Con motivo del inminente estreno de Entourage, una serie de la productora HBO sobre el mundo del cine, hay quien ha mencionado Los viajes de Sullivan (Sullivan’s Travels, 1941) entre las muchas películas que fundamentan la existencia de un género en el que el séptimo arte ha querido reflejar sus propios esplendores y miserias, así como las condiciones que lo hacen posible. En eso el cine ha sido tremendamente precoz. ¿Cuántos siglos no habrán mediado entre la invención de la poesía y, pongo por caso, la redacción de la primera poética? Lo mismo podría decirse de la pintura o la escultura. Quizá el del cine sea un caso distinto: dependiente de la existencia de una determinada tecnología –la que hizo posible el registro y reproducción de imágenes en movimiento–, y nacido en una época en la que la tecnología frecuentemente ha sido exaltada y celebrada por sí misma, el cine se vio bien pronto enfrentado a la paradójica realidad de que su propia existencia constituía una importante fuente de asuntos y argumentos. Por eso hay películas sobre las vicisitudes aparejadas a la tarea de filmar (El cameraman de Buster Keaton, por ejemplo), o sobre la transición del cine mudo al sonoro (Cantando bajo la lluvia), o, como vimos hace apenas un año en la asombrosa Birdman de Alejandro González de Iñárritu, sobre la problemática situación del actor en trance de recuperar su humanidad después de haber encarnado a un superhombre hecho realidad visible gracias a las infinitas posibilidades de la tecnología.

Entre todas estas reflexiones sobre el cine y su relación con la mera condición humana de quienes lo hacen, Los viajes de Sullivan destaca por lo ambicioso del análisis que se propone y por la ambigüedad de sus conclusiones. Su director, Preston Sturges, fue un consumado maestro de la comedia de evasión: enredos amorosos sin consecuencias en un cínico ambiente de clase alta. Por ello, tal vez, quiso salir al paso de quienes criticaban su escapismo. Y para ello urdió este espléndido argumento: un director también famoso por sus películas intranscendentemente divertidas sufre un repentino ataque de conciencia social y decide echarse a la calle y vivir como un vagabundo durante unas semanas, para descubrir qué sienten los desfavorecidos y dar autenticidad al argumento de O, Brother, Where Art Thou?, la película “social” que se propone filmar. Pero cuando el experimento está a punto de concluir, un inesperado giro argumental hace que el falso vagabundo dé con sus huesos en la cárcel, donde descubre que la proyección semanal de viejas películas de dibujos animados es el único consuelo que alivia la desesperada condición de los presos. Su siguiente película, por tanto, no será ya un drama, como se proponía, sino una nueva comedia.
Pero lo verdaderamente curioso de Los viajes de Sullivan es que, para demostrar la función de la comedia en la frágil economía sentimental de la humanidad, el director elige un argumento que combina hábilmente elementos de comedia con otros de auténtico drama de denuncia. Escenas como el abordaje de un tren en marcha por parte de una multitud de vagabundos, o la llegada al cine parroquial de la cadena de presos, valen por todo un largometraje de asunto social. Los viajes de Sullivan es, por todo ello, el mejor argumento que contraponer a la seriedad del burro de los predicadores vocacionales que existen en todos los ámbitos artísticos. El humor, como quería Cervantes, basta para integrar todos los registros que conciernen al alma humana. Por si no hubiera quedado claro, en el año 2000 los hermanos Coen hicieron realidad el proyecto de película “social” que el atribulado protagonista de Los viajes de Sullivan quería filmar. Por supuesto, su versión de O Brother, Where Art Thou? fue una comedia


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