‘Materia oscura’ llega para quedarse

Ángel Zapata. ‘Materia oscura’. Páginas de Espuma. Madrid, 2015. 90 pp.

De vez en cuando nace un libro que llega para sacudir los cimientos. Materia oscura, de Ángel Zapata, es un conjunto de cuarenta y tres relatos cuya naturaleza material escapa a los astrofísicos, pero no al lector entregado y dispuesto a adentrarse en un terreno desconocido. Allí descubrirá que, con ser misterio, la materia oscura posee la propiedad de aglutinar otras materias visibles en un mosaico en apariencia sin sentido. En la estela del Qui suis-je? con que André Breton abría su Nadja (1928), en Materia oscura se cuestiona la esencia de todo lo circundante desde el origen mismo de los tiempos. El primer relato, «Cosmogonía», se abre con una desacralización inquietante: «En el momento de crear el mundo Dios era una liebre, no todo tiene explicación, era una liebre, punto«. Esta certeza ontológica da paso a la revisión del acto creador divino. ¿Qué puede esperarse de un mundo creado por una liebre?

ZAPATA_MO_C_imprentaEn efecto, «no todo tiene explicación«. En el surrealismo la negación de la causalidad explica la dispersión de las imágenes y la fragmentación de los cuerpos. Las cosas suceden porque sí, por un azar cuyo único impulso está en el subconsciente del autor, que es el subconsciente del mundo creado por la liebre-Dios. Por ello no debe extrañar que en estos cuentos habiten personajes disparatados: el huevo frito Prendergast, natural de Illinois («Los decimales de la respiración»); la muela gigante que provoca en la calle acalorados debates («Lo inconcebible no es lo porvenir»); las visitas sabatinas de las tijeras que hacen el panegírico de la piedra pómez y de los jíbaros que reducen la cabezas del narrador («Microcefalia»); una botella de sifón que busca su parentela entre los humanos («A menos que haya un puente donde nunca lo habríamos pensado»); una cascada amiga de un hombre, un hígado de buey y una llave inglesa que podrían conversar en la cola de un cine o en la recepción de una embajada («Atormentad al león, hasta que pida la muerte llorando»). Tampoco es extraño que a menudo broten frutos y sustancias en lugares insólitos, como los albaricoques que contienen pájaros en llamas («No hace ruido: se asimila a la puerta involuntaria que día y noche da sobre el huracán»), las cabezas de camello que nacen de las paredes («Nigredo») y el cuerpo del narrador que una vez fue mina de cobre, estaño, clorita y cal («Anudaron sus nervios a una raíz traslúcida, conocida como ‘La raíz de la suspensión'»). Menos aún debe sorprender que una esencia se mude en otra, porque en todo escenario onírico brotan la transformación y la duplicidad del ser, según una larga tradición sostenida por los relatos de Ovidio, Apuleyo, Kafka, Poe, Dostoievski, Maupsassant, Oscar Wilde, Henry James y otros tantos autores. Un hombre deja de serlo (¿o no?) al convertirse en unos alicates en una casa que se ha licuado por entero («Nigredo»). Otro hombre (el amigo de la cascada) ve cómo su codo se le vuelve lana y adquiere potencial condición de ignífera, mientras la lluvia adopta la apariencia de una grulla macho microscópica que luego se metamorfosea en una rosa de plata («La luz aquí, allí, de nuevo en fuga»). El recurso de la antropomorfización y el de la animalización evidencian los destellos de una mente en la que todas las realidades e irrealidades, exentas o en combinaciones inesperadas, son posibles. ¿Quién no ha soñado con infinitas extensiones y tableros gigantescos de ajedrez? En el tablero de Zapata no hay figuras de una corte remota, sino enormes ovillos de lana («Sobre suelo enemigo»).

Ángel Zapata.

Ángel Zapata.

Contiene este caleidoscopio de los sueños y las representaciones sensoriales un arrebato visual, una armonización de la escritura y el arte que es esencia del Surrealismo. El huevo frito podría ser el destino del gigantesco huevo de Las afinidades electivas de René Magritte. La fragmentación de los cuerpos humanos recuerda cómo los pintores Hans Bellmer y Dora Maar los descomponían y reorganizaban con nuevas formas. El protagonismo de herramientas e instrumentos como las tijeras, la llave inglesa o los alicates nos llevan a la fotografía de Chema Madoz. Pero si no bastara con lo dicho para el gozo del lector, Zapata nos regala además pinceladas filosóficas que son como pájaros de distinto plumaje que sostienen un mismo vuelo, a veces de lirismo notable: «Hay un paraguas con varillas rotas parecido al aliento« («La estación de las lluvias»); «Los rodeos, los ardides, fracasan de antemano. Solo queda, rompiendo las costas, un oleaje de tiniebla. Y aquí, en la pulpa iluminada del instante, un grito« («Único centro»); «Conocí un idioma en el que era imposible decir adiós, conocí otro idioma donde a cada palabra había que añadirle el sufijo de la despedida« («Navegaciones»).

El humor, el absurdo, la desviación, la disgregación de los planos, la ruptura con lo esperado, con lo común efímero… Y por si hay lectores incrédulos, habituados a la claridad de los bulevares del cuento tradicional, Zapata acostumbra a apostillar con auctoritas: «Estas cosas suceden», «Estas cosas ocurren», «Es así. Siempre es así», «Es así como sucede».

Lo dicho. De vez en cuando nace un libro que llega para quedarse.

Antonio Serrano Cueto

Autor/a: Antonio Serrano Cueto

Antonio Serrano Cueto es profesor universitario, narrador y poeta, con varios libros publicados y participación en revistas y antologías. Su último título publicado es ‘París en corto’ (Valparaíso, 2015).

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