Los grandes acontecimientos históricos de la humanidad, aquellos que transforman radicalmente el status quo anterior, e incluso inauguran una nueva era como ocurre con éste, tienen forzosamente una lectura narrativa, una transcripción épica. Algo inevitable cuando debes desplegar todo el abanico de sucesos que dieron lugar a la caída del Imperio Bizantino, episodios de carácter bélico e intensamente dramático. ¿Podemos afirmar, como señalan algunos críticos, que este libro no es historia sino que se encuadra en otro género de “narración histórica”? No lo creo. En primer lugar, porque se atiene en todo momento a las fuentes originales con rigor, con lo cual ya hace historia y no fabula, y después, queda claro que un hecho tan trascendental como la caída de Constantinopla ha sido, y seguirá siendo narrado, en parecidos términos. El excelente clásico de Steven Runciman (La caída de Constantinopla) no pudo hacerlo de otra forma: narrando los hechos. Otro asunto es constatar las claras diferencias existentes entre las distintas historiografías europeas a la hora de abordar cualquier materia histórica, siendo la británica, a la que Crowley pertenece, la menos puntillosa y menos plomiza de todas.
Por otra parte, las inevitables relaciones entre literatura e historia hicieron que, en las narraciones que conservamos de este gran suceso con enormes consecuencias culturales, pusieran los ojos dos de los mejores escritores del siglo XX: don Álvaro Mutis y don Juan Benet. El primero, gran aficionado a la historia del Imperio bizantino, afirmaba que ningún hecho histórico posterior a este conflicto le interesaba. El segundo recomendaba con insistencia la lectura de la obra de Runciman a sus amigos, y de hecho podemos seguir su rastro e influencia en las Herrumbrosas lanzas. Consejo que en mi opinión, ha seguido Crowley, elaborando por ello una historia del asedio mucho más abundante en detalles, y por supuesto actualizada tras aportaciones posteriores, pero deudora de aquella en orden, tono y formas narrativas.
Hay que destacar que esta publicación viene precedida en España por otro libro de Crowley no menos interesante, aunque posterior en el tiempo: Imperios del Mar. La batalla final por el Meditérraneo (1521-1580), donde aborda los episodios del cerco de Malta, la batalla de Chipre y Lepanto, “en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, como afirmó Cervantes. Volumen que también apareció en Ático de los Libros con el mismo traductor, y que constituyó uno de los mejores libros de historia publicados en España en 2013. Ahora bien, si en aquella obra se calificaba a Lepanto como el Trafalgar del Mediterráneo, ya que puso fin al dominio turco, en ésta que abordamos es inevitable y hasta pertinente comparar un suceso de tal trascendencia con áquel otro que inauguró nuestro siglo XXI: la caída de las Torres Gemelas. Ya que el impacto en todo el Mundo fue semejante, pues quedó grabada en la consciencia colectiva y cambió de manera notable la política internacional. Con ello no incurre en anacronismo alguno, aunque la sola mención ha provocado susceptibilidades en partidarios de una historia más grave y academicista.
Y es que cuesta mucho encontrar libros de historia que apasionen lejos de la historiografía anglosajona, sea cual sea la época que aborden. La creencia de que todo texto es producto de una ideología dominante, la cuantificación minuciosa o el cuestionamiento escrupuloso de cada fuente, lastran la narración en los libros de historia hasta el punto de hacernos creer que es imposible transmitir un conocimiento fiable del pasado. Por el contrario, Roger Crowley se aparta de todo eso para proporcionarnos un cuadro fiel y ordenado de los sucesos, que podemos leer con bastante interés y soltura. Y lo que es más notable, otorgando a sus principales protagonistas el papel que merecen como artífices verdaderos de los hechos que llevaron a cabo. Por descontado, prestando mayor atención a las poderosas y complejas figuras de Mehmed II y Constantino XI al frente de sus tropas respectivas. Sin lugar a dudas, el desarrollo de la artillería turca, atenta a incorporar cada nueva innovación que se produjera, y la apabullante cifra de 250.000 soldados reclutados frente a los 8.000 defensores bizantinos decidieron la batalla. Pero además de informarnos sobre aspectos técnicos de la misma, como la poliorcética, el combate naval o el papel de los jenízaros, el autor también nos alerta de otros elementos no menos importantes, inseparables de la mentalidad de aquella época, como la creencia en toda clase de presagios y signos divinos que no faltaron antes de las 6 de la mañana del 29 de mayo de 1453, momento justo en que sucumbió Constantinopla.
Un análisis intenso de las consecuencias inmediatas, el cuestionamiento de las fuentes existentes, la bibliografía empleada, notas e índice onomástico, completan un libro muy respetable para el estudiante o el investigador, sin renunciar por ello a la lectura expectante e intensa. Y es que desprejuiciarnos de esa división, artificiosamente creada, entre libros de divulgación o entretenimiento, frente a manuales soporíferos de consulta en las obras de historia, sería muy bueno. Este libro apasionante contribuye a ello.


