Miedo a lo blanco y frío: ‘En el reino del hielo’

AMC TV España estrenó recientemente The Terror. La serie de diez capítulos —adaptación de la novela homónima de Dan Simmons— cuenta la odisea ártica y final tragedia de las tripulaciones del HMS Terror y HMS Erebus.

La expedición, comandada por el capitán Franklin, se hizo a la mar un 19 de mayo de 1845 en busca del codiciado paso del noroeste. No desentraña nada decir que aquello no salió bien. Nadie sobrevivió en esta ocasión al Ártico. El misterio blanco engulló a los barcos y buena parte de ambas tripulaciones sucumbieron en una fuga imposible. La falta de supervivientes, el relato de algunos inuits y las marcas en hueso —que hablan de canibalismo— observadas en los hallazgos posteriores, en juego con la imaginación de Simmons —que añade al espanto una presencia monstruosa o paranormal—, dieron lugar a la ficción literaria y finalmente televisiva. Bravo pues. Salivar ante estos ingredientes está justificado. Pero podemos rizar el rizo de la ola.

Podemos imaginar que en una expedición similar, la fuga imposible de una tripulación desesperada y enferma, o buena parte de ella, sobrevive a tales desgracias. O podemos leer En el reino del hielo, de Hampton Sides (traduce Miguel Marqués para Capitan Swing).

Sides (Memphis, EEUU, 1962) subtitula su ensayo El terrible viaje polar del USS Jeannette. La expedición, esta vez comandada por el capitán George De Long, encuentra misma fortuna que los de a bordo del Terror y el Erebus: navegan entre icebergs, y a veces la mar se pone de mala hostia y otras es una balsa quieta de un gris casi blanco y a veces la niebla impide ver un metro más allá de la proa; hasta que la banquisa se cierra en torno al casco, inmovilizándolo de pronto, haciéndolo crujir; y ya saben, el hielo no tiene ninguna prisa en tragarse tu barco. El Jeannette se hizo a la mar un 8 de julio de 1879, treinta y cuatro años después que el Terror y el Erebus. Como estos, nunca volvió a puerto. Una notable diferencia: contamos con testimonios de primera mano de cuanto aconteció al Jeannette y sus tripulantes desde que la expedición no es más que la ensoñación de un hombre, pasando por la exhaustiva preparación de la misma, y hasta sus últimas y épicas consecuencias.

En el reino del hielo nos lleva a navegar mares de hielo en un relato causal precedido por las primeras experiencias blancas del todavía teniente de navío George De Long. Nuestro futuro capitán se estrena en las extremas condiciones árticas durante la travesía de rescate de la tripulación del Polaris, que, adivinen, había sido atrapado por la banquisa. Por otro lado, Hampton Sides, no duda en dejarnos caer ya los peligros que acechan a los que deciden dejarse los días y las noches viviendo en un casco sobre las olas, independientemente de lo que la extrema naturaleza en la que se desarrollan estas expediciones pueda deparar. La historia del Polaris nos habla de hombres que cambian de conducta, de un más que probable motín, de un casi seguro envenenamiento a bordo.

Una escena de 'The Terror'

Una escena de ‘The Terror’

A su regreso De Long ya es un héroe. A su modo, James Gordon Bennet, también lo es. Gordon Bennet es multimillonario y es el propietario del NewYork Herald y un aliciente más para acercarnos a esta extensa crónica de una expedición ártica; sirve a Sides para contextualizar una época y quizás un país que se ensancha en ambiciones. Es un héroe porque ha patrocinado el rescate del famoso doctor Livingston, perdido en las profundidades del África negra. Hablamos de un tiempo de aventuras, qué duda cabe; un tiempo también en el que la era de la exploración llegaba a su fin, siendo el polo norte como una espinita clavada en la inquietud de todo explorador; una excesivamente dolorosa de extraer.

El famoso editor del Herald era bien conocido en la época por sus extravagancias y un sentido de la labor periodística que llega hasta nuestros días, más perverso si cabe. Es el periodismo que contribuye a la formación de la historia que luego va a publicar. El relato del Jeannette —no en vano propiedad de Gordon Bennet— hubiera sido imposible sin la implicación de un heredero de la gloria. Se trata de los Estados Unidos de América, siglo XIX, y está todo por hacer. Cuando De Long visita a James Gordon Bennet por vez primera, éste ya conoce sus hazañas en el rescate de la tripulación del Polaris. Ante su propuesta, qué otra reacción podía esperar nuestro capitán. Hasta la partida decisiva del Jeannette la historia de los preparativos ya es toda una aventura que devoramos complacidos, a la espera de los platos fuertes.

Hampton Sides muestra a lo largo de su relato la abundante documentación que apuntala cada hito. No sólo cuenta con la correspondencia conservada de los tripulantes del Jeannette, muy especialmente la del capitán De Long y Emma De Long, una perfecta Penélope (su nombre aparecerá continuamente en las notas al pie ligado al título Explorer´s wife); así como el detallado diario de a bordo del capitán, que no en pocas ocasiones antepuso la conservación del mismo a su propia supervivencia. A lo largo de esta historia Sides también nos lleva de la mano a seguir la evolución psicológica de los tripulantes del Jeannette, otorgando, en cada caso, cierto protagonismo, un modo de colocarnos sobre las espaldas una piel de oso mientras leemos, a la vez que contemplamos los palos congelados del que ya es nuestro desgraciado navío.

La meta entonces era alcanzar el Polo Norte. Circunnavegar Groenlandia no había sido sino una acumulación de desastres navales. El desconocimiento cartográfico de la época especulaba sobre un Mar Abierto en el interior del Círculo Polar Ártico. Al Mar Abierto Polar se podía acceder siguiendo la corriente Kuroshio del Pacífico (según las conclusiones a las que había llegado el experimentado y reconocido oficial de la marina estadounidense Siles Bent), similar a la corriente del Golfo, y que se uniría a ésta en lo que sería una autopista marítima de aguas cálidas hacia un mar que se creía (se deseaba tal vez) tan navegable como el Mediterráneo. La comunidad científica, en cuyo seno teórico cartográfico hacía de gurú obsesivo August Petermann, el sabio de Gotha, no podía estar más equivocada. Pero ni De Long, quien comandaría la expedición, ni James Gordon Bennet, quien la patrocinaría, quisieron o pudieron ver la negligencia en un campo, el de la geografía, donde el trabajo de campo es, a la vez, lento, minucioso e imprescindible; algo que exigía no pocos sacrificios y abundantes vidas humanas.

Quienes se enrolaban en este tipo de expediciones, por lo general marinos de amplia experiencia en mares de hielo, conocían los riesgos y las pocas posibilidades de éxito. ¿Qué los empujaba entonces a navegar hacia el horror blanco? El Ártico era conocido por cuanta alma había helado y consumido. Tan tentador es alcanzar la gloria en los mares.

Como muestra, el ingeniero de máquinas elegido por De Long, George Melville “capaz de improvisar cualquier arreglo o modificación, maldecía más que hablaba, pero rehuía la bebida, el juego y la mayoría de vicios… En total había pasado a bordo más de un tercio de su vida. Era autodidacta y tenía grandes conocimientos en mineralogía, zoología y muchas otras disciplinas.” Sin George Melville los párrafos precedentes al punto final de la expedición del Jeannette habrían sido otros muy diferentes. De la mano de Melville llegó a la tripulación el piloto de banquisa William Dunbar “alguien muy familiarizado con el comportamiento los hielos flotantes y la particular dureza del océano Glacial Ártico… llevaba en la mar desde los diez años y se había dedicado a la caza de ballenas y focas, por lo que había pasado mucho tiempo en las traicioneras aguas del estrecho de Bering. Allí había desarrollado un gran tacto en el trato con el casquete flotante… Conocía también los mares próximos a la Antártida y había navegado por todo el Pacífico sur, donde en una ocasión hubo de ser rescatado de un atolón de coral, después de que su barco naufragara en un arrecife”. Una joya, el tipo. Tan tentador es alcanzar la gloria en los mares.

Ciaran Hinds y Tobias Menzies en 'The-Terror'

Ciaran Hinds y Tobias Menzies en ‘The-Terror’.

Dos largos años pasaron el Jeannette y su tripulación atrapados en la banquisa. Al igual que se hizo con el HMS Erebus o el HMS Terror, nuestro navío había sido preparado estructuralmente y equipado con las últimas tecnologías de la época —aportaciones e inventos ex profeso de Thomas Alva Edison incluidos— para enfrentar las duras condiciones árticas. Al igual que los buques de la ficción en The Terror el Jeannette contaba con una extensa biblioteca, pertrechos en abundancia y una tripulación corajuda y experta.

Pero hablamos de dos años a la deriva, varados en hielo. Cuesta creer que aconteciese algo más sobrenatural, como es el caso de la ficción de Simmons, que la blanca inmensidad que atenaza tu barco, que la necesidad de enfrentar la corpulencia de los osos en busca de alimento, la desesperanza que genera la estrechez de una vivienda flotante que ya no flota y que nada garantiza que lo vaya a volver a hacer.

Lejos queda entonces la gloria. Ya se ha desmitificado la existencia de la Tierra de Wrangler, picia cartográfica de la época, reduciéndola a las dimensiones de una isla: “La teoría del doctor Petermann no se sostiene —escribió Danenhower—. La insularidad de Wrangler es evidente”. Las palabras desesperanzadas del oficial de derrota a bordo llegan contundentes en este punto del relato.

Pronto y mal se descubre que la Kuroshio no conduce a ningún Mar Abierto Polar: “El portal termométrico al polo norte no es más que un delirio, una trampa”. Es la conclusión de De Long, tal vez oteando el difuso y gélido horizonte sobre la regala; nos llega como el inminente impacto de un iceberg por el alerón de proa.

Son dos años en el hielo, los que transcurren hasta que la misma naturaleza, personaje engañosamente inanimado en la prosa de Sides, se ha cansado de esperar. El fondo marino espera al Jeannette. Es el momento (insisto en los paralelismos con la historia del Erebus y el Terror) de abandonar el buque. Pero ¿cómo? y ¿hacia a dónde? En este momento los tripulantes del Jeannette se encuentran a mil millas de las costas de Siberia. Si todavía se preguntan por la posibilidad de la supervivencia diré que sí. El resto lo pueden tomar como una invitación a la lectura.

Disfrutaremos, cómo no, de la producción de Ridley Scott en The Terror, desde luego. Pero para hacernos una ligera idea de los horrores que alberga la noche ártica, un monstruo es una minucia. Lo aprendí leyendo En el reino del hielo. El terrible viaje polar del USS Jeannette: poco puede ser más sobrenatural que la inmensidad y lo impredecible en el hielo del Ártico.

Eduardo Flores

Autor/a: Eduardo Flores

Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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