Un argentino en Hollywood: el olvidado clásico Hugo Fregonese

En el reciente ciclo que el madrileño Círculo de Bellas Artes ha dedicado a la obra del productor Val Lewton, a quien se deben películas tan arriesgadas e imaginativas como Yo anduve con un zombi (I Walked with a Zombie, 1943) y La venganza de la mujer pantera (The Curse of the Cat People, 1944), dirigidas respectivamente por Jacques Tourneur y Robert Wise, sorprendió a algunos la inclusión del modesto pero efectivo western Tambores apaches (Apache Drums, 1951); no solo porque la trayectoria de Lewton suele asociarse a películas de género fantástico o de terror, sino también por arrojar alguna luz sobre la figura, hoy olvidada, de su director, el argentino Hugo Fregonese (1908-1987). Pocos aficionados recordarán, en efecto, que este cineasta dirigió notables películas tanto en su país como en los Estados Unidos, antes de acabar su trayectoria en el submundo de las producciones europeas de bajo coste e intentar de nuevo obtener el reconocimiento de crítica y público en su país con películas como La mala vida (1973) o Más allá del sol (1975).

No han faltado, desde luego, intentos de rehabilitar su memoria: en el centenario de su nacimiento, la Filmoteca del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) programó un ciclo de dieciocho largometrajes de este director, entre los que se encontraban algunos que han merecido el aprecio de la crítica internacional, como los policíacos Murallas de silencio (One-Way Street, 1950) y Martes negro (Black Tuesday, 1953), que también habían sido incluidos previamente en la retrospectiva “Á la decouverte d’Hugo Fregonese”, organizada por la Filmoteca Francesa en 2003.

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Y es que Fregonese fue, digámoslo ya, un clásico, en una época en la que parecía existir un claro consenso respecto a qué cabía esperar de una buena película y cómo debían manejarse las convenciones narrativas e interpretativas que aspiraban a ganarse el favor del público. Dotado de una inteligencia viva y un infalible olfato, Fregonese, que desembarcó en Nueva York sin saber hablar apenas inglés en 1935, en 1938 ya trabajaba en Hollywood como asistente de dirección y se hacía con un bagaje técnico y artístico que le permitiría, ya de regreso a su patria en 1945, figurar como codirector, junto con Lucas Demare, de Pampa bárbara, un notable western argentino ambientado en las guerras contra los indios de la frontera en los tiempos de la dictadura de Juan Manuel de Rosas. Pero lo verdaderamente curioso de esta película es que está rodada sobre la falsilla de La diligencia de Ford: su argumento transcurre también a lo largo de un itinerario iniciático, el que recorre un grupo de mujeres a las que un arbitrario decreto del gobierno ha enviado a la Pampa, donde la falta de compañía femenina es frecuente motivo de deserción entre las tropas allí destacadas. Fregonese y Demare no solo parecen conscientes del paralelismo entre su argumento y el de Ford, sino que también imitan con acierto algunas tomas y encuadres característicos del americano –entre ellos, los arriesgados contrapicados de los carruajes en marcha, al estilo de los que filmaba el operador fordiano Yakima Canutt– e incluso parecen adelantarse al maestro en rasgos que solo se afianzarían en películas suyas posteriores, tales como las tomas panorámicas de la caballería en marcha en medio de un paisaje grandioso, o la concepción misma de personajes como el comandante Hilario de Castro, secretamente humillado, como tantos oficiales fordianos, por su acatamiento de una orden de la que en el fondo disiente.

Una escena de 'Pampa bárbara'.

Una escena de ‘Pampa bárbara’.

No es extraño que Fregonese dirigiera luego películas en Hollywood: su sintonía con el clasicismo norteamericano parecía innata, como pudo comprobarse de nuevo en Apenas un delincuente (1949), la melodramática historia de un oficinista derrochador que decide cometer un desfalco y cumplir la condena correspondiente, en la seguridad de que luego podrá disfrutar del botín que previamente ha escondido. Pero lo llamativo, de nuevo, es cómo Fregonese acude a los tópicos y rasgos de estilo del mejor cine americano para sacudirse la tentación de entregarse sin más a los cauces del puro melodrama moralista, tan característico del cine argentino de su tiempo. La película, en efecto, se resuelve en un prolongado flashback que tiene lugar después de la frenética persecución que supondrá el fin de la carrera del atípico delincuente. Como en el cine de Raoul Walsh, el despliegue de violencia y falta de escrúpulos de los delincuentes apenas logrará poner en jaque la efectividad un tanto despersonalizada de un eficiente aparato policial dotado de todos los adelantos –coches patrulla, radio, modernas técnicas de investigación–; y, al mismo tiempo, el verdadero conflicto no será tanto el que enfrenta al delincuente protagonista con la policía, como el que se plantea entre éste y los diversos entornos con los que interactúa: sus compañeros de prisión, sobre todo, pero también su propia familia y la trama de pequeños intereses creados a la que todos acaban sucumbiendo.

Tal era el bagaje que llevaba este director argentino cuando inició su brillante carrera hollywoodense. De estos años, además de las películas antes mencionadas, cabe recordar la sorprendente Man in the Attic (1953), protagonizada por Jack Palance, y que es, después de El enemigo de las rubias (The Lodger, 1927 ) de Alfred Hitchcock, uno de los más logrados intentos de llevar satisfactoriamente al cine el no resuelto caso del asesino conocido como “Jack el Destripador”. La película de Fregonese logra el equilibrio justo entre la atmósfera de pánico colectivo suscitada por el caso y la despreocupada indefensión de la clase media, presentada incluso con cierto humor. Y acierta a resolver la complicada petición de principio inherente a una historia que debe tener un final más o menos feliz y, al mismo tiempo, atenerse a la premisa de que la identidad del verdadero Jack el Destripador sigue siendo un misterio.

Jack Palance protagonizó 'The man in the attic'.

Jack Palance protagonizó ‘The man in the attic’.

Fregonese, decíamos, conoció el proceloso mundo de las producciones europeas de bajo presupuesto antes de rematar su carrera con un par de películas filmadas en su Argentina natal, la mejor de las cuales fue La mala vida (1973), que podría encuadrarse en la revitalización que el género gansteril conoció en todo el mundo después del éxito de El padrino (1972), aunque también admite parangón con películas tan genuinamente argentinas como La Maffia (1972) de Leopoldo Torre Nilsson. La crítica local prefirió obviar esta última referencia y se mostró condescendiente con lo que les pareció una simple trasposición de un género foráneo. Pero lo cierto es que este relato del ascenso y caída de un malevo a la sombra de un jefe de la mafia local era, también, una inteligente disección de una violencia latente en la sociedad argentina cuya verdadera dimensión no tardaría en asombrar al mundo tras el golpe de estado del general Videla en 1976. Curiosamente, en los once años que aún alcanzaría a vivir, el ya veterano director no tuvo ocasión de hacer ninguna otra película. Entre los recuerdos suyos que conservó su sobrina, Clarita Fregonese, y a los que tuvo acceso el cineasta Fernando Spiner, se guardaba un guión de un Quijote que hubiera querido filmar con Anthony Quinn. No hubiera sido un mal colofón para una carrera que abundó en personajes quijotescos; y sobre la que, como le solía ocurrir al ingenioso hidalgo, pesan todavía enormes malentendidos.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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