Los hijos de la ‘wild zone of power’

Habiendo pasado unos días tras la segunda semana trágica de Barcelona, me gustaría hacer algunas reflexiones personales sobre lo sucedido. No en clave nacionalista, el nacionalismo me aburre soberanamente, sino en términos de crisis de legitimidad. Para ello, trataré de hilar algunas ideas sueltas y, seguramente, poco sistematizadas que han rondado mi cabeza mientras, en medio de mi propia crisis personal, veía en televisión y a través de las redes sociales el ciclo de protesta ciudadana en Cataluña.

Una de estas ideas que, repetidamente, me venían a la mente es conocida en ciencias sociales como wild zone of power (zona de poder sin control). El sentido común podría hacernos pensar que dicha zona sin control hace referencia a ámbitos privados de luz y taquígrafos. Sin embargo, si así pensáramos, y como suele pasar, el sentido común nos llevaría a perder el matiz y la gracia del asunto. La wild zone of power es una estrategia de venganza. La forma en la que se hace justicia en democracia cuando se es injusto y anti-demócrata. La forma en que los bárbaros se alinean para asaltar la fortaleza del pacto social. Se trata de una forma de legitimidad de la que se agencian los malos políticos y que obedece a una lógica pre-legal que, como tal, es violenta y arbitraria.

Protestas independentistas en Barcelona.                                                                                                                        Foto: EFE.

Estamos en una wild zone of power cuando se producen los pactos auto-saboteados, las alianzas estratégicas, los juegos con los asientos, las cartas enviadas a una dirección postal en la que nadie responde, las fotos en las que primero unos no aparecen y luego salen borrosos, etcétera. No son perniciosas, solo, porque se produzcan lejos del control de los ciudadanos, sino porque existen para la venganza y los intereses más egoístas. Todo lo contrario del bien común. La existencia de estas zonas se aprende haciendo carrera en el partido tras la sombra de liderazgos carismáticos y legalmente dudosos. Se aprende cuando asumes que, pese a todo, tu líder ha actuado por el bien del partido.

Sin embargo, cuando escépticos y hartos de los juegos de trileros, los jóvenes, y no tan jóvenes, toman las calles para enfrentarse a los siervos de los bárbaros, no faltan los voceros que a derecha e izquierda hablan de radicales y violentos, de antisistema y extremistas mientras defienden el monopolio del estado sobre el ejercicio de la violencia. Lo que se les escapa a los voceros es que, como decía W. Benjamin, el propósito de las fuerzas de seguridad del estado no es proteger la ley, sino el monopolio de los trileros sobre el derecho a establecer dicha ley. Es decir, no defienden a los pacíficos de los radicales, sino a los miembros de la casta política de aquellos que se afanan por mejorar la democracia. La violencia siempre es presentada por los voceros como arbitraria e irracional cuando es ejercida por los ciudadanos. Sin embargo, cuando ésta la ejerce, ya sea directamente (dando palos) o indirectamente (haciendo estallar la sanidad y la educación públicas o el sistema de pensiones), el político de turno es presentada como inevitable aunque sea el resultado de decisiones tomadas en wild zones of power.

Una elocuente imagen de TVE durante las protestas de independentistas en Barcelona.

Así fue siempre. Fue así cuando los policías ingleses reprimían a las sufragistas y éstas, como respuesta, quemaron las casas de varios parlamentarios. Fue así cuando la policía golpeaba y disparaba a los obreros de la fabrica del filo-nazi Henry Ford tras haber saboteado la cadena de montaje. Fue así cuando dos homosexuales fueron asesinados en el bar StoneWall provocando varios días de disturbios en el neoyorkino Greenwich Village. Ahora, nosotros, los “bien pensantes”, nos horrorizamos por la barbarie de los radicales ultra-nacionalistas mientras nos sentimos orgullosos de la igualdad política entre hombres y mujeres, salimos a celebrar el 1 de mayo o nos jactamos de tener varios amigos y amigas gays.

Claro que hay que condenar la violencia. Pero la violencia de aquellos que transforman la gestión de lo público, del gobierno de un país, en un terreno abonado para el escupitajo en el ojo. Aquellos que hacen pensar a los ciudadanos más crédulos que son servidores públicos cuando, en pos del sacrosanto electoralismo, hacen lo que sea para castigar al otro. Los jóvenes que tiraban piedras y se enfrentaban a la policía en Barcelona y en otras ciudades catalanas son los hijos de una democracia llena de wild zones of power. No culpabilicemos a nuestros hijos por pedir más. Por pedir, a toda costa, que cumplamos con la promesa de un mundo más justo. Por pedir todo esto a las bravas, porque a las buenas, como se hizo en el 15-M, ya nadie responde.

José Manuel Robles

Autor/a: José Manuel Robles

José Manuel Robles es profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Es doctor en Sociología, director del Máster Europeo en Estadísticas Oficiales e Indicadores Sociales y Económicos y subdirector de la Revista Internacional de Sociología (Revista JCR). Es experto en Sociedad, Internet y Política, cuenta con más de cincuenta publicaciones en revistas y editoriales de primer nivel nacional e internacional, ha impartido conferencias en más de quince países y ha realizado investigaciones para, entre otros, el CIS, el CSIC, el Gobierno de España o la Unión Europea.

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