Aunque siempre a la vista –y son un elemento esencial del paisaje que gozamos quienes vivimos al filo de ciertas zonas de la bahía gaditana–, los flamencos han tenido siempre la prudencia de concentrarse en puntos de la marisma más bien fuera del alcance, dentro de lo posible, de cualquier intrusión humana. En estos días, sin embargo, se han ido acercando cada vez más al cantil del paseo marítimo y están ya casi a tiro de piedra –y digo bien, porque sé como las gastan los zagales (es voz local) de aquí–. Solo que ahora no hay niños que quieran probar su puntería, ni calafates aficionados que se pasen el día en las rampas de embarque sacando la pintura vieja de sus barcas a golpe de espátula, ni pescadores que espanten a la fauna con el traqueteo de sus motores de gasoil. Rige un decreto de confinamiento y la gente está encerrada en sus casas y los animales, poco a poco –los pájaros, sobre todo, aunque no descarto que pronto empiecen a aparecer cuadrúpedos, como sucede en Irlanda e Inglaterra con los zorros que se pasean por los suburbios poco transitados–, están recuperando lo que alguna vez fue suyo. Los vemos M.A. y yo desde la ventana y hacemos apuestas sobre cuándo se atreverán a dar el paso e invadir el espacio asfaltado. Tal vez si llueve y el terreno se encharca un poco…
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En nuestra primera compra semanal cuando se anunciaba la inminente entrada en vigor del decreto de confinamiento, nos encontramos con que en el supermercado la gente había arramblado con muchos artículos de los que suelen considerarse de primera necesidad: leche, carne, legumbres, jabón de manos y… papel higiénico. Especialmente de esto último la gente andaba acumulando cantidades ingentes, sin que uno se explicara por qué y sin que haga falta ahora entrar en detalles –en fin, a esto hemos condescendido– sobre las posibles alternativas caseras a dicho artículo. Cuando repaso esta nota, tres semanas después, parece que esa obsesión ha remitido. Queda por explicar a qué se debió. Un pariente sociólogo, al que hube de llevar a la estación el día antes de que se decretara la limitación de la movilidad geográfica, me explicó por el camino que el papel higiénico se había convertido en icono de la crisis, y que, por tanto, la gente se lanzaba a buscarlo y acumularlo por una especie de pulsión totémica: tener decenas de paquetes de rollos de papel higiénico en casa les daba seguridad, del mismo modo que, en otras épocas y circunstancias, esa misma gente habría erigido en sus casas altares a la Virgen o encendido cirios en honor de tal o cual santo. Podría decirse del papel higiénico lo que Wallace Stevens cínicamente decía del dinero: que es… a kind of poetry. Hay una poesía asociada al hecho de que recurramos a los símbolos para conjurar nuestros terrores. Si acaso, lo que se les podría haber reprochado a los acaparadores del preciado bien en cuestión habría sido, aparte de su flagrante incivismo, su falta de tino a la hora de elegir símbolos que merezca la pena recordar. Poesía sí, pero de la ínfima, de la que suele expresarse en pareados que se garrapatean con dedos embarrados en la puerta del retrete.
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Gestos hermosísimos por parte de algunos y canalladas por parte de otros. Y la sospecha de que quizá hay canallas que, en un momento dado, son capaces de un gesto hermoso, y viceversa. La imposibilidad de encerrar a la humanidad entera en un juicio moral simple, o incluso en uno con pretensiones de abarcarla en toda su complejidad. El resultado: la necesidad de confiar, casi sin fundamento, en que alguien nos recogerá del suelo, pongo por caso, si caemos fulminados por una fiebre súbita; y la aprensión de que, en esa misma coyuntura, otro querrá aprovechar para robarnos el reloj.
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Creo que he descubierto el porqué de la necesidad que algunos tenemos de acumular ciertas cosas –quiero decir, no ahora, sino de siempre– que, a la postre, ni siquiera tienen un gran valor económico: libros, por ejemplo. Cumplen su propósito nominal cuando uno los trae a casa para que satisfagan, digamos, una demanda concreta: información o distracción, pongo por caso. Pero su verdadera función es otra, como ahora se pone de manifiesto. Están ahí –los ve uno, expectantes, pulcramente ordenados en las estanterías, cada uno con su puñado de preguntas más o menos lacerantes y sus siempre precarias respuestas– para acompañar.
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Extraña coyuntura: unas cuantas grandes empresas se han puesto, según han hecho saber, “al servicio del estado” –o del gobierno, no me acuerdo de cómo lo han dicho– y anuncian que dejan de fabricar lo suyo para ponerse a manufacturar otras cosas que hacen falta urgentemente: mascarillas, gel desinfectante, equipos de protección, respiradores para los hospitales. El gobierno anuncia que va a intervenir hoteles, ahora en desuso, para convertirlos en hospitales improvisados para enfermos de no demasiada gravedad. Esto sucede, más o menos, en torno al día en que el discurso que el rey dirigió a la nación fue recibido con caceroladas y hasta los medios de comunicación más complacientes hubieron de reconocer la inanidad de las palabras del monarca y constatar el hecho de que evitara referirse al último escándalo relacionado con el rey anterior y las dudosas transacciones que se traía con cierta amiga suya…. ¿Se estará gestando, al modo frío y un tanto tecnocrático que hoy se estila, un cambio social y político verdaderamente importante? Recorría uno en esos días los pasillos del supermercado, convertidos entonces en los de esas desoladas tiendas estatales que se veían en los documentales sobre los países del antiguo bloque comunista, y, como tiene uno activado el gen de las aspiraciones espartanas, casi disfrutaba con el hecho de que, allá donde antes había una veintena de clases de jabón entre las que elegir, hubiera solamente una…
(Veremos como suenan estas palabras dentro de un año. Quizá entonces hasta a mí me parezcan frívolas o irresponsables. De momento, la sensación que predomina es… el estupor).
Imagen de portada: Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.


