Capítulo 24. Pepelu.
Joder, tronco, joder. Qué marrón, tío. Qué pasada.
Eso no era una boda, tron. Parecía Guyana. Menudo pasote. La peña desplomándose con las narices ensangrentadas y la boca llena de saliva, en paroxismo. Como aquella titi a la que se estaba tirando en Menorca (¿o fue en Ibiza?) y justo cuando le encontró el punto G le dio un paralís y le entró un ataque de epilepsia y empezó a sacudirse como la niña de El exorcista.
Y ahora los polis decían que era por el jaco que él les había vendido.
Qué mierda.
Jo, macho, que ya se había visto en la trena. Que una cosa era saltarse dos semáforos a doscientos por hora, o que te pillaran haciendo el cafre en el paso elevado de la M30, o que te denunciara tal o cual fulano por las chorradas que decías en antena (la verdad sea dicha, no siempre controlaba), y otra que te acusaran de matar a no sé cuántos colegas por venderles mierda adulterada.
Él, que para estos asuntos, siempre había sido un tío legal. El Corte Inglés del trapicheo, él. Esa era la broma. Lo mejor del mundo. De categoría siempre. Canela en rama. Si lo pruebas, repites. Lo que no tiene nadie, ahí lo tenía Pepelu.
Hasta ahora.
Qué alucine, tron. De nada valió que tirara las papelas que le quedaban a la fuente y se escurrieran como azucarillos en el café. La poli lo trincó y lo detuvieron. Lo tuvieron un puñao de horas incomunicado. Luego declaró ante el juez de instrucción. A esas alturas ya le había dado tiempo de hacer un par de llamadas, de amenazar a la familia con tirar de la manta, y la cosa quedó en libertad con cargos.
Pero contra él no podían tener nada. Que era el Corte Inglés, joder. Que si un artículo está defectuoso, te lo cambian.
La culpa no era suya. Tendría que seguir tirando de contactos, porque si no la iba a liar parda. Pero la culpa no era suya. Como en el Corte Inglés, si el producto estaba defectuoso, era por cosa de los proveedores.
O sea, del rumano.
Se la había metido doblada, Vladimir el Voivoda.
Se iba a enterar el hijo de la gran puta. Pepelu tenía una reputación que mantener. Se le iba la vida en ello. Literalmente. Producto de primera calidad o se buscaba otro proveedor.

El Voivoda no había cumplido. Y Pepelu no iba a apechugar con el marrón él solo. Antes llamaba a la Benemérita y les contaba dónde operaba y cómo pillarlo los días de descarga. Si es que, claro, la Benemérita no lo sabía ya y prefería hacerse la tonta.
Salió de casa. Miró a izquierda y a derecha. Con disimulo, por si lo seguían. Periodistas, maderos, parientes de los ilustres muertos. Quien fuera. No lo seguía nadie. O por lo menos no se dio cuenta.
Valor y al toro, que decían en Mortadelo y Filemón. Un tirito le habría venido bien, para entonarse, pero estando las cosas como estaban, no se atrevió.
Por si acaso, había dejado el móvil en casa. Que ahora tenían GPS y a saber si la poli lo tenía controlado. Tardó un buen rato en encontrar una cabina. Qué chungo lo tenía Superman en el siglo veintiuno, ¿no?
Esperó a que un panchito terminara de hablar. Luego marcó el número. El rumano, como siempre, contestó a la tercera llamada.
—Electrónica y reparación, ¿en qué puedo servirle? —La voz al otro lado, cargada de acento, como en una película de rusos contra James Bond.
—¿Qué mierda de mierda me has vendido, tío?
—¿Cómo dice?
Pepelu tenía el defecto, poco grave, de aturullarse con las palabras cuando se ponía nervioso. Le pasaba ante las cámaras, cuando lo acorralaban o acorralaba. Estaba nervioso ahora.
—El jaco, joder, Vladimir. ¿Qué me has pasado? ¡Que se ha muerto todo Dios?
—¿Quién es?
—Pepelu, coño. ¿Quién va a ser? ¿Qué mierda me has vendido?
—Escucha, cuelga inmediatamente.
—No hay problema. Te llamo desde una cabina. ¿Te la han colado o me la has colado tú a mí?
—Pepelu, sabes que la palabra del Voivoda es ley. ¿Cuántos años llevamos haciendo negocios? ¿Cinco? ¿Seis?
—Por ahí andará, sí.
—Nunca te he dado problemas. Nunca me has dado problemas. El material era de primera, como siempre. Otra cosa es con qué lo hayas cortado.
—Yo no he cortado nada, mierda. Las papelinas tal como las recibí del correo nuevo.
—Pues entonces te han colado un marrón, amigo. El material sigue siendo de primera. Los colombianos no son tontos. Y de tu misma partida hay ahora mismo papelinas por todo Madrid. Y no se ha muerto nadie.
—¿Entonces?
—Entonces te la han jugado, chaval. Cuida dónde escondes el material y quién tiene la llave de tu piso. Y corta de una puñetera vez. No te fíes de nadie. Ah, y recuerda. Ya van diez mil euros que me debes.

