Lo imprescindible

En plena madrugada y en medio del agitado duermevela en el que se están convirtiendo mis horas destinadas al sueño, oigo gritos. No acierto a entender qué dicen, pero la entonación no deja lugar a dudas: se trata de expresiones de desesperación. Se reiteran y duran, a intervalos, lo que este lapso de insomnio, que no será el primero ni el único de la noche.

 

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Una nueva prenda para el ajuar del fetichista: la mascarilla. Pero ya lo explicaré en otra ocasión; ahora no estamos para muchas bromas respecto a según qué cosas.

 

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Tampoco, según se dice por ahí, la policía se anda con bromas. Sin embargo, qué ocasión para permitirse, cuando te dan el alto y te preguntan qué haces en la calle, una contestación más o menos ajustada al repertorio de razones que autorizan a salir, pero que resulte un tanto imprevisible o incluso absurda. Venir, por ejemplo, a la hora en que todo el mundo compra el pan, de comprar… no sé… loción hidratante para las barbas de náufrago que me estoy dejando. O callar simplemente y que lo que llevas contigo hable por ti, ya sea un carro de la compra lleno de cervezas o un sobre con un libro recogido en correos. Con buen sentido, el ministro del interior ha prohibido a sus agentes que se abstengan de juzgar el contenido de las cestas de la compra de los viandantes de turno. Qué es, qué deja de ser necesario cuando el aburrimiento campa a sus anchas y las ocurrencias se multiplican, al mismo tiempo que surge un cierto instinto suicida de provocar al inquisidor, de comprometerse sin remedio.

Pero hablábamos de lo imprescindible. Sin ir más lejos, en estas tres últimas semanas he sentido una necesidad urgente de comprar cosas tan variopintas como un destornillador, un juego de pilas recargables, un frasco con aspersor, gomas elásticas, cinta de carrocero… Naturalmente, no he cedido a la tentación de echarme a la calle para procurármelas -algunas, supongo, o todas, pueden comprarse por vía digital-, como tampoco me he atrevido a hacerlo para buscar una copistería donde imprimir ciertos documentos que de pronto me han parecido muy necesarios, o un peluquero que me corte el pelo varias semanas antes de lo que me tocaría según mi cómputo habitual; por no mencionar -y eso sí he tenido que hacerlo- el hecho de haber necesitado una limpieza de oídos y haber acudido para ello a un consultorio médico… ¿Qué es necesario y qué no lo es? Pero esa pregunta también podría extenderse al ejército de repartidores que circula a todas horas por nuestras calles, llevando a las casas Dios sabe qué.

Si esto sigue así, hay una cosa que sí me plantearé reponer: material (papel, pinturas, quizá nuevos pinceles) para mis acuarelas. Que, bien miradas, tampoco entran en la categoría de lo imprescindible.

 

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La noticia de que hoy, por ejemplo. ha habido X muertos parece buena si se la compara con la cifra superior del día anterior. Y será todavía mejor noticia, adelanto, que dentro de unos días esa cifra sea de, pongo por caso, X-100… Ya Orwell denunció ese uso sesgado de la estadística: la ominosa dictadura de la que habla en 1984 atosigaba diariamente a la población con cifras que daban cuenta de leves mejorías en la incidencia de toda clase de enfermedades, soslayando la evidencia de que la verdadera noticia y piedra de escándalo era que todas esas enfermedades, producto del atraso y la miseria -quizá nosotros podríamos añadir otros factores, y recordar que este virus de hoy es solo el más letal de los males globales que hemos conocido en las últimas décadas, desde el sida, a las diversas cepas de gripes letales, pasando por el llamado «mal de las vacas locas» de hace unos años- siguiera golpeando, y de qué modo, a la población.

El denostado Orwell parece hoy más vigente que nunca.

 

 

Imagen de portada: ‘En la cola’ (Acuarela) de José Manuel Benítez Ariza.
José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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2 Comentarios

  1. María Jesús Ruiz

    Aparte de la muy sugerente idea de las mascarillas como fetiche erótico (por favor, amplíela en una próxima entrega), me parece muy interesante su reflexión sobre lo imprescindible. Primer capítulo de la novela El hombre solo, de B. Atxaga: el protagonista mira en la televisión un documental sobre los habitantes neolóticos de unas cuevas que en aquel tiempo estaban a más de 50 kilómetros del mar… Las pruebas demuestran que aquellos hombres arriesgaban su vida, enfrentándose a animales carroñeros y otros peligros, para llegar hasta el mar y recoger nasa reticulata, conchas y caracolas, con el objetivo de elaborar con ellos adornos, collares, pulseras, del todo imprescindibles.

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    • María Jesús Ruiz

      errata: «neolítico», no «neolótico»

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