La voz mínima y oculta

Llevaba Culantrillo picando a nuestra puerta demasiado tiempo, y por fin nos hemos decidido a franquearle el paso para que entrase a ventilar y refrescar las estancias de la casa, vaciando las arcas, los estantes y los armarios para luego volver a llenarlos a su antojo, trastocándolos según su antiquísima y secreta ciencia innata. Ya era hora. Y como, por fortuna, la doctora Ruiz ha delegado en la niña Marichú la guía y gobierno de la tarea, sin dejar en ningún momento de acompañarla, ha resultado un libro que se estructura de un modo orgánico y dulce, tanto, que a pesar de su (falsa) apariencia de manual académico, puede leerse del principio al cabo sin obstáculo y con gozo.

Culminación del larguísimo recorrido de la autora en el estudio y reivindicación de la tradición oral infantil como género con entidad propia, en la estela de otros grandes referentes y con el añorado magisterio de Ana Pelegrín a la cabeza, cumple, además, con el objetivo marcado de constituirse en una propuesta de labores por venir, planteando numerosos interrogantes a la vez que abona el terreno para quien recoja el reto de seguir sembrando en él; sugiere posibilidades, desbroza veredas ocultas o rotura nuevos caminos. ¡Qué lujo de maestra la que no impone su perspectiva al alumno, sino que se afana en despertar en él una voz propia y personal! A partir de un exhaustivo rastreo por todo el trabajo precedente, al que no hurta protagonismo, respetando incluso la polifonía de criterios en la transcripción de los textos, María Jesús Ruiz revela un profundo y documentado conocimiento de la materia tratada y su catalogación habitual, lo que le permite desarmarla, incluso pulverizarla cuando es menester, para dejar que se recomponga atendiendo a un orden intrínseco, según la pauta apuntada ya hace cuatro siglos y medio por el pionero Rodrigo Caro.

Edición esperada y manejable que puede llevarse literalmente en el bolsillo, alcanza con holgura el propósito de erigirse en manual y código abierto con el que orientarse por el huidizo y a trechos inasible Romancero de los niños. La autora, con el apoyo de  numerosos ejemplos tomados de las diversas tradiciones hispánicas —de todas las tradiciones y lenguas hispánicas a ambos lados del océano—, reclama sin descanso  categoría propia y diferenciada, a despecho de una academia que ha venido considerando habitualmente las versiones infantiles de los romances poco menos que como un estadio degenerativo y bastardo de los textos tenidos por originales, y otorga al niño un protagonismo creativo que contrapone a la posición subordinada a la tradición adulta que le adjudicaba, hasta hace apenas unas décadas, la perspectiva académica convencional. Frente a esta visión anquilosada, Ruiz analiza, enumerándolos, los mecanismos que operan para caracterizar el género, que para ella representa por derecho un «nivel singular de la tradición», tanto en su aspecto puramente literario, poético en esencia, como en otros factores modificadores y generadores que por lo común son soslayados por los estudios al uso, como la ocasionalidad, esto es, las circunstancias concretas en las que el romance se reactualizaba o cumplía su función en la sociedad donde vivía de modo latente, la de los niños en este caso.

No busquen aquí erudición impostada, sesudos y enrevesados análisis ni tecnicismos oscuros; ni falta que hace. Es un libro cuya grata lectura, al modo de los grandes maestros, está al alcance de cualquiera con voluntad de saber y de placer. La autora puede permitirse el estilo llano y ágil que le concede el profundo conocimiento del asunto que trata, bagaje que se trasluce en cada línea, pero de forma discreta y como al descuido. Todo se entiende a la primera, por más que los comentarios estén traspasados por una multitud de ligazones internas que permiten un sugestivo vaivén por sus páginas a juicio del lector, tal es la plasticidad de sus párrafos. Abramos la puerta a Culantrillo y dejemos que corretee por la casa con sus baterías de preguntas sin respuesta, de respuestas ya sabidas y de las nuevas respuestas una y otra vez reformuladas que nos plantea la siempre escurridiza y fantástica tradición infantil, ese romancero chiquito que, en palabras de María Jesús Ruiz Fernández: «se resiste a ser leído y comprendido como leemos y comprendemos el corpus del romancero adulto, esto es, de modo lineal y más o menos discernible en sus planteamientos temáticos», que «solo puede ser contemplado como un mosaico, un puzle de muchísimas piezas en el que cada una resulta imprescindible para la comprensión de la otra, piezas a veces minúsculas, que no obstante conservan un color primigenio y fulgurante que siglos de transmisión no han logrado desgastar».

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