Capítulo 28. La comisaría.
El comisario Hipólito Galván tenía dos hipotecas, un amago de infarto y colesterol del malo a las espaldas. Un oficio que amaba pero lo ponía de los nervios y un montón de papeleo que odiaba desde los tiempos en que era un número de a pie, pero que tenía que hacer cumplir a sus subordinados porque el jefe lleva implícito en el cargo salvar su culo y cumplir las normas.
—No me vengáis con coñas —escupió, metiéndose en la boca un regaliz con el que intenta pasar el mono del tabaco, ahora que ni los vaporizadores estaban permitidos en la comisaría—. Es imposible que no tengáis nada.
—Algo tenemos, jefe —respondió Manolo Aranda, sonriendo para sus adentros porque él sí había logrado dejar de fumar hacía ya cuatro años y notaba los malos ratos que estaba pasando el comisario—. Que un juez de instrucción nos crea y nos de cuartelillo es ya otra historia.
—La pista más sólida que tenemos son las fotos de la boda de marras. Estoy seguro de que podremos tirar de ahí —dijo Mique Gallardo, siempre acicalado como si fuera a hacer de detective en una serie televisiva. Lo salvaba el hecho de que era buen policía.
—Tengo la centralita ahogada de llamadas. Hay docenas de locos que escriben a los periódicos reivindicando todo tipo de crímenes, algunos inventados, otros leídos o vistos en los noticiarios —resopló Galván—. Mierda de telebasura. Ayer uno estuvo a punto de aparecer en directo anunciando la autoría de la muerte de la jueza. Menos mal que nos enteramos a tiempo, porque el imbécil no contó primero en Twitter. Tuve que amenazar al presentador con detenerlo por tráfico de estupefacientes. Se cagó por las patas abajo y el tipo en cuestión no salió en antena. Meléndez y Enciso han estado toda la noche interrogándolo. No tiene ni idea de los detalles. Está limpio.
—¿Tanta gente se ha creído la teoría conspiranoica del Gorka Martínez ese del programa de los fantasmas?
—Y las que vendrán. La gente se aburre. ¿Tu vida no tiene sentido? Juega a ser terrorista por un día.
—Pero se trata de eso, ¿no? —dijo Aranda—. ¿Terroristas?
—O asesinatos en serie.
—Para que sean asesinatos en serie tendría que haber una pauta, jefe —puntualizó Gallardo—. Y no hemos encontrado ninguna digna de mención.
—A lo mejor la pauta es justo la que dice el caradura ese de los programas de marcianos.
—¿El karma?
—La crisis y las putadas que la crisis está gastando a la gente. Es posible que sí, que alguien haya decidido reaccionar y tomare la justicia por su mano.
—¿De verdad crees eso, jefe?

—Yo no creo ni dejo de creer nada. Tengo un puñado de pijos envenenados con coca. Tengo una jueza muerta en la bañera en un accidente doméstico de lo más gilipollas. Un supuesto corrupto al que le cae encima la puerta del garaje, coma a Joaquín Prat. Y otro angelito de la misma ralea que es atropellado tantas veces a la entrada de una curva que tuvieron que rascarlo del suelo con espátula. Entre otros varios.
—Aquí hay algo. Lo que no sabemos es quién está detrás.
—¿Las fotos de la boda?
—Sabemos quién las tomó —contestó Gallardo—. Es fácil cotejar la lista de invitados con quien no aparece. Ya hemos decidido seguirla, a ver si tiene contacto con Pepelu Cortés y nos puede aclarar cómo le manipularon la droga. En casa del prenda ese no encontramos nada.
—Y está el preso fugado. Vladimir el rumano dice que un par de tipos fueron preguntando por droga. Gente nueva.
—¿Qué interés puede tener el rumano en todo este asunto?
—No querrá que se le fastidie el negocio. La mala publicidad le afecta. Aunque siempre está libre de polvo y paja, si corre la voz de que tiene en la calle jaco del malo se le acaba el negocio.
—Nos ha dado un nombre.
—¿El viudo de la mujer que dejó tuerto a Roldán?
El comisario torció el gesto al mencionar el nombre. Dos años de seguimiento se le habían venido abajo cuando un juez lo dejó salir por la puerta alegando defecto de formas. El juez, naturalmente, estaba ahora mucho más alto en el escalafón.
—Ese mismo —dijo Aranda, compartiendo la misma amargura—. Elucubrando por elucubrar, pienso que el rumano ha visto algo en él que no le gusta, y por eso nos ha dado su nombre.
—¿Sabemos dónde está?
—Hasta hace tres días, en un barrio de chabolas. Ya se ha pegado el piro, naturalmente.
—Decidle a Castro que investigue en el barrio. Alguien sabrá dónde puede haber ido. Y tendrá idea de quiénes fueron a preguntar por la droga.
—¿Castro? ¿Ya ha salido del hospital? ¿Ya no está suspendido?
—Ha salido del hospital y ya no está suspendido. Pero es su última oportunidad. Joder, toda la vida infiltrándose entre los malos y los antidisturbios le parten las costillas en una manifestación.
—Y luego, una vez descubierto, le roban la pistola.
—Exacto. Tarde o temprano dispararán esa pistola. Y a Castro se le acabará de caer el pelo. El chaval está ansioso por resarcirse.
—Pues lo tiene tan difícil como nosotros.
—No —dijo el comisario, partiendo el regaliz de un mordisco salvaje—. Todavía tengo que cotejar más de dos docenas de emails y cartas de gente que se responsabiliza de las muertes. A menos que queráis echarme una mano, claro.
—Nos encantaría, jefe. Pero la calle nos espera.

