Llamar o no a los bomberos

Los niños perdidos de mamá. Ketty Blanco Zaldívar. Prólogo de Juan José Matín Ramos. Polibea. Madrid, 2025. 146 pp.

No le gusta a uno hacer profecías sobre la importancia que un determinado libro y su autor o autora puedan alcanzar con el tiempo: esas declaraciones impostadas, que tanto abundan en la sociabilidad literaria, tienen la misma credibilidad que las promesas de un político en campaña. Pero sí, prudentemente, me atrevería a afirmar que Los niños perdidos de mamá, primer libro de relatos que publica Ketty Blanco Zaldívar (Guáimaro, Cuba, 1984), tiene aires de ser uno de esos libros que fundan un universo literario propio, destinado a perdurar en el recuerdo de los lectores como un espacio reconocible e inconfundible.

Adentrarse por primera vez en un territorio por conocer plantea sus dificultades, que a veces tienden a solucionarse con estrategias demasiado simples: por ejemplo, en el caso que nos ocupa, la tentación de establecer sin más una correspondencia entre los rasgos de su mundo literario y los de su país de origen, la devastada Cuba de hoy. Sin duda, esa lectura es legítima e incluso puede que oportuna. Pero lo que presta a Los niños perdidos… su aura, su atmósfera peculiar, no es esa lectura arrimada a la actualidad periodística y al análisis que se quiera hacer de las penosas realidades que la fundamentan.

Lo cierto es que en este libro inconfundiblemente cubano no se nombra nunca a Cuba o a cualquiera de sus ciudades, y que por ello ese paisaje innominado tiende a disociarse, en la mente del lector, de su referente real para convertirse en imagen de un territorio mucho más amplio y relevante; igual que, pongamos por caso, el tratamiento que Kafka da en sus libros a la burocracia austrohúngara se convierte en algo de mucho mayor alcance que una simple visión satírica de una maquinaria estatal concreta, o el México de Juan Rulfo no es tanto el México real como un paisaje mental en el que confluyen lo tangible y lo intangible, el sueño y la vigilia, la vida y la muerte.

Los protagonistas de Los niños perdidos de mamá habitan también un mundo escindido. Viven, como ya ese título indica, en el extravío. Anhelan el afecto que una madre igualmente perdida no puede darles, la simpatía o solidaridad que sus iguales, también extraviados, no pueden otorgar, la libertad sexual que no acaba de encontrar su espacio en un universo de seres constreñidos a la mera supervivencia en lucha contra todos. No es de extrañar que los habitantes de ese mundo desquiciado devengan monstruos: madres terribles, que hacen pensar en las de Hitchcock, o niños a los que el instinto de supervivencia inspira una especie de crueldad fundacional, como la que guía los pasos de los personajes de El señor de las moscas de William Golding. Lo milagroso es que Ketty Blanco Zaldívar logre poner en pie ese mundo sin los efectismos de los que suelen depender una intriga cinematográfica o el desarrollo por largo de un argumento de novela. Por el contrario, la autora se vale de una sobria técnica narrativa por la que los personajes se retratan en sus acciones (“Amanda entró al salón. Su mamá tenía otra vez a la sobrina sentada sobre las piernas; le acariciaba el pelo”), el fondo queda esbozado en certeras pinceladas (“Fernando tenía razón, no están los cañaverales. El campo, un pellejo cuarteado”) y la interioridad de los personajes queda reflejada tanto en su manera de condicionar, al erigirse cada uno de ellos en punto de vista narrativo, lo que se dice o no se dice en cada relato, como en las breves e intensas explosiones de irreprimible franqueza en las que a veces incurren, ya sea dirigidas contra alguien que, en realidad, no escucha (el confesor al que una de las protagonistas dice: “Padre, odio a mi mamá. La odio cuando la escucho arrastrar sus chancletas por el suelo…” ), o como confesión directa sin otro interlocutor identificable que no sea el lector (“Anoche me masturbé dos veces. Exprimí el clítoris con rabia hasta que quedó seco e hinchado”). No hay excesos retóricos ni impostación dramática, ni siquiera cuando la situación transcurre por cauces de violencia física y psicológica casi intolerables, como ocurre en el relato sarcásticamente titulado –el título ya es una pista del instrumento punitivo que se va a utilizar– “No llamen a los bomberos”.

Pero no es el sarcasmo el tono predominante en este libro. Se impone, más bien, una soterrada ternura, una mirada ecuánime sobre los personajes, una cierta simpatía desesperanzada hacia quienes, entre ellos, buscan alivio en la creación artística, ya sea en la escritura o en la pintura, vocaciones difíciles de implementar en un ambiente en el que la máxima prioridad es la pura supervivencia.

Podría pensarse que este libro es el que finalmente llega a escribir, a pesar de tantas dificultades, alguno de esos personajes que, por edad, por sexo, por vocación, uno puede pensar que encarna algún rasgo autobiográfico de su autora. Pero ese posible valor testimonial del detalle, insistimos en ello, no debe empañar nuestra visión del cuadro general, que no es otro que la infancia siempre desasistida, el deseo en conflicto con el entorno, el desamparo ante el poder mal ejercido, etcétera. La condición humana, en definitiva. 

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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