Mi no día

Mi día no comienza a las siete de la mañana. El despertador no suena inmisericorde ni tengo que adentrarme en la oscura cueva en la que duerme una hija adolescente que cada vez es más yo  para pedirle que se levante una, tres veces. Tampoco desayuno con ansiedad, la que procura al corazón el plazo impuesto por los centros escolares: a las ocho cierran las puertas y la niña se queda fuera.

La jornada no continúa en mi despacho de abogados, en donde suelo entrar al son del himno de España que suena cada mañana, ocho en punto, desde el cercano cuartel militar de la Armada. Tampoco me cruzo con conocidos que van al gimnasio o a trabajar. Echo en falta ese silencio matutino que me acompaña mientras reviso las notificaciones del día anterior y chequeo los correos electrónicos en mi ordenador, un silencio falso porque lo es solo de personas. La música siempre suena. En mi mente y en mi móvil.

Almuerzo antes, aunque más despacio. Sigo tomando infusiones en bolsas de té de tantos colores como la Agenda 2030 y tantos sabores como los que regala la heladería italiana de Massimo, en El Puerto. Ya no duermo siestas de quince minutos ni sorbo cafés sin leche como quien bebe Clamoxil; he abandonado la costumbre de llevar a mis hijos a clases de inglés y de aprovechar esa hora lectiva para caminar con mi esposa por los caños de la Isla, una suerte de laberintos bellos que te transportan al pasado.

He dejado de trabajar por las tardes en mi oficina (a veces me conecto en remoto) y de huir de allí a las nueve, las diez, de la noche. Y de cenar tarde. Y de ver un solo capítulo de serie en la televisión antes de acostarme. Eso sí, ahora hablo más con mi mujer, compartimos nuestras preocupaciones —que son las mismas—, sobre todo tras su reciente pleuritis, doloroso preludio de lo que (nos) venía.

Mi día es el recuerdo de lo que fue y la constatación de lo que no. Pero cada día intento buscar el sol en todas las cosas, regarlas de agua de mar, aventarlas con la brisa fresca. La pérdida de estrés me permite adelgazar, la disposición de tiempo me habilita para leer y escribir. Cada noche duermo inquieto por un terror lejano, mas no diario. Despierto a la misma hora cada mañana. No programo mi despertador.

 

Acuarelas de José Manuel Benítez Ariza.
Enrique Montiel de Arnáiz

Autor/a: Enrique Montiel de Arnáiz

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1 Comentario

  1. Me alegra saber que tu día a día, es igual que el mío. Tu con más suerte, porque tienes a Raquel, ya recuperada. Me ha encantado y estimulado, Enrique.

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