Norman Foster: un inglés en Nueva York

Mientras la vieja Europa intenta recomponerse de la devastación, en la que la dejó sumida la Gran Guerra,  al otro lado del Atlántico los años que siguieron a la contienda se ofrecen para los Estados Unidos como una oportunidad para el crecimiento económico, el desarrollo  tecnológico y el incremento del consumismo y el bienestar social. Oportunidad que no estaban dispuestos a dejar pasar de largo y que dieron lugar a los llamados felices años 20. La sociedad americana se siente orgullosa de sus logros y consciente de su superioridad, como puede leerse en una de las crónicas del boletín de la Sociedad Geográfica de los Estados Unidos, en la que se explica que antes de la guerra “el mundo seguía su camino fijándose en la moda francesa para los vestidos, las joyas o los perfumes; comerciando, según los métodos ingleses; viajando a Alemania para buscar ciencia y música. Pero ahora nosotros hemos cambiado todo esto. El jazz americano está a punto de expulsar a Wagner de Alemania, la arquitectura americana supera a la de la Grecia clásica”.

Esta última afirmación quizá puede resultar exagerada, pero no cabe duda que la bonanza económica de los años 20 supuso para Nueva York un auténtico bum en la construcción de los rascacielos, saludados por Le Corbusier como las nuevas catedrales blancas del siglo XX, una exhibición impúdica del quién es quién del dinero,  “encargados de una misión: la de proclamar un nombre propio, el de un éxito financiero, una fortuna, una potencia del dinero. Del mismo modo, en la Edad Media, en San Gimignano de Toscana, las luchas de hegemonía entre las familias de la pequeña ciudad dieron como resultado la aparición de sucesivas torres incesantemente altas, cada vez más altas; su altura señalaba el triunfo de una familia y el aplastamiento de otra”, escribe el arquitecto franco-suizo. En aquellos años, W. Van Alen comenzó a levantar el Edificio Chrysler, y Shreve, Lamb y Harmon proyectaron el Empire State, por citar solo algunos de las más emblemáticas de estas construcciones.

Vista de la Torre Hearst diseñada por Joseph Urban en 1928. (Foto: Leonard J. DeFrancisci. Wikipedia)

Estos nuevos ricos, cegados por la ambición, no fueron capaces de adivinar el frágil equilibrio sobre el que se sustentaba su posición, como se demostró el 24 de octubre de 1929, el conocido como jueves negro en el que se hunde la Bolsa de Nueva York llevándose por delante muchas de las fortunas amasadas durante esos años. La crisis afectó a la construcción de diferentes modos. Muchos proyectos de rascacielos se cancelaron directamente y nunca vieron la luz; otros se modificaron sustancialmente, sobre todo en lo relativo a la altura inicialmente proyectada; pero hubo también quien  aprovechó los bajos costes de producción, para concluir felizmente los que se habían ya iniciado o estaban a punto de hacerlo, como el propio Empire State o el Rockefeller Center.

Uno de aquellos millonarios que aspiraban a clavar su bandera en el cielo de Nueva York era William Randolph Hearst, un personaje de película, en el sentido literal, en el que se inspiró Orson Welles para crear a Charles Foster Kane, el mítico protagonista de Ciudadano Kane (1941). Hearst era un poderoso magnate de la prensa, dueño de un formidable imperio mediático —un imperio dentro de un imperio, se dice en la película de Welles— que llegó a contar con veintiocho periódicos de circulación nacional, dieciocho revistas, productoras de cine, agencias de noticias y estaciones de radio. Es fácil imaginar lo que ello conlleva de influencia política y creación de opinión pública en beneficio propio. Considerado como uno de los inventores de la prensa amarilla, alentaba escándalos y manipulaba noticias sin ningún tipo de escrúpulos, con el único propósito de incrementar las ventas de sus rotativos o defender sus intereses comerciales y políticos. El ejemplo más notable de todas estas manipulaciones fueron sus editoriales plagadas de mentiras y falsas acusaciones contra España, exigiendo venganza por el hundimiento del Maine en 1898 en el puerto de La Habana, que resultaron determinantes para la declaración de guerra de los Estados Unidos a España. Es conocido el cruce de mensajes que mantuvo con Frederic Remington, un importante pintor e ilustrador que también se ganó la vida como corresponsal de guerra, a quien Hearst envió a Cuba para cubrir los acontecimientos. Cuando este le pidió regresar a Estados Unidos explicando que todo estaba tranquilo en Cuba y nada parecía indicar que fuera a producirse una guerra, Hearst le respondió “usted proporcione las ilustraciones que yo proporcionaré la guerra”.

Torre Hearst. Norman Foster, 2006. (Foto: Gonzalo Durán).

En 1928, como no podía ser menos, Hearst encargó la construcción de un nuevo rascacielos para albergar la sede de su imperio editorial, en la 8ª Avenida, entre las calles 56 y 57 en Manhattan, formando parte de un plan urbanístico que pretendía hacer de la zona de Columbus Circle el nuevo centro cultural y comercial de Nueva York. Le confió el encargo a Joseph Urban (1872-1933), prolífico artista, arquitecto y diseñador, cuyos logros incluyen magníficos edificios Art Deco, espectaculares producciones de Ziegfeld Follies y grandiosos decorados para la Ópera Metropolitana de Nueva York. Urban, austriaco de nacimiento, comenzó su carrera con gran éxito en el lujoso ambiente cultural de la Viena imperial de fin de siècle, una ciudad concurrida, bulliciosa y elegante, en la que convivían G. Mahler, G. Klimt, E. Schiele, S. Freud, S. Zweig, y arquitectos de la talla de Adolf Loss, Josef Maria Olbrich y Otto Wagner. Urban, cautivado en aquella época por el Modernismo se movió en el círculo de la Secesión vienesa, pero luego se separó de ellos para unirse al grupo Hagenbund, del que  llegó a ser uno de sus miembros más destacados, antes de trasladarse a Estados Unidos en 1911. Su primera parada fue Boston, y de allí pasó a Nueva York, donde empezó a trabajar como escenógrafo de la Ópera Metropolitana. También se sumergió en una asombrosa variedad de proyectos diseñando clubes nocturnos, salones de hoteles, rascacielos, teatros y escenarios teatrales y cinematográficos —muchos de ellos para las películas de la actriz Marion Davies, la amante de Hearst—. En este último campo, el de la escenografía, fue un auténtico renovador, aportando una nueva visión a la escena de Broadway y revolucionando el teatro norteamericano de su época. Se hizo tan famoso que se cuenta que durante una breve hospitalización anterior a su fallecimiento en 1933, para pasar desapercibido tuvo que registrarse en el hospital con el nombre de John Smith. Aunque su producción creativa fue inmensa, es muy poco lo que ha quedado de su trabajo: en Florida, el complejo turístico Mar-a-Lago (1926), en Palm Beach (actualmente propiedad de Donald Trump); y en Nueva York, el edificio de la Nueva Escuela de Investigación Social (1930) y la base de la Torre Hearst (1928).

La crisis del 29 dañó seriamente las finanzas de Hearst, y el proyecto se paralizó. Sólo había dado tiempo a construir los seis pisos de lo que siempre estuvo pensado como base de un rascacielos que debería haber llegado hasta las veinte plantas. El bloque es una síntesis de ornamentación art deco, influencia secesionista y teatralidad barroca, revestido de piedra, “más adecuado para una casa de Hollywood que a la vista de Central Park”, escribe Deyan Sudjic. Cuando se terminó la base, el crítico de arte de The New Yorker, George S. Chapell, destacaba las monumentales columnas de la fachada, “vigorosas y llamativas”, así como “el excelente carácter de las figuras esculpidas que ocupan su lugar en el diseño con un éxito inusual”, y que hacen de esta obra de Urban, ciertamente, una arquitectura teatral. Los grupos escultóricos fueron obra del joven escultor alemán Henry Kreis (1899-1963), y son figuras alegóricas de las artes e industrias relacionadas con el programa cultural que impulsó en sus orígenes el desarrollo de Columbus Circle.

Escaleras mecánicas de la Torre Hearst. Norman Foster, 2006. (Foto: hearst.com).

Habrían de pasar ochenta años para que sobre aquella base art deco diseñada por Urban se levantase, por fin, la Torre Hearst (2006), uno de los últimos rascacielos en incorporarse al skyline de Nueva York y el primero en proyectarse desde los atentados del 11-S. A la vista del trabajo ejecutado por Norman Foster, solo cabe decir que la larga espera mereció la pena. Con motivo de su inauguración, desde su columna The Sky Line Paul Goldeberg, el influyente crítico de arquitectura de The New Yorker , no siempre complaciente con Foster, finalmente se rinde ante el arquitecto, al que primero presenta como “el Mozart del modernismo”, para luego pasar a afirmar categóricamente que estamos, no sólo ante “el rascacielos más innovador desde el Seagram Building”, sino también ante “el rascacielos más hermoso construido en Nueva York desde 1967, cuando Skidmore, Owings & Merrill completaron el increíblemente sereno 140 Broadway, en el bajo Manhattan”,  y puede que se quede corto.

Entre todos aquellos rascacielos que se han ido construyendo alrededor de Times Square y Columbus Circle, un collage de gigantescos rectángulos de cristal, la Torre Hearst llama poderosamente la atención, y no precisamente por su altura, muy modesta para los estándares neoyorquinos — sus cuarenta pisos  tan sólo alcanzan los 182 metros, lo que no le da ni siquiera para entrar entre los cien edificios más altos de la ciudad—, sino por la fuerte personalidad que irradia, tan singular. En su carta de presentación en la Gran Manzana, Foster se muestra como aquel caballero inglés de la canción de Sting, que nos contaba que no había más que verle beber té en lugar de café, caminar por la 5ª Avenida con el apoyo de su bastón siempre a su lado, observar sus modales, o escuchar su acento al hablar, para darse cuenta de que era inglés, un inglés en Nueva York. “Sé tú mismo, no importa lo que digan” dice la canción, y eso es justamente lo que hace Foster a a través de la Torre Hearst, mostrarse como es, “Englishman in New York”. Y es que en este rascacielos encontramos muchas de las señas de identidad que han marcado la carrera del arquitecto británico: elegancia, modestia, complejas estructuras resueltas con aparente sencillez, compromiso con la historia o preocupación con el medio ambiente, una cuestión central esta última en toda su carrera.

Espacio interior de la Torre Hearst. Norman Foster, 2006. (Foto: fosterandpartners.com).

A muchos arquitectos puede resultarles incómodo y extraño construir algo nuevo y absolutamente diferente sobre una estructura preexistente de otra época, sin embargo eso no parece importar a Foster, que ya había dado muestras en el pasado de cómo resolver el problema de manera exitosa, por ejemplo, cuando construyó el Carrée d’Art (1993) en Nimes, junto al templo romano de la ciudad; la rehabilitación del Reichstag (1998) en Berlín; o la renovación del Museo Británico (1999) en Londres.  En la Torre Hearst, vuelve a hacer gala de su inteligencia y sensibilidad al demostrar cómo una arquitectura high-tech, de muy alta tecnología, no tiene por qué olvidar ni la historia ni el entorno urbano que lo rodea, haciendo posible encajar todas las piezas de manera ejemplar y armónica, sin grandes sobresaltos. Foster diseña el edificio como si se tratase de una joya, engastando en la monumental base de los años 20 de Urban una robusta torre de cristal pero de apariencia ligera, clara y exquisita.

Al igual que hizo en Londres en el Edificio Swiss Re (o 30 St Mary Axe), también aquí opta por un armazón de diagrid (acrónimo del inglés diagonal grid – rejilla en diagonal), es decir, una estructura de acero con vigas y soportes ensamblados de forma triangular (o diagonal) de cuatro pisos de altura. El resultado, sin embargo, es totalmente diferente, el diseño del exoesqueleto de la Torre Hearst es mucho más audaz, “una versión cubista del cilindro Swiss Re”, en palabras de Sudjic. Las paredes de cristal están talladas con múltiples planos que se inclinan hacia dentro y hacia fuera, tocándose en solo cinco puntos, cada ocho pisos, y haciendo desaparecer las esquinas como si se tratase de un truco de magia. Las luces de Nueva York juegan sobre esa estructura facetada y la envuelven en brillantes destellos, como un diamante.

La fascinante estética de la Torre Hearst no es sin embargo una solución gratuita o caprichosa, al contrario, obedece a claros criterios funcionales, y es un ejemplo más de la facilidad de Foster de mirar no sólo hacia atrás, a la historia, sino también hacia delante, al futuro, apostando por una arquitectura sostenible y ecológica. El ochenta y cinco por ciento del acero que necesitó para construir el armazón de diagrid es reciclado, pero es que además esta solución requiere emplear mucho menos acero (hasta un veinte por ciento menos) que el que habría de emplearse en un rascacielos convencional, lo que ya nos da una idea del considerable ahorro económico y energético que se consigue.

Es difícil no rendirse a su refinada belleza, deslumbrante en el exterior e igualmente exquisita en el interior. La entrada al edificio es una de las más espectaculares de Nueva York. Se accede a través del arco y las puertas de bronce de la fachada original de Urban, donde los visitantes se enfrentan a unas escaleras mecánicas que lo conducen a través de una cascada de agua hasta un amplio espacio abovedado en los pisos superiores del edificio original, que Foster ha tallado y tachado con vidrio. Un espacio semejante a una catedral llena de luz. Como dice Goldeberg: “es una sorpresa explosiva como no se había visto en la ciudad desde que Frank Lloyd Wright condujo a la gente a través de un vestíbulo bajo y estrecho hasta la rotonda del Guggenheim”.

Todo el edificio está concebido con el mismo espíritu ecológico que otros proyectos de Foster, como el propio Swiss Re (el primer edificio ecológico construido en Londres) o Apple Park, la nueva sede central de Apple en Silicon Valley. La Torre Hearst está diseñada para consumir aproximadamente el setenta y cinco por ciento del agua y de la energía que consume una moderna oficina de Manhattan. Lo consigue prestando una atención especial a la refrigeración,  reduciendo las necesidades de aire acondicionado o calefacción, con tuberías que se enfrían en verano utilizando el agua de lluvia captada desde las azoteas y en invierno recuperando el calor residual del sistema de ventilación, a lo que se añade que el aire exterior se usa para refrigerar y ventilar durante nueve meses del año. Pero también con sensores de luz que se activan dependiendo de la ocupación y de la luz exterior, ordenadores que se apagan cuando no están en uso, o regando las plantas con agua reciclada. Por todas estas cosas, fue el primer edificio en Estados Unidos en recibir una exención fiscal por construcción ecológica.

Detalle de la estructura de la Torre Hearst. Norman Foster, 2006. (Foto: Gonzalo Durán).

Desgraciadamente, la mayoría de los rascacielos emblemáticos de la ciudad, salvo excepciones como el Empire State, no resultan fáciles de admirar en el paisaje urbano de Nueva York, prácticamente sólo pueden contemplarse a pedazos, así que si alguien se anima, y quiere apreciar las mejores vistas de la Torre Hearst, que haga caso a P. Goldeberg  que nos recomienda dirigirnos al Upper East Side, alrededor del Museo Metropolitano, donde nada bloquea el edificio, hacia el noreste. Más difícil será ascender a la azotea del Met, desde donde “se puede ver la torre emerger en todo su esplendor, elevándose sobre Central Park, encajando al mismo tiempo en el horizonte de Nueva York y transformándolo”.

Autor

  • Gonzalo Durán

    Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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