Capítulo 44. Pizarras y chinchetas.
El comisario Hipólito Galván intenta abrir la caja de chinchetas pero sus dedos romos y callosos no están por la labor: le pasa lo mismo por las mañanas con los paquetes de galletas. Pugna con la cajita de plástico y maldice entre dientes, mientras sus dos policías se ríen para dentro: les cuesta trabajo creer que el jefe no sabe que su apodo, debido al tamaño de su cabeza, es precisamente “El chincheta”.
La caja cede por fin, más por presión de las manazas del comisario que por su habilidad para descerrajar el sistema de encaje. Una o dos chinchetas salen volando y caen al suelo, pero ya la recogerán cuando vengan a limpiar el despacho, dentro de uno o dos meses.
—Esos hijos de puta se creen que nos han ganado por la mano —masculla, rebuscando entre el puñado de fotos de carné de identidad ampliadas que tiene encima de la mesa—. Pero en realidad lo único que han conseguido es cerciorarnos en nuestras sospechas.
Aranda y Galiardo asienten, pero en realidad a ninguno de los dos, como a nadie en toda la investigación en curso, les ha hecho ni puñetera gracia el comunicado de “Isidoro” reivindicando un puñado de muertes de gente en la picota pública. Si pensaban que el caso poco a poco se había ido encarrilando (y ahí tenían a Jimmy Castro jugándose el cuello en primera línea) ahora la presión mediática iba a ser espantosa. Con dolor de su corazón, porque estaba viendo que podía recuperar la relación con ella o por lo menos acabar una noche en la cama, Galiardo había dejado de responder a las llamadas de Blancanieves. Un periodista te sirve en un caso hasta que se vuelve una mosca cojonera que pone por delante publicar la noticia a resolver el misterio. Y Galiardo y Aranda lo que querían ahora, de una vez por todas, era resolver este feo asunto antes de que creciera de forma imparable y ya no lo pudiera detener nadie.
—Estas son las víctimas de las que teníamos sospechas —dice el comisario, clavando en la pizarra cinco o seis fotos, como ha visto hacer en la tele y se ha empeñado en imitar en esta historia—. Y estas —continúa, clavando a la izquierda otras tres o cuatro fotos más—, las que “Isidoro” reivindica y no sospechábamos.
—No parece que haya relación entre unos y otros. Excepto que eran sospechosos o estaban acusados de corrupción —comenta Aranda.
—Y que las muertes de todos ellos, o al menos de la mayoría, fueron aparentemente casuales y no fueron calificadas, de inicio, como asesinato.

—Nada une a este tipo —dice el comisario, marcando al banquero que quedó aplastado bajo la puerta de su garaje—, con este otro —rodea con el rotulador rojo al directivo del club de fútbol que murió atropellado por alguien que se dio a la fuga—. Pero las dos muertes aparentemente casuales son reivindicadas. Tiene que haber algo en común.
—O no. Lo que tienen en común es el asesino. O lo asesinos.
—¿Isidoro es un nombre de grupo o de persona?
—Yo me inclino por lo primero. Un nombre simbólico cuyo significado se nos escapa. Es posible, sí, que Isidoro sea una persona. Una especie de gurú —el comisario clava con una chincheta un folio blanco donde, con rotulador rojo, ha escrito un primoroso signo de interrogación—. Puede que él mismo haya sido el brazo ejecutor de alguno de estos casos.
—Pero habla en plural en los comunicados —apunta Galiardo.
—Exactamente.
—Y sabemos que busca gente. Salir al público de esta manera no es solo una medida para hacer cundir el miedo y el desconcierto: también se hace publicidad.
—Quiere captar adeptos. Ampliar el negocio, como si dijéramos.
—Extraños en un tren —dice Aranda—. La película de Hitchcock.
—La novela de Highsmith —corrige Galiardo—. Es mejor.
—Yo me quedé en Baretta. ¿Podéis aclarar de qué estáis hablando? ¡Esto es una comisaría, no es un cineforum!
—Dos tipos se encuentran en un tren por casualidad. Y deciden, cada uno, eliminar a la mujer del otro. Como no se conocen, no hay motivo de sospecha. El crimen perfecto es el que no tiene causa.
—Y por eso reclutaron a Jimmy Castro para que se cargara al tuerto.
—Esa es la idea.
—Este misterioso señor “?”… —por reparo, el comisario no ha llamado “X” al supuesto líder de “Isidoro”: su carrera tiene mucho que agradecer al poder socialista—. No puede ser el Morsa. Los asesinatos invisibles empezaron antes.
—Pero es uno de ellos. Pertenece a la organización. Lo sepa o no lo sepa.
—Según Castro, no tiene muchas luces. Sácalo de leer el Marca y no es nadie.
—Otros con lo mismo han llegado a presidentes del gobierno.
—Lo malo de toda esta historia —el comisario da un paso atrás, contemplando su obra, como si de pronto se sintiera Jason Pollock—, es que nos mete presión. Los expertos en lucha antiterrorista llevan dando el coñazo desde ayer.
—Pero el caso es nuestro, jefe.
—Eso les he dicho. Pero aquí el más tonto tiene una tarjeta black. Todos los cuerpos de seguridad del estado quieren apuntarse el tanto.
—Eso quiere decir que Jimmy Castro tiene que meter el turbo.
—O mete el turbo o le meten una bala.
El comisario y Aranda se vuelven a mirar a Galiardo. Todos asienten en silencio.

