Poemas pequeñoburgueses. Juan Bonilla. Renacimiento. Sevilla, 2016. 79 pp.
¿Qué puede esperarse de unos poemas que su propio autor califica como “pequeñoburgueses”. Muy poco, si atendemos a lo que se considera prestigioso o no en términos de apreciación literaria. Pequeñoburguesa era la cacharrería sentimental de Campoamor o la tralla afectada de Swinburne, la cursilería de Lamartine o la nostalgia campesina de Gabriel y Galán. Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) asume el riesgo de cargar con esa pesada herencia a cambio de sorprender al lector con una relativamente novedosa acepción del desprestigiado calificativo: la que apunta a las señas de identidad social (y cultural, por tanto) de quien, “nieto de proletario, hijo de proletario”, se deja la piel en el no del todo bien visto empeño de “dejar de ser lo que viniste a ser, / un proletario”. Sobre esta falsilla entre airada y resignada están escritos los mejores poemas de este libro apasionado y desgarrado, donde lo mismo cabe un pormenorizado relato (“El día de regalo”) de un día de homenaje que un hijo quiere dedicar al ambivalente recuerdo de su padre muerto (“Hay algo que nunca le perdonaré, / ni siquiera mientras le regalo el día. / Chicuelo, nuestro bóxer. / Nos lo trajo una tarde y unos meses después nos lo quitó.”), que un elocuente manifiesto a favor de “La secta de los viles”: “gente de clase media, nauseabunda”, que “vivieron sus vidas apagadas sin correr más riesgo / que el de vivirla a conveniencia”, pero de las que el poeta, que se siente “uno de ellos”, se atreve a reivindicar algún hoy poco apreciado logro histórico (“entre todos (…) sí lograron / ir desviando el poder hacia los más –que no son todos– y tuvieron la ocurrencia de repartir lo que pudieran / entre quienes nada tenían”. También, sobre todo, “definieron / la vida de otra forma / y desterraron la idea banal que repartía / el futuro entre cielo e infierno”. Éste es el mundo socio-sentimental en el que quiere situarse –un tanto a contracorriente, pero sin duda con más lucidez y sinceridad que otros muchos poetas pequeñoburgueses metidos a revolucionarios de boquilla– un Juan Bonilla más claro y transparente que nunca, más suelto en un discurso poético que no admite primores de vano lucimiento, y muy justamente irritado por lo que nos irrita a todos –a unos más que a otros– de la realidad política y social de la España de hoy: “Qué hermoso el policía antidisturbios. / hay un rayo de sol santificando / su casco de metal y en su visera / se refleja una masa enfurecida”.
Estar aquí. Raúl Pizarro. Libros Canto y Cuento. Jerez de la Frontera, 2016. 87 pp.
También Raúl Pizarro (Jerez de la Frontera, 1973) ha querido hacer frente desde la poesía a una realidad francamente mejorable, dominada por “las ruedas del llego, del no llego, del quiero, del no puedo…”, pero a la que cabe contraponer algunos momentos de sosiego, los recuerdos de un viaje o la resignada ensoñación de quien, “agotadas sus fuerzas”, piensa en su ideal de ocio (vino, una chimenea, Schubert, Leopardi) a la vez que constata melancólicamente una cierta insuficiencia de esos dones del espíritu para compensar la brutalidad del mundo circundante. En un deliberado tono asordinado, sin aspavientos, Raúl Pizarro traza un retrato de madurez no del todo desasosegante, pero tampoco tranquilizador, en un mundo de fugacidades (“apenas había algo permanente / de ese frágil pasado / que se aleja al decirlo”) en el que sólo cabe afirmar una cierta fe en la continuidad (“¿Cuántas vidas dan forma a nuestras vidas?”), en la capacidad del recuerdo para aferrarse a las huellas de quienes se han ido (“Mientras tú te morías / el rumor de unas cañas, / en un orden textual, / recitaba en el aire una sentencia”) y en los afectos transmitidos. Como sucede en casi todos los libros que ha publicado Canto y Cuento, este sucinto acto de fe se efectúa desde la palabra medida y un claro sentido de la poesía como forma de elegancia espiritual, en oposición a una modernidad caótica y olvidadiza: “Entre los bloques grises de una ciudad ruidosa / hoy me han devuelto al día / dos mirlos dando saltos en la acera”.
El ciclo de la evaporación. Álvaro García. Pre-Textos. Valencia, 2016. 55 pp.
Ha reunido Álvaro García (Málaga, 1965) en este libro los cuatro poemas largos en verso blanco que publicó como libros independientes entre 2002 y 2014, y que ahora se presentan, no como una simple suma o compilación de esos cuatro textos, sino como “su secuencia en progreso a lo largo de quince años”, lo que supone una amplia revisión de las versiones previas y una armonización de las partes en un todo que, leído en su actual estado, no presenta fisuras y es, como parece requerir la época, un demorado canto a la insatisfacción contemporánea, a la soledad y a la incomunicación en un contexto deshumanizado –aunque con resquicios a una enriquecedora contemplación de la naturaleza– y a la búsqueda de sentido en una realidad confusa. El gran acierto formal de la serie es la asunción del endecasílabo blanco –con variantes– como cauce para un largo stream of consciousness que desde el primer verso atrapa al lector y lo sume en lo que parece un demorado duermevela en el que se desgranan las realidades anteriormente citadas y se mezclan con una alucinada meditación sobre el tiempo, la identidad (“¿Tiene uno identidad o es sólo parte / del paisaje que duda en una vela?”), la culpa, el amor perdido y recordado (“Querernos siempre más, hacia el pasado: / habitar en la infancia uno del otro”), el dolor y la muerte. Un intenso malestar, a la vez que una sutil sugerencia de salvación en la lucidez, recorre estos versos, posiblemente uno de los ejercicios de construcción poemática más ambiciosos que ha deparado la poesía española de los últimos años.
No estábamos allí. Jordi Doce. Pre-Textos, Valencia, 2016. 101 pp.
También el último libro de Jordi Doce (Gijón, 1967) se abre con una desasosegante visión de la realidad contemporánea: “Fueron los tiempos de la nueva austeridad. / Lunas rotas en los escaparates / y el viento atravesando los relojes; / rostros que los espejos no apresaban / y palabras manchadas por el hambre”. Es sólo el telón de fondo para una inquietud que puede tener, obviamente, razones coyunturales –y el ingrato papel del poeta errante y de muchos oficios en un mundo precario no es la menor de ellas–, pero que tiene también una dimensión metafísica, que se traduce en el sentimiento de desorientación que expresan la mayoría de los poemas aquí reunidos: “No sé bien de qué hablamos / ni por qué… / Quizá sólo la noche / dijera cosas con sentido, / retirada unos pasos / junto al muro de las lamentaciones.” Tal es la posición del poeta viajado y polifacético frente a las múltiples realidades con las que dialoga, y a las que a veces solamente nombra en el título del poema (véase “Distrito Federal”, obviamente alusivo a la capital de México), pero que en la mayoría de las ocasiones bastaría con llamar “Aquí” (título de otro poema): un lugar sin contornos, acuoso e indefinido, en el que el poeta ve reflejada su propia pérdida de referentes espaciales o temporales (“Es un sol que amanece como si se pusiera”). No se trata, desde luego, de una poesía fácil o complaciente con el lector, al que casi nunca ofrece asideros anecdóticos o sentimentales. Pero alcanza a transmitir también, como hemos visto ya que sucede en la obra de otros poetas más o menos coetáneos, el amplio malestar de afrontar una época marcada por graves conflictos sociales y morales y no menos graves inseguridades metafísicas, que parecen dictar incluso la necesidad de imaginar en términos poéticos la llegada de un portador de revelación: “Así empiezan los cuentos” –y concluye este libro–: “un viajero regresa a casa”.

