menos vergonzantes.

Capítulo 33. Chapuzas.

Al teléfono la voz podría haber  pertenecido a una top model con un máster en Harvard y dominio de siete idiomas. La agencia también podría haber sido un lugar de muebles de metacrilato y paredes metálicas, pero en la dura y triste realidad era un chiringuito de mala muerte en un entresuelo, donde la secretaría era sesentona, gorda, tatuada y quincallera y el local un espacio ganado al hueco del ascensor, como la habitación bajo la escalera de Harry Potter, repleto de papeles, albaranes, pizarras de corcho y posters antiguos de equipos de fútbol y señoras en pelotas, la prueba de que la señora gorda, tatuada, quincallera y sesentona era bollera o compartía las excelencias de la oficina con un hombre que tenía el mal gusto de ser del Rayo Vallecano en vez del Atleti.

Aranda y Galiardo ni siquiera decidieron jugar a poli-bueno, poli-malo. En este tipo de lugares no merecía la pena. Si había sobrevivido tanto tiempo a cualquier investigación policial (y había calendarios colgados con Nadiuska posando que debían de ser de 1980 como poco) era porque se las sabían todas y tenían las espaldas bien cubiertas.

—Ah, aquí lo tengo, sí —dijo la mujer, rescatando de debajo de un montón de papeles a punto de desplomarse un albarán rosa con una letra ininteligible, como la factura de un restaurante chino—. Se recibió la llamada y se atendió. No hay más historia.

—¿Sabe cuándo se tardó en hacer el servicio?

—Por lo que veo —dijo la mujer, mirando el papel con una de las  lentes de las gafas que llevaba al cuello, unida por una cinta plateada—, lo normal.

—¿Tres horas?

—Quizá fuera una avería gorda.

—¿Me permite? —Galiardo extendió una mano, súbitamente caballeresco ante la cheli capaz de camuflar tan bien su acento por teléfono. La mujer, sorprendida y encantada a partes iguales, le entregó el papelito rosa.

Galiardo hizo el paripé de estudiar lo escrito, aunque no entendía nada. Le tendió el papel a Aranda, que asintió como si estuviera tan claro como una declaración de hacienda.

—¿Quién realizó el servicio?

La mujer indicó un garabato en la parte inferior, un garabato que hacía las veces de firma.

—Paco Molina.

—¿Puede llamarlo?

Como una eficiente cajera de Hipercor, la  mujer llamó por un interfono al ruidoso taller de la planta de abajo.

—Paco, aquí te buscan.

Ilustración de Manuel Martín Morgado,

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Paco Molina resultó ser un hombre ya entrado en años, arrugado y canoso, sin tatuajes pero con un anillo parejo al de la valkiria de Vallecas. Tenía un mono con las incongruentes letras de AESA, significara lo que significara aquello, y aprovechó la pausa para encender un cigarrillo en la oficina, a pesar de los carteles de no fumar y la presencia inequívoca de los dos policías.

—Sí, me acuerdo de este servicio. Saltó la cajetilla y el edificio se quedó sin luz un buen rato. Estas instalaciones antiguas, ya se sabe.

—¿Realizó usted el servicio?

—En realidad, no. Se nos pinchó una rueda a tres calles del sitio, ¿saben ustedes? Con la que estaba cayendo, y el Citroen muerto en la calle. Tuve que cambiar la rueda mientras el chaval se encargaba del servicio.

—¿El chaval?

—Sí, un tal Juanito Ponce. Lo tuvimos de aprendiz un par de semanas.

—¿Eso significa que ya no lo tienen? —preguntó Aranda, rápido al quite.

El hombre se encogió de hombros.

—Ya sabe usted cómo son los jóvenes y cómo es este oficio. Trabajan un mes, cobran y desaparecen para siempre jamás. O encuentran otro sitio o descubren que doblar el espinazo no es lo suyo.

—¿Juanito Ponce? ¿Lo conocían de algo?

—En realidad, no. Como a tantos. Te falta gente en el taller o para los servicios y las chapuzas. Pones un anuncio y se te presentan dos, con suerte. No te queda más remedio que aceptarlos.

—¿Con papeles legales?

—Por supuesto —dijo la mujer, como ofendida—. Menudo está el panorama para jugar con eso.

—¿Tiene los datos del chaval?

—Los debo tener por aquí. ¿Quiere que los busque?

—Si no le importa, por favor —dijo Galiardo, con una sonrisa.

Con apuro, la valkiria tatuada rescató a los dos minutos la ficha de alta. Los datos del chaval, y una foto. La foto era verdadera, sin duda. Los datos, posiblemente, serían falsos. Pero era un inicio. Ya sabían quién había entrado en la casa de Pepelu y había abierto la puerta. Este Juanito Ponce era uno de ellos. Los policías sabían que habían entrado dos hombres. Si el tal Paco Molina se había quedado cambiando la rueda del coche, aquello indicaba que el reventón no había sido por casualidad, y que alguien (¿el experto en drogas?) esperaba al muchacho en el apartamento de marras.

Rafael Marín

Autor/a: Rafael Marín

Novelista, articulista, traductor, guionista y teórico de historieta. Hombre orquesta, bullita. Además canto bien.

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