Este diario se está convirtiendo casi en el cuaderno de un naturalista. El otro día fueron los flamencos y ayer, sin ir más lejos, cuando enfilaba el puente nuevo para llevar comida a mis padres, casi arrollo con el coche a una bandada de palomas que había invadido la calzada a la altura de la barriada de Río San Pedro. Hube de reducir la velocidad para permitirles que se apartaran con una parsimonia que no es la habitual en las aves de ciudad, acostumbradas a esquivar toda clase de peligros. Hubiera querido pensar que tomaban el sol tranquilamente sobre el asfalto; pero no: parecían desorientadas, perdidas, como si no acabaran de acostumbrarse a moverse a su aire por espacios habitualmente vedados o peligrosos. ¿Les faltará el alimento, ahora que la legión de desocupados que les echa migas de pan está recluida en sus casas? ¿Hasta ese punto ha llegado la dependencia que estos pájaros desnaturalizados tienen de los seres humanos? Había incluso algo amenazante en la imagen de esa bandada posada en medio de la carretera y aparentemente indiferente a lo que les pudiera pasar. Quizá también en eso también copian las actitudes humanas, en lo que éstas tienen de reacciones de rebaño movido por temores que, por separado, ninguno de sus componentes termina de entender o sabe explicar.
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El grato roce del aire frío de la noche cuando bajo a sacar la basura. En el cielo negro, opaco, una sola estrella muy intensa, similar a una cabeza de alfiler en la que se reflejara una ignota fuente de luz. La salida no ha durado ni un minuto: lo que he tardado en llegar de la puerta del bloque al contenedor. Pero me ha deparado casi tantas emociones como un paseo que hubiera durado toda una mañana.
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Bien distinto fue el que di al día siguiente, mi más larga caminata desde que empezó el confinamiento: desde mi casa hasta la caja de ahorros, a donde he ido a cobrarle la pensión a mi padre. Llevo puesto guantes y mi mascarilla de pintor, que hace que el aire expelido por la nariz salga proyectado de los filos de la prenda protectora hacia mis gafas, que se me empañan; tanto, que, al llegar al cajero automático del banco en cuestión, he de quitármelas para poder ver las teclas, a la vez que me saco uno de los guantes para poder abrir la cremallera del bolsillo en el que llevo la libreta de ahorros… Quienes hacen cola tras de mí me miran, no sé si impacientes por el tiempo que estoy tardando o un tanto sorprendidos de que una persona que ha salido a la calle con todas esas protecciones prescinda de ellas justo cuando toca un objeto de uso público que podría estar contaminado de la miasma en cuestión. Todo ello hace que me sienta más bien ridículo; lo que, unido a los demás sentimientos que se despiertan en uno cada vez que sale a la calle en estas circunstancias –resquemor, impaciencia, una cierta agresividad mal reprimida–, resulta en este extraño cóctel emocional que me embarga y que hace que llegue a casa sobreexcitado y agotado; aunque también, para que no falte su gota de novelería, bajo la sensación de que acabo de permitirme una más de las muchas modestas aventuras en que consiste la rutina en estos días raros.
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Extraño cuadro. Al final de la jornada, un grupo de coches de los distintos cuerpos de policía –local, nacional, Guardia Civil– se unen en comitiva y desfilan muy despacio por las calles haciendo sonar sus sirenas, mientras la gente les aplaude desde sus balcones… No quiero sacar conclusiones apresuradas al respecto; solo plantearme, digamos, a modo de cautela moral, qué valor tendrá para cada cual el recuerdo de esta escena si, como parece posible, aunque no inevitable, la catástrofe que estamos viviendo acaba abriendo camino a la idea de que el autoritarismo resulta mucho más eficaz para combatir ciertas calamidades sobrevenidas que las siempre indecisas y un tanto timoratas democracias… No se entienda esto, por supuesto, en detrimento del aplauso que puedan merecer tales o cuales funcionarios en el desempeño de sus difíciles funciones en estos tiempos. Pero hay imágenes, en fin, que tienen una cierta proclividad a asociarse con expectativas más que inquietantes.


