Karl Owe Knausgard y Amelie Nothomb son los principales representantes de una nueva generación de narradores europeos, sólida y con éxito, que ha apostado por la autobiografía, ese pacto ficticio con el lector por el que nos tenemos que creer que autor, narrador y protagonista del relato son la misma persona y sin dobleces. Trato que desde luego cumplen muy bien estos autores de edad parecida, a tenor de las cifras de ventas y las críticas recibidas. Esta apuesta personal proviene sin duda del desgaste pronunciado del género más popular: la novela de ficción dependiente de un mercado masivo, convencional, que lo dictamina todo, qué debe leerse y qué no. Dado que las novelas se fabrican ahora como dulces o caramelos, nos cansamos del exceso de chocolate o novela negra, de los caramelos de fresa o novela rosa y sentimental, y no digamos nada de los cansinos chicles o hueras novelas históricas, obligados a masticar épocas manidas una y otra vez con héroe, heroína y malo malísimo sin matices.
A Knausgard y Nothomb no sólo les separan sus distintas nacionalidades, también la extensión de esas obras polémicas en las que nos cuentan su vida. Tal vez porque el noruego antes escribió novelas y la belga, cuentos. A lo que no renuncian en absoluto es al carácter vivaz de la narración, a la precisión en el vocabulario y a un cierto gusto por la provocación. No en vano las memorias de Knausgard ostentan el mismo título que las de Hitler y Nothomb suele mostrarse muy aguda y mordaz en sus observaciones.
La nostalgia feliz es oxímoron que nos remite a un espacio geográfico concreto: Japón. Lugar que Nothomb idealizó, más que conoció, al haber transcurrido allí sus cinco primeros años de vida en una infancia de lujo, ya que su padre era embajador, y al que regresó como jovencita de veintidós, para trabajar en una de esas grandes empresas niponas caracterizadas todas por jerarquías y disciplinas férreas. El resultado, desopilante, lo conocimos en Estupor y temblores. Un ejercicio narrativo brillante que relata sucesivamente su caída en desgracia, ya que pasó de ser contable a limpiadora de retretes masculinos. Muy recomendable. Poco después aparecería Ni de Eva, ni de Adán, relato en el que aborda su historia de amor con Rinri, un joven japonés acaudalado al que dará clases particulares de francés. Y con esta La nostalgia feliz parece cerrar una trilogía.

Y empleo el verbo “parecer” adrede, no solo porque no sabemos si volverá a Japón continuando así su propia epopeya nipona, sino porque en esta ocasión se trató de un regreso muy breve, resuelto en días escasos, casi turísticos, para los que contó con unas cámaras que estuvieron grabándola todo el tiempo, ya que el propósito del viaje era realizar un programa de televisión y preparar este libro. Por ello, y pese a los emocionantes y cálidos reencuentros con su niñera Nishio-san y su ex novio Rinri, flota sobre este libro cierta sensación intensa de impostura, ya que ante las cámaras se actúa, no se vive.
Con todo, esto viene indicado en la afortunada frase que abre esta última entrega de Nothomb: “Todo lo que amamos se convierte en una ficción”. Frase que tal vez deberíamos matizar porque somos nosotros mismos quiénes idealizamos y quiénes elaboramos dicha ficción, como bien se demuestra en esta obra. Y de ello participa el gran tema de este libro, que es la nostalgia. Sentimiento penoso hacia un pasado definitivo e irreversible que no podemos cambiar ni repetir, pero también memoria circunstancial que nos hace recordar todo aquello que nos hizo y nos hace dichosos, como la magdalena de Proust. Delante de las cámaras, manteniendo el tipo, esta nostalgia de Nothomb, al modo japonés, solo puede ser plena y feliz. Pero, ¿y sin cámaras, sin libro y sin registro a posteriori del hecho?, ¿hubiera sido tan feliz?
Todo ello nos hace cuestionarnos seriamente la etiqueta que colocamos a las obras de Knausgard y Nothomb, calificándolas bajo el epígrafe de “literatura de no ficción”. Porque si bien ambos reúnen méritos más que sobrados para formar parte del corpus literario, la traducción emocional del pasado inevitablemente se llena de adornos que los hechos presentes no tienen. Pese a la concisión del libro de Amélie, 144 páginas que podemos ventilarnos en dos horas escasas, este libro da mucho que pensar sobre la propia existencia. Tal vez no se trate de la mejor entrega de Nothomb ni la más aguda, pero no les defraudará.

